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Letra Internacional 91 Letra Internacional

King Kong en el «casting»

por Esteban Hernández
Letra Internacional nº 91, Verano 2006

Número de páginas: 6
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No es extraño, pues, ya que sus protagonistas, como subrayan un par de escenas, creen vivir en un mundo saturado de deseo. La primera se desarrolla en un desangelado bar de hotel, donde los dos hombres conversan: hay actitud fatigada, colores sin brillo, humor negro. Su diálogo es perturbado por los gritos y risas de un grupo de mujeres que parecen estar celebrando algo. En el fastidio de los hombres podemos ver cómo, en su mirada, las mujeres de la posmodernidad simplemente han acentuado algunos rasgos molestos que les eran propios: la superficialidad, la banalidad y el interés por sí mismas. Se han hecho demasiado visibles, perdiendo su lugar; así, puede que se muestren más provocadoras pero, al renunciar a algunas de sus virtudes, carecen de capacidad de inflamar el deseo.
Lo cual se hace especialmente presente durante el casting que da nombre a la película. Es una escena detallada, cómica y perturbadora, donde los intentos de las aspirantes por aprovechar el escaso tiempo que les conceden para captar la atención de quienes realizan el proceso de selección, posee un cierto aire obsceno, como si se las hubiera filmado en su momento más íntimo. La exposición pública de las aspirantes, que en algún caso llega al strip-tease , provoca ternura y repudio al espectador. No así en Aoyama, que sólo verá pretenciosidad, insustancialidad y ambición [ 6 ] .
Nuestro viudo espera algo más natural, menos forzado, menos insistente. Si en la modernidad la seducción venía marcada por una carnalidad insinuante, en nuestro tiempo parece existir cierto hartazgo respecto de esas actitudes. Nuestro viudo está cansado de mujeres que toman la iniciativa; lo que está en su mente es una amante distinguida y sumisa, que conserve su estatus de objeto y lo represente digna y sobriamente, asumiendo con naturalidad su ser para otro, la separación de todo deseo que no sea agradar al otro. En otras palabras, una mujer que no llame a la bestia, que sustituya las trazas de la carnalidad por las de la belleza; las de la visibilidad por las de la reserva. Sólo así podrá recuperar el deseo.
En buena medida, Audition parece retomar antiguas imágenes de la mujer desde una nueva perspectiva: lo que antes era prescripción, normatividad sobre cuál debía ser el comportamiento del dominado, es ahora nostalgia de una relación más sencilla, más satisfactoria: más natural. Lo peculiar es que esa añoranza recoge la mirada de Jackson sobre King Kong: Takeshi contempla a la mujer como si ya no fuera más que artificio, imagen, insubstancialidad; como si alguien le hubiera robado su verdadero ser.
En el proceso de selección, Aoyama conocerá a una bella joven, Asami Yamazaki (Eihi Shiina), quien posee todas las cualidades necesarias para convertirse en su esposa. Volverá a verla pretextando una entrevista para la película y de ese encuentro surgirá una relación amorosa. Y también peligrosa, ya que esa sumisa aspirante a actriz también posee un lado oscuro, abriendo así el camino al género de terror que prometía la cinta desde sus inicios, y dejando espacio para que Miike refleje algunos de los miedos contemporáneos introduciendo algunas novedades.
El desplazamiento del lugar desde el que podemos esperar el peligro es la primera de ellas. En lo tocante a las representaciones de la mujer, la época fordista situaba las fuentes de peligro en la femme fatale , usualmente presente en las películas de género. Es decir, reparaba en una suerte de agujero negro que absorbía toda la energía del hombre, constituyendo el símbolo por excelencia de una vida de placer y depravación, de un camino obsesivo que le llevaría a los lugares más degradantes. En aquel tiempo, la primera obligación de la mujer era apagar la naturaleza dentro de ella, ya que al hombre se le presuponía un deseo continuo que la mujer (honesta) no debía incitar. Su cuerpo debía esconderse, sus actitudes no debían sugerir ninguna promesa carnal, su función era precisamente reconducir todo ese deseo hacia metas productivas, como la familia o el trabajo.
Asami es lo opuesto al prototipo que encarnaban Joan Bennett en La mujer del cuadro (Fritz Lang, 1944) y Perversidad (Fritz Lang, 1945) o Barbara Stanwyck en Perdición (Billy Wilder, 1944): amable, tímida, cariñosa, necesitada de protección [ 7 ] . La mujer fatal traía el placer y la violencia, la carnalidad y el engaño a un mundo que debía regirse por el trabajo rutinario y constante, por las vidas bien medidas en un entorno relativamente asegurado. Sin embargo, la mujer de Miike es precisamente aquella que podría llevarnos por los caminos reglados. Pertenece al pasado, no representa ninguna amenaza social, incita mucho más a la sumisión que a la rebelión. ¿Por qué, entonces, resulta peligrosa?
Desde luego, porque la amenaza ya no proviene del exterior. Como reflejaban Los pájaros (Alfred Hitchcock, 1963) y recogen otras muchas creaciones de la posmodernidad, el peligro se esconde en aquello que asimilamos a la normalidad, a lo que estamos habituados y que nos parece, a primera vista, inofensivo. Pero, sobre todo, porque también ha variado la clase de amenaza: la mujer fatal forzaba a su presa hasta llevarle a la perdición, obligándole a que cometiera actos ilegales para satisfacer su sed de bienes. Su prisionero era instrumentalmente utilizado (como hacía la razón instrumental con la naturaleza) hasta que su ambición se saciaba, abandonándole cuando ya no era útil. Ahora, es lo desechado, lo ya utilizado, lo que hemos descartado, lo que regresa para vengarse. Así lo formula Asami, cuando asegura que emplear falsas promesas, como la posibilidad de un trabajo, para aprovecharse de las mujeres, merece un castigo [ 8 ] .
En la versión (conservadora) posmoderna, pues, parecen repetirse dos motivos que están enraizados en el inconsciente social; esa clase de amenaza que golpea inesperadamente, que proviene de la normalidad más gris (una mochila en el tren, un compañero de trabajo que se trastorna, alguien como nosotros que mata a su pareja), y cuyo fin es la venganza conforma buena parte de los miedos contemporáneos. Ya no se trata de que un King Kong destructivo pretenda quedarse con el objeto de deseo destrozando las trazas de civilización que encuentra. Más al contrario, esos seres dañados y rencorosos ahora nos buscan a nosotros; sólo quieren causarnos dolor, ejecutar sádicamente su represalia.
Número de páginas: 6
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NOTAS
  • [ 6 ]

    No es extraño que esas hayan sido las cualidades con que los conservadores estadounidenses (y las cadenas mediáticas afines) trataron de vestir a sus principales contrincantes en las últimas elecciones.

  • [ 7 ]

    Si en aquel tiempo era la mujer que despertaba a la bestia la que escondía algo siniestro bajo sus faldas, en nuestra época es de la hembra que apaga el deseo de la que se puede esperar un lado oscuro.

  • [ 8 ]

    Si habitualmente era el hombre el que seducía a la mujer, cumpliendo su palabra sólo hasta que su deseo se saciaba, en estas fabulaciones percibimos una suerte de venganza de la parte más débil, utilizando otras armas para llegar al mismo humillante resultado. Aquello era un engaño en busca del placer propio; éste lo es porque pretende el dolor ajeno.


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