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La cultura pasa por aquí
Letra Internacional 90 Letra Internacional

Iberoamérica, el avión y la cultura. ¿Por dónde empezar?

por Alberto García Ferrer
Letra Internacional nº 90, Primavera 2006

Número de páginas: 4
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En 1956, Edgar Morin estableció, en las primeras líneas de su libro El cine o el hombre imaginario un paralelismo entre el cine y el avión, «dos nuevas máquinas legadas por el agonizante siglo XIX ». La analogía no se detiene allí, se trata de dos medios de comunicación. Dos máquinas -utilizando la designación de Morin- concebidas para acortar el tiempo y para fragmentarlo. Ambas hacían más flexible y próximo el espacio. Acercaban la diversidad de la vida y, en su caso, representaban la diferencia. Cuarenta y cinco años después, Lev Manovich, desde el Massachusetts Institute of Technology, demostró que la era digital es, de alguna manera, la lógica continuidad del esfuerzo productor, reproductor y almacenador de imágenes del cine. En 2001, Manovich trazó la línea directa que nos lleva desde el kinetoscopio hasta el más moderno y sofisticado equipo de edición digital, pasando por el más humilde de los PC . ¿Una hoja de ruta de la cultura contemporánea?.
Hace poco, el periodista Andrés Oppenheimer, escribió desde Miami un artículo titulado «Las falacias de un bloque izquierdista», con el deseo de tranquilizar los revueltos ánimos de la clase política y la sociedad norteamericanas, convulsionadas por una guerra de imposible resolución, el alza imparable del precio del petróleo o la rebelión de una naturaleza díscola. Para hacerlo, bajó al extremo sur del continente y, desde allí, pudo comprobar que lo que los norteamericanos ven como un «tsunami izquierdista» que sube por el espinazo de América, no es más que una desordenada marea de «olas, que frecuentemente chocan entre sí».
¿Cuáles son los argumentos tranquilizadores del periodista de El Nuevo Herald ? Los conflictos bilaterales entre Uruguay y Argentina por la instalación de dos papeleras que podrían contaminar las aguas comunes del río Uruguay, el seguro aumento del precio del gas que Bolivia exporta a Argentina, el centenario litigio fronterizo que enfrenta a Bolivia y Chile, el malestar de los socios pequeños de MERCOSUR con los dos grandes, Brasil y Argentina, incapaces, entre otras cosas, de formular una respuesta conjunta al tema de la deuda con el FMI ...y así sucesivamente. Lo tranquilizador parece ser la evidencia de que los diferendos bilaterales están por encima de las ideologías o, dicho de otra manera, que la América Latina continúa siendo incapaz de construir un punto de vista común que le permita no sólo mirar unificadamente hacia fuera, sino, sobre todo, resolver sus controversias internas. La colectiva, y espontánea, oposición a la mayor jugada de la política exterior norteamericana, o las reservas y la consecuente división puesta en evidencia en la Cumbre de Mar del Plata entre los partidarios y opositores al ALCA , no debe desvelar a quienes diseñan la política exterior norteamericana. Para actuar conjuntamente, los americanos del sur siguen sin saber por dónde empezar. Son incapaces de transformar el discurso en acto, el sentimiento subjetivo de pertenencia a una región en acciones comunes. Como siempre, señala Oppenheimer, las rivalidades y los conflictos bilaterales, los malentendidos y las dificultades para resolver controversias regionales, trasforman las mareas en desordenadas olas sin destino.
Otro analista, James Neilson, nacido en Surrey, Inglaterra y radicado en las templadas costas del Atlántico sur, que permanece alerta ante las olas y las marejadas de la región y califica los intentos regionales de integración de «club de fracasados», escribió hace unas semanas, en un semanario porteño, una reflexión sobre los alzamientos y los fuegos franceses de noviembre. Hacia el final de su nota señalaba que la Argentina era capaz de tolerar fracturas sociales que en otras latitudes serían insoportables y ejemplificaba las dimensiones de la fractura: «La diferencia económica entre Santiago del Estero -provincia del noroeste argentino - y la Capital Federal es mayor que la que se da entre España y Marruecos». ¿A qué atribuía, entonces, ese generoso margen de tolerancia del país? ¡A la cultura!: «En términos culturales, Argentina es más coherente que la mayoría de los países».
¿Es razonable proyectar ese poder balsámico de la cultura al conjunto del subcontinente iberoamericano? ¿Es posible pensar que la cultura juegue un papel central para articular las sociedades de la región?.
En la reciente Cumbre iberoamericana de Salamanca pudimos escuchar a intelectuales, políticos y ministros de asuntos exteriores, entre ellos al ministro español Moratinos, empezar siempre por la cultura al ser interrogados, en los medios de comunicación, sobre el carácter, el sentido, el origen o el contenido de ese difuso conjunto de intereses que otorgan cierta afinidad a los 23 países participantes.
Un técnico instruido en la disciplina de la cooperación responderá que desde un punto de vista jerárquico, la cultura se encuentra en séptimo u octavo lugar entre las prioridades de la cooperación. Con esa respuesta, el técnico, coloca la cultura en esa distancia que no es ni corta ni larga sino, con frecuencia, todo lo contrario. Es decir, un territorio indefinido donde todo puede ocurrir aunque lo más probable es que no ocurra nada. Es cierto que cuando se habla de la cultura -como de la creatividad- no se sabe a ciencia cierta de qué se habla. Y, sobre todo, de cuál es el objeto de estudio y de análisis. Durante años, en el análisis de la creación artística recurrimos al psicoanálisis o la sociología y con esos instrumentos muchos creíamos que explicábamos el objeto de nuestra preocupación: la obra de creación que nos deslumbraba, cuando en realidad la estábamos eludiendo y sólo - ¿sólo?- nos acercábamos a la ideología o a algunos mecanismos de la psique del creador.
Por eso, muchas veces en un cierto afán por precisar ese territorio tan vasto, diverso y fluido que penetra transversalmente todos los grandes objetivos de la cooperación -y lógicamente los ocho objetivos del milenio lanzados por la ONU -, se habla de la cultura en términos, valores y estructuras prestados de otras disciplinas. Al socaire de la lógica económica, que nos dejó como herencia dos décadas de descarnado neoliberalismo, persiste cierta visión que entiende, analiza y valora la cultura como «recurso» contable, lo que probablemente no estaría mal, si no dejáramos que la cultura se redujera sólo a instrumento de contables de libros.
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