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Letra Internacional 94 Letra Internacional

El encuentro con el Otro

por Ryszard Kapuscinski
Letra Internacional nº 94, Primavera 2007

Número de páginas: 3
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Emmanuel Lévinas dice que el encuentro con el Otro es un "acontecimiento" o incluso un "acontecimiento fundamental", la experiencia más importante, la que llega hasta los horizontes más lejanos. Como es sabido, Lévinas fue un filósofo del diálogo, junto con Martin Buber, Ferdinand Ebner y Gabriel Marcel (más tarde, el grupo incluiría a Jozef Tischner). Ellos desarrollaron la idea del Otro como una entidad única e irrepetible, contraponiéndose -de manera más o menos directa- a dos fenómenos del siglo XX: el nacimiento de las masas, que abolió al individuo en cuanto ente autónomo, y la expansión de las ideologías totalitarias destructivas.
Estos filósofos, para quienes el valor supremo era el individuo humano (yo, tú, el Otro), intentaron salvarlo de su obliteración por obra de las masas y el totalitarismo. Por eso fomentaron el concepto del "Otro" para subrayar las diferencias entre los individuos, entre sus características no intercambiables e irreemplazables.
Fue un movimiento increíblemente importante que rescató y elevó al ser humano y al Otro. Lévinas propuso que no sólo debemos dialogar cara a cara con el Otro: también debemos "responsabilizarnos" por él. En cuanto a las relaciones con el Otro, con los demás, los filósofos del diálogo rechazaron la guerra porque conducía al aniquilamiento. Criticaron las actitudes de indiferencia o encastillamiento y, en cambio, proclamaron la necesidad -o aun el deber ético- de acercarnos y abrirnos al Otro, de tratarlo con benevolencia.
Dentro del círculo preciso de estas ideas y convicciones, una actitud similar de indagación y reflexión surge y se desarrolla en el gran trabajo de investigación de un hombre que estudió y se doctoró en filosofía en la Universidad Jagielloniana, y fue miembro de la Academia de Ciencias polaca: Bronislaw Malinowski.
Su problema fue cómo abordar al Otro, pero no como una entidad exclusivamente hipotética y abstracta, sino como una persona de carne y hueso, perteneciente a otra raza, con creencias y valores diferentes de los nuestros, y unas costumbres y una cultura propias.
Cabe señalar que el concepto del Otro suele definirse desde el punto de vista del hombre blanco, del europeo. Pero hoy en día, cuando cruzo a pie una aldea montañesa en Etiopía, los niños me siguen en alegre tropel y me gritan: "¡Ferenchi, ferenchi!" ("Extranjero, otro"). Este es un ejemplo del desmantelamiento de la jerarquía del mundo y sus culturas. Los otros, en verdad, lo son, pero, para estos otros, el Otro soy yo.
En este sentido, todos estamos en el mismo barco. Todos los habitantes de nuestro planeta son el Otro para los Otros, Yo para ellos y ellos para mí.
En la época de Malinowski y en los siglos anteriores, el hombre blanco, el europeo, emigró de su continente casi exclusivamente para enriquecerse: para conquistar nuevas tierras, capturar esclavos, traficar o difundir su fe. A veces, estas expediciones fueron terriblemente sangrientas, como la conquista y colonización de América, Afrecha, Asia y Oceanía.
Malinowski partió hacia las islas del Pacífico con un objetivo distinto: aprender acerca del Otro. Conocer las costumbres, la lengua y el estilo de vida de su prójimo. Quería verlo y sentirlo personalmente, experimentarlo para luego poder hablar de ello. Tal empeño puede parecer obvio, pero resultó revolucionario y puso el mundo patas arriba.
Expuso una debilidad o, tal vez, una mera característica que aparece en todas las sociedades, aunque en diversos grados: a las culturas les cuesta comprender otras culturas, y lo mismo les ocurre a los individuos que pertenecen a una cultura determinada cultura y son sus partícipes y portadores. En concreto Malinowski, cuando llegó a las islas Trobriand para hacer investigaciones de campo, declaró que los blancos con varios años de residencia en el lugar no sólo no sabían nada sobre los aborígenes y su cultura sino que, además, la idea que tenían de sobre ello era totalmente equivocada y estaba teñida por el desprecio y la soberbia.
Como queriendo desafiar a las costumbres coloniales, Malinowski levantó su tienda de campaña en medio de una aldea y convivió con los nativos. Su experiencia no resultó fácil. En A Diary in the Strict Sense of the Term ("Un diario en sentido estricto"), menciona constantemente sus problemas, enojos, desesperación y depresión. Liberarse de la propia cultura cuesta caro. Por eso es tan importante tener una identidad propia, y una idea de nuestra fuerza, valor y madurez. Sólo entonces podremos enfrentarnos confiadamente a otra cultura. De lo contrario, nos recluiremos, temerosos, en nuestro escondite y nos aislaremos de los otros.
Tanto más, por cuanto el Otro es un espejo al que nos asomamos, o en el que nos observan, un espejo que desenmascara y desnuda y que preferiríamos evitar. Es interesante señalar que mientras en su Europa natal se libraba la Segunda Guerra Mundial, el joven antropólogo se concentraba en investigar la cultura del trueque, los contactos y rituales comunes entre los habitantes de las Trobriand -a quienes dedicaría su excelente libro "Los argonautas del Pacífico occidental"- y a formular su importante y tan raramente observada tesis de que "para juzgar algo, hay que estar allí".
Malinovski propuso otra tesis más, increíblemente audaz para su época: no hay culturas superiores o inferiores, sólo hay culturas diferentes, con diversos modos de satisfacer las necesidades y expectativas de sus integrantes. Para él, una persona diferente, de una raza y cultura diferentes, es una persona cuya conducta se caracteriza por la dignidad y el respeto de los valores que reconoce, de su tradición y sus costumbres.
Si Malinowski inició su obra en el momento en que nacían las masas; nosotros vivimos el periodo de transición de esa sociedad de masas a una nueva sociedad planetaria. Hay muchos factores subyacentes: la revolución electrónica, el desarrollo sin precedentes de todas las formas de comunicación, los grandes progresos en el transporte y el movimiento. Y la consiguiente transformación, todavía en curso, de la cultura, en el sentido lato del término, y de la conciencia de sí misma que tiene la generación más joven.
¿Cómo alterará esto las relaciones entre nosotros, que tenemos una sola cultura, y los pueblos que tienen otra u otras? ¿Cómo influirá en la relación Yo-el Otro dentro de mi cultura y más allá de ella? Es muy difícil dar una respuesta inequívoca y concluyente porque el proceso está en curso y nosotros, inmersos en él, no tenemos la menor posibilidad de tomar esa distancia que favorece la reflexión.
Lévinas consideró la relación Yo-el Otro dentro de los límites de una civilización única, racial e históricamente homogénea. Malinowski estudió las tribus melanesias cuando todavía se hallaban en su estado prístino, cuando aún no habían sido violadas por el influjo de la tecnología, la organización y los mercados occidentales.
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