El espejo , una película rodada por Andréi Tarkovski en 1974, comienza con la exploración médica de un joven. Cuando la habilidad del médico consigue que baje sus defensas, se produce una cascada de confesiones. Algo semejante pasó con la creatividad de los Beatles, que fue un torrente capaz de abatir todas las barreras. Existía una profunda afinidad entre Tarkovski y Lennon (no es casual que los comunistas menospreciaran al director que había intentado llevar a la pantalla El maestro y Margarita, de Bulgakov, con la música de Lennon en la banda sonora). El torrente irrumpió en la conciencia colectiva. Literalmente arrasados por él, los ciudadanos soviéticos se dieron cuenta del enorme valor del individuo y de que la individualidad es, en sí misma, uno de los principales valores de la vida. Era tan contradictorio con el mensaje socialista de la primacía de lo colectivo que una persona educada en la cultura de los Beatles ya no podía vivir más tiempo inmersa en la mentira y la hipocresía.
La beatlemania socavó los cimientos de la sociedad soviética porque una persona crecida en el mundo de los Beatles, de sus imágenes y su mensaje de amor y no violencia, era ya un individuo interiormente libre.
Aunque los Beatles no hablaban de política en sus canciones (sólo una vez mencionaron directamente a nuestro país, en su repertorio «Regreso a la URSS »), se podría argumentar que hicieron más por la destrucción del totalitarismo soviético que los dos premios Nobel Alexander Solzhenitsin y Andréi Sájarov juntos. Es probable que esta opinión parezca una blasfemia a las víctimas del régimen comunista, pero ni el novelista ni el físico alcanzaron jamás en la URSS la audiencia que tuvieron los Beatles. Solzhenitsin contó la verdad del gulag, pero, en general, la población rusa temía sus escritos samizdat . Por su parte, la trayectoria intelectual de Sájarov era inaccesible para la mayoría, y de no haber sido porque el destierro en Gorki (la actual Nizni Nóvgorod) lo convirtió en un mártir, sus construcciones analíticas nunca habrían rebasado los límites de su círculo intelectual.
Sin embargo, aquel grupo apolítico se coló en las casas soviéticas empaquetado en cintas y con la misma facilidad con que conquistaba el espacio escénico de los grandes estadios y las salas de conciertos del mundo. Logró algo que escapaba a las posibilidades de Solzhenitsin y de Sájarov: contribuir a formar una generación de gente libre en Rusia. Una generación no soviética.
En los años 70 y 80, la generación de los Beatles comenzó a ocupar los puestos que antes habían sido de los breznevitas. Muchos de ellos eran los mismos que en su día «aplaudieron calurosamente » las parodias del Komsomol, de modo que habían estado expuestos al influjo de los Beatles aun sin admitirlos. Sería interesante estudiar la función que desempeñaron los Beatles en la vida de los que han influido en el destino de Rusia durante los diez años últimos.
En 1993 me invitaron a Nueva York para que diera una conferencia ante la delegación rusa en la Naciones Unidas sobre mis investigaciones de la muerte de Rasputín. Tras la conferencia, hubo una pequeña fiesta con piscolabis ruso. Durante toda la velada oímos música de George Harrison, prueba de que la generación de los Beatles había reemplazado a la de Bréznev. Se me pasó por la cabeza que probablemente Harrison tenía más que decir a nuestros políticos que a los estadounidenses. El caso es que al día siguiente entré en una enorme tienda de discos de Broadway y al preguntar al dependiente dónde podía encontrar los discos de George Harrison, él me respondió: «¿Qué tipo de música hace?».
Los escépticos se preguntarán si la generación de los Beatles es también responsable del actual desorden que vemos en Rusia. Naturalmente. La libertad interior no es cosa sencilla. Se trata de un terreno abonado para que crezcan todos los males, y todo lo que hoy nos rodea procede de ella. Es una consecuencia inevitable de la emancipación de la esclavitud del totalitarismo. Resulta imposible resignarse a este hecho, pero al menos podemos entender los porqués. ¿Dónde se encuentra la paz del corazón? Como dijo Apollinaire: «La felicidad llega siempre después de la tristeza». Y los «poetas malditos» siempre tienen razón.