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Letra Internacional 93 Letra Internacional

Bowles y yo

por Rodrigo Rey Rosa
Letra Internacional nº 93, Invierno 2006

Número de páginas: 3
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El inmueble Itesa -donde Bowles había vivido desde los años 50 y donde vivió hasta dos semanas antes de su muerte en 1999, a los 88 años- estaba en las faldas de una colina entre terrenos baldíos que recordaban el campo, con cabras y ovejas pastando aquí y allá, pero un campo amenazado por las casas y edificios que brotaban ya por todos lados como una plaga de hongos. Era un edificio de factura italiana con suaves y amplias escaleras de mármol que databa de los años 50. El apartamento de Bowles, a cuya puerta llamé por primera vez una tarde a inicios del temible y santo mes de Ramadán, estaba en el cuarto y último piso. Aunque ahora otros edificios han bloqueado las vistas, a principios de los 80 desde ahí podía verse todavía, hacia el norte, un retazo azul del estrecho de Gibraltar (un triángulo invertido que asomaba entre la colina del Marshan -cubierta de pequeñas casas marroquíes como cubos de Lego en diferentes tonos de blanco- y el Monte Viejo, una ladera verde con los jardines de las residencias europeas) que los tangerinos llaman afectuosamente «la copa de champaña».
«Hay lugares en el mundo que contienen más magia que otros» -algo así escribió alguna vez Bowles. Sea como fuere, para mí aquel pequeño apartamento con sus cortinas espesas que casi siempre estaban corridas, sus alfombras bereberes, las paredes cubiertas de libros del suelo al techo, sus contados pero llamativos objetos de arte africano, la colección de tambores marroquíes y de qasbas (siempre disponibles por si algún jilali llegaba de visita y tenía ánimos para tocar un poco de música), el olor a incienso de sándalo combinado tal vez con el humo de kif o el aroma del té- este lugar contenía para mí más magia que cualquier otro que yo hubiera conocido hasta entonces.
Al principio hablamos con Paul sobre todo de las ficciones de Borges, a cerca de Bioy (a quien yo no leía aún), y también sobre viajes por Centroamérica. No recuerdo que habláramos de mis escritos (afortunadamente) y aunque Bowles había dejado de ser sólo un autor cuya obra yo admiraba y «un existencialista de línea dura», no creí que, más allá de estas agradables discusiones animadas por el kif y por el té, mis ejercicios narrativos pudieran gustarle. Cuando expresé mi deseo de conocer el interior de Marruecos -el Rif, en particular- Bowles me alentó. Me dijo que podía perderme algunas sesiones del taller, que él no creía que lo que se dijera del trabajo de los otros estudiantes tuviera interés para mí, sobre todo porque escribían en inglés y acerca de la vida en los Estados Unidos, y aun me prestó mapas del norte de Marruecos para el viaje. Así que yo me di por despedido, y debo decir que, con la simpleza de cualquier joven de 21 años, decidí que era mejor así. Al menos -supongo que me consolé a mí mismo- conocería un poco de Marruecos, y me dije que la próxima vez evitaría los talleres de escritura en inglés. Fui al Rif, caminé por entre los interminables campos de cannabis en la insegura región de Ketama, y regresé a Tánger satisfecho de mi pequeña aventura, pensando que ya había hecho todo lo que quería hacer en aquel lugar. Pocos días antes de regresar a Nueva York, Bowles me preguntó, con el modo formal que lo caracterizaba, si yo le permitiría que tradujera los cuentos, o más bien poemas en prosa, que le había ido entregando a lo largo del taller. Una editorial de Nueva York que se especializaba en extravaganzas acababa de pedirle un texto para incluirlo en su catálogo, pero él no tenía en ese momento nada que mandarles. Le parecía, me dijo, que si traducía mis escritos, la editorial tal vez querría publicarlos. Desde luego, contesté que tenía mi permiso, y quedamos en que él mandaría su traducción a mi dirección de Nueva York para que yo la revisara y, si me parecía bien, la entregaríamos a Red Ozier Press, la pequeña editorial de libros raros. Así comenzó nuestra larga colaboración -una colaboración necesariamente asimétrica, pues el que un maestro malgré lui traduzca los ejercicios de un principiante no puede equivaler a que éste traduzca los de aquél, por más esmero que el principiante ponga en la tarea.
En 1998 pasé mi última temporada larga en Tánger. El rey Hassan II estaba por morir, y su hijo traería pronto muchos cambios -la mayoría de ellos puramente cosméticos. Pero también el mundo exterior había cambiado, y eso se reflejaba en la vida de la ciudad. Había mujeres policías en las calles, aparecían cada vez más barriadas nuevas de gente del interior, y se formaban guetos de inmigrantes de otras partes de África, que tenían que hacer en Tánger la última parada antes de lanzarse al asalto de la fortaleza europea. En efecto, la ciudad cambiaría a tal punto que, de la Tánger de los 80, hoy podría decirse lo que Bowles había escrito al comparar la ciudad que conoció en los años 30 con la que volvió a ver en los 50: «Lo único que queda es el viento».
Me alojé, como tantas veces durante los tres lustros que visité asiduamente la ciudad, en el hotel Atlas, un edificio Art Deco contemporáneo de Itesa, y allí comencé a escribir la única de mis novelas que se desarrolla en Tánger, La orilla africana. Era el invierno y la calefacción del Atlas seguía siendo deficiente, así que cuando fui invitado a pasar el resto de mi temporada en una casona europea del siglo XIX con grandes jardines en el Monte Viejo -y con unas vistas sobre los acantilados que abarcaban ambas columnas de Hércules y la ciudad de Tarifa incrustada en la costa española-, me pude contar como el guatemalteco más afortunado en todo el continente africano.
Ya para entonces Paul se había convertido en un anciano descarnado en convalecencia crónica, aunque siempre lleno de ingenio, reducido a su dormitorio e incapaz de leer a causa de las cataratas. Su actividad estética se limitaba casi exclusivamente a escuchar música -la que a veces llegaba hasta su cuarto en forma de cantos de almuédanos que modulaban como cantadores de flamenco en los minaretes de tres o cuatro mezquitas cercanas, o tambores o solos de rhaita si era noche de Ramadán.
He aquí una lista de recuerdos -que anoto desordenadamente - de las cosas sobre las que hablamos en Itesa a lo largo de tantos años con Paul: La disciplina de los viajes. Conrad y el mar. Los sonidos de la selva y del desierto. Graham Greene, Norman Lewis, R.B. Cunninghame Grahame. Westermarck. Raymond Chandler, Patricia Highsmith. El fatalismo marroquí. Jane Bowles. Kafka, Ivy Compton-Burnett, Gertrude Stein, Flannery O'Connor, François Augiéras. La sensación de que el cuerpo es un estorbo. La muerte como idea de liberación final. Los efectos del kif. El talento inventivo de Mohammed Mrabet. Desventajas del alcohol. La escritura de ficción como sueño dirigido. El estilo como instrumento. El acto físico de escribir -el poner la pluma sobre el papel- como rito propiciatorio o fuente de la presunta inspiración.
He extraviado el cuaderno, pero si no hubiera hecho la serie de trazos sobre un papel que es la descripción de un sueño al despertar aquella mañana, tal vez también habría perdido el recuerdo del sueño, uno de los últimos sueños que tuve en Tánger, y que intentaré contar aquí.
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