Sin embargo, la obra de Miike quiere sugerirnos algo más, vinculado a esa demanda de seguridad tan presente en nuestro tiempo. Porque puede que Asami pretenda, con su brutal retaliación, eliminar las falsedades de su vida, haciendo que cada cual cumpla con su palabra; pero su verdadero fin, como afirmaba el director de
Audition es «conseguir que la persona que ama permanezca a su lado»
[ 9 ] . Aunque lo logre amputándole las extremidades. Dicho de otro modo, si en la modernidad encontrábamos que ciertos deseos (el sexo, el placer, el exceso) tenían un precio demasiado alto, ahora lo tienen los relacionados con la seguridad. Si quien, en la época fordista, buscaba el disfrute acababa encontrándose con el abismo, en nuestro inconsciente colectivo pretender estabilidad, certidumbre, permanencia, tendrá, como castigo, el mismo destino. Quizá por ello, como subraya
Match Point (Woody Allen, 2005) los delitos no se cometen para dar rienda suelta a la pasión sino para conservar (o aumentar) el nivel material.
EPÍLOGO
Volvamos al instante en que Ann Darrow está frente al club de strip-tease , a punto de tomar una decisión crucial. Imaginemos que en esta ocasión resuelve franquear la puerta: quizá esa misma mujer hubiera regresado un día a tomar venganza en la persona del agente que la despreció y envió al pozo sus sueños y su vida. No sería tan descabellado pensar en Audition como una probable continuación de la vida de la joven actriz de King Kong , convirtiéndose ella misma en el monstruo que aterroriza a la ciudad. Una perspectiva que satisfaría, sin duda, a la visión conservadora y que ha sido escenificada en numerosos boletines de noticias.
Si Ann Darrow hubiera entrado en el local, también se hubiera podido subrayar otra similitud con el monstruo. Al igual que él, llegó a la gran ciudad para servir de alimento a las luces ociosas de la civilización para terminar sucumbiendo a causa de su propio deseo. Y lo que le llevó a la perdición no fue la ambición desmedida, ni el anhelo de luces de neón o de cualquier clase lujo; tampoco alguna perversa adicción. Más bien, como la fiera de la isla remota, fue el deseo de tocar con su oficio algo real, de interpretar obras verdaderas y honestas, el que la llevó a la ruina.
O quizá simplemente deberíamos detenernos y no imaginar ninguna continuación, observando simplemente a Ann Darrow, y a las mujeres del casting , y a tantos otros trabajadores inmateriales que se encuentran en situaciones similares. Porque su deseo de salir de la situación de invisibilidad y (en consecuencia) precariedad en que se encuentran constituye la mejor continuación de la serie iniciada por George Bailey. Ya no se pretende escapar de la vigilancia continuada de las pequeñas comunidades ni se busca aprovechar las enormes oportunidades que nos brinda el progreso; tampoco se trata de salir fuera del corsé de las convenciones sociales. Más bien, lo que se busca en el exterior, lo que se pretende al escapar de la falta de visibilidad (y en eso quedan igualados los emigrantes y la mano de obra inmaterial) es una supervivencia digna.
Lo entenderemos mejor al contraponer dos imágenes, una del pasado, la fábrica-cárcel del panóptico, contra una actual, el centro comercial. La primera hace referencia a un espacio plenamente visible para el vigilante, a una arquitectura pensada para que nada escapase a su ojo; la segunda requiere también una visibilidad absoluta, aquella que deja al descubierto una mercancía que, situada tras espacios de cristal, se nos revela insinuante, como pidiéndonos que la arranquemos de ese lugar para llevarla con nosotros. Ese es el sentimiento que desprenden las jóvenes de la audición y el que nos sugiere Ann Darrow, como si vivieran tras escaparates de cristal ante los que nadie se detiene, como si hubieran colgado en la red un montón de
blogs que nadie visita
[ 10 ] . Carecen de identidad, como nos recordaba el personaje interpretado por Al Pacino en
El dilema (Michael Mann, 1999): «Llamo y digo: hola, soy Lowell Bergman, de Sesenta Minutos
[ 11 ] . Si elimino la segunda parte de la frase, nadie responde a las llamadas».