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La cultura pasa por aquí
Letra Internacional 90 Letra Internacional

Iberoamérica, el avión y la cultura. ¿Por dónde empezar?

por Alberto García Ferrer
Letra Internacional nº 90, Primavera 2006

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Incorporar instrumentos para avanzar en el conocimiento y la comprensión de la cultura es sin duda una conquista pero, cuando se convierte en una justificación o, peor aún, en un intento de explicar el todo por la parte, es expresión de que esa conquista empieza a ser, perdido ya el sentido renovador inicial de toda conquista, más una limitación que un avance. Como señala Texeira Coelho, director del Observatorio Cultural de la Universidad de Sao Paulo, los indicadores de la cultura que sólo traduzcan gastos y ganancias e incluso cifras de empleo no permiten comprender el conjunto de los procesos culturales. En otras palabras, las estadísticas y el marketing- siendo necesarios y, además, una frontera ganada para el ámbito de la cultura- no bastan para comprender las franjas intangibles o no visibles de la cultura. Pretender explicarla y justificarla presupuestariamente haciendo uso sólo de estos argumentos es, finalmente, una concepción reduccionista que encubre nuestra incapacidad para abordar el análisis de la cultura con instrumentos más aptos, y sigue eludiendo el hecho mayor que, de alguna manera, advertía el cuidadoso observador de las mareas sociales, James Neilson.
A finales de septiembre de 2005 algunos presidentes suramericanos se reunieron en Brasilia para preparar el acta de nacimiento de lo que será la Unión Suramericana -un empeño nacido hace poco más de un año en Cuzco, Perú. En noviembre, en Mar del Plata, Argentina, 34 jefes de Estado de toda América se encontraron en la IV Cumbre de las Américas. EL ALCA , el petróleo, las uniones aduaneras, los intercambios comerciales parecen presidir y movilizar estas convocatorias regionales que conviven -con mayor o menor fortuna- con la OEA , el Pacto Andino o MERCOSUR , empeños de carácter regional y subregional más antiguos, más políticos o más estrictamente económicos. ¿Por dónde empezar? El presidente Lula ha señalado -probablemente teniendo presente el acto fundador que significó, a mediados del pasado siglo, la Europa del carbón y del acero- que no habrá integración regional sin infraestructuras tangibles que interconecten a los países. Y, seguramente, tiene razón. Los diez mil kilómetros de oleoducto que recorrerán la América del Sur y conectarán como una arteria tres y hasta seis países, contienen algo de ese carácter físico que reclama.
Sin embargo, ¿no es razonable pensar que en ese escenario de cumbres, transacciones, intercambios, aduanas y oleoductos, el proyecto de comunidad iberoamericana de naciones tejido -y destejido- a lo largo de quince cumbres debería tener otro perfil? Porque a los 23 países que se reunieron en Salamanca los une algo diverso de la proximidad física -en algunos casos, los separa un océano. ¿Son el acero, los puentes, los conductos o el cemento la materia prima para construir esa comunidad iberoamericana que habita, sobre todo, en el mapa de la lengua y en la cartografía de la cultura? La analogía de Morin sobre el avión y el cine a la que hacíamos referencia al empezar, encierra la metáfora del acero y la cultura. Ambos están presentes en el escenario iberoamericano. ¿Por dónde empezamos?.
Veinticuatro horas antes de recibir los atributos constitucionales de Presidente de Bolivia, en Tiahuanaco, corazón de las culturas pan andinas, a veintiún kilómetros del mar interior más alto de la tierra, Evo Morales fue investido de la jefatura del mundo andino. Al subir los seis peldaños que dan acceso al pórtico tallado del templo de Kalasasaya, Morales seguramente pensó en su cultura, que penetra nueve países de la América del Sur, entre ellos ese casi millón de bolivianos, mayoritariamente andinos, que viven en su vecina Argentina, desde los altos de Calilegua y los cañaverales del trópico hasta el estrecho de Magallanes, o se arraciman en el depauperado cinturón del Gran Buenos Aires. Sin conductos, infraestructuras, ladrillo, metal o cemento han trazado un mapa cultural que se sobreimprime a otros mapas, trasladando sus comidas del altiplano al corazón de una ciudad pampeana y atlántica, o instalando palabras como garúa -recogidas de la voz quechua huarhua -en el corazón del tango rioplatense.
Podríamos arriesgar que la cultura aunque más lenta, es más dinámica, más fluida, más persistente, más ubicua. Más resistente aunque más cautelosa. Más decidida y más independiente en su deriva, en su deslocalización y en su implante. Se adelanta a las transformaciones, políticas, sociales y económicas. Las precede. Contribuye a instalarlas. Las anuncia y las excede.
Es posible leer en las entrelíneas del acceso de Michelle Bachelet a la presidencia en Chile, o de Evo Morales en Bolivia, la escritura transparente de la cultura, letra con la que se inscriben los procesos de cambio. Como era posible, durante la transición en España, respirar el fermento de la cultura que transformaba y se transformaba con la sociedad, anticipando los cambios políticos y precediendo, siempre, a las trasformaciones institucionales. En marzo de 2002 un intelectual porteño señalaba, en relación con la crisis terminal de Argentina a finales del año anterior: «La cultura nos salvó del desastre total». Antes que los cambios, renovaciones o durante los procesos de crisis, la cultura parece jugar un papel transformador que las estadísticas, el márketing y los libros de contabilidad son incapaces de medir.
Entre los tímidos antecedentes de este empeño cultural común -en el que convergieron el impulso creativo, la demanda social, la emergencia cultural e industrial de lo audiovisual y la conciencia de la cooperación como instrumento apto para avanzar-, podemos registrar por lo menos uno, exitoso, nacido el 17 de octubre de 1995. Aquel día los Jefes de Estado y de Gobierno iberoamericanos, reunidos en la ladera oriental de la cordillera de los Andes, rodeados de bosques de pinos y alerces, en la patagónica ciudad argentina de San Carlos de Bariloche, pusieron su firma al pie de un extenso documento en el que se abordaban dos cuestiones centrales: la educación (tema monográfico de la Cumbre) y la cooperación. El ámbito y el instrumento. Por primera vez desde la Cumbre de 1991 en Guadalajara, México, ciudad en la que comenzó la cita anual, se intentaba sistematizar los mecanismos de cooperación y establecer normas de procedimiento para canalizar los impulsos que surgían en distintos campos y así articular esfuerzos comunes, crear sinergias, poner en marcha programas y, sobre todo, asumir la voluntad de operar conjuntamente como un instrumento eficaz para convertir palabras y documentos en acciones.
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