Esta voluntad de despojar las relaciones iberoamericanas de la retórica declarativa cuajó en un puñado de programas, entre ellos, IBERMEDIA , que nació precisamente en ese año y en aquél lugar. En el documento final de Bariloche, bajo el epígrafe de «Nuevos Programas Aprobados», puede leerse textualmente: « IBERMEDIA . Programa de desarrollo en apoyo de la construcción del espacio audiovisual iberoamericano articulando las siguientes acciones: formación continuada de profesionales, desarrollo de coproducciones, apoyo a la distribución y exhibición de cine iberoamericano y apoyo a acciones de investigación aplicada. La cooperación española a través del Instituto de Cooperación Iberoamericana de la AECI constituirá y financiará por un plazo de dos años la Unidad Técnica encargada de articular y desarrollar este programa».
Diseñado e impulsado desde el sector público, en el último tramo del gobierno de Felipe González, IBERMEDIA nació como una iniciativa de la Cooperación Española, un paso ambicioso al que debían seguir otros, con el objetivo de construir un espacio audiovisual común. Una apuesta razonada por hacer del audiovisual un horizonte en el que se pudieran sumar empeños comunes, potenciar los múltiples esfuerzos creativos y hacer visible la diversidad. En aquel momento había en marcha una red de formación audiovisual iberoamericana que pretendía trazar un mapa de la excelencia en el sector para favorecer el cruce de estudiantes en todas las direcciones buscando el «saber hacer», el conocimiento y la experiencia. Y después estaba la televisión. Los años siguientes fueron testigos de la puesta en marcha, el crecimiento y la consolidación de IBERMEDIA . Y también de la negativa, la ausencia de voluntad, la incapacidad, la confusión interesada o el desconocimiento conceptual de la cooperación -o todo a la vez- de avanzar en ese territorio. En realidad IBERMEDIA , lejos de ser valorado como instrumento de cooperación, en los ocho años siguientes jugó, de puertas adentro de la sociedad española, como una pieza más en la frágil política cultural de la derecha, en el deseo -seguramente vano- de ganar complicidades en el cine español.
Diez años después de su aprobación y ocho de su puesta en marcha, I IBERMEDIA ha contribuido, sin duda, a dinamizar los vínculos cinematográficos -culturales e industriales- en la región. Ciento sesenta y seis coproducciones, ciento sesenta y tres ayudas para la distribución y exhibición de otras tantas películas, ciento sesenta y ocho ayudas al desarrollo de proyectos.
Cifras que es posible traducir en otras, que tienen la virtud de vibrar con más coloridas sonoridades en oídos educados en el rigor de magnitudes contables: entre cuatrocientas y cuatrocientas cincuenta mil jornadas laborales generadas en el sector audiovisual latinoamericano.
Algunas películas de notable impacto cultural, alternativas a jóvenes realizadores, apoyos a creadores consolidados, la confirmación de alguna cinematografía naciente y miles de imágenes nacidas para engrosar el acervo cultural de la región.
Como todo verdadero programa de cooperación, además de por sus cifras y resultados específicos, su impacto puede medirse por los aportes en la organización de la producción cultural: contribuyó a movilizar a las cinematografías de la región, relanzó algún organismo de autoridades iberoamericanas del sector, en trance de agonía prolongada y prohijó el nacimiento de otros, como la Federación Iberoamericana de Productores de Cine y el Audiovisual. Y seguramente proyectó y proyecta, aún, su influencia e impulso en el desarrollo legislativo del sector cinematográfico y audiovisual de la región. Actuó como un verdadero catalizador de la sociedad civil, apoyó el desarrollo creativo -impulsando también, en alguna proporción, la demanda de formación especializada- y el crecimiento del sector audiovisual.
Queda mucho por hacer en el ámbito de lo audiovisual. Tal vez lo más notable de este proceso, y de todos los procesos culturales, es que lo cuantitativo prepara las condiciones para los cambios cualitativos. Sin estos últimos, los primeros parecen inútiles. Son un esfuerzo baldío. El crecimiento de la producción debe llevar a la búsqueda de más ventanas y a la construcción de audiencias. Porque el objetivo del esfuerzo de creación -y de la inversión de la cooperación- debe ser el desarrollo humano: ganar espacios para la diversidad, el poder y la libertad de elección, el fortalecimiento de la autoestima. Lo que nos devuelve, nuevamente, al proceso creativo. Si el desarrollo de la creación obliga a dar el salto cualitativo de la búsqueda y consolidación de audiencias, la coproducción, como figura técnico-empresarial universal, debería evolucionar hacia un estado superior, el de la cooperación. Si el buscado encuentro con las audiencias tiene que ver con una multitud de iniciativas, entre ellas destaca la necesaria disponibilidad de un vehículo emisor dotado de una entidad común, identificable, de nuestra producción cultural. En la cooperación, sobre la que se podría escribir largamente, se trata -más allá de cerrar contratos y acordar porcentajes- de integrar y compartir miradas sobre el conjunto de la creación.
Si nos adherimos a las tesis de Lev Manovich y pensamos en el cine «como la forma cultural más importante del siglo XX », y añadimos que su trayectoria no es una trayectoria lineal sino una sucesión de lenguajes diferenciados y a eso sumamos su capacidad de impregnar conceptualmente los nuevos medios -viejos medios analógicos ahora digitalizados- y lo que podríamos llamar las formas «tele culturales», encontramos otra vez el cine y la «experiencia audiovisual» como una metáfora del nuevo orden, o «desorden», según Martín Barbero, de nuestra cultura.
El énfasis en el incremento de la producción audiovisual que caracterizó la mirada en el ámbito iberoamericano durante casi tres décadas no debe desfallecer, pero ahora sabemos que el salto cualitativo no reside, hoy, en la proporción del incremento -los argumentos son apabullantes- sino en el reclamo de visibilidad. En las ventanas. En la capacidad de disponer, entre otros instrumentos, de ese soporte, vehículo, difusor, distribuidor de «formas tele culturales» que al mismo tiempo que emite construye audiencias, unifica e integra. El sólo hecho de pensar en este orden: cultura, canal, televisión para el mundo iberoamericano, permite disponer de un instrumento que, por sí mismo, construye lenguajes, integra y crea ámbitos de concurrencia. Mucha producción en diversos canales, suma. La producción cultural de un canal de televisión multiplica.