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Letra Internacional 86 Letra Internacional

Los Beatles y la "perestroika"

por Mijaíl Safovov
Letra Internacional nº 86, primavera 2005

Número de páginas: 3
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Mis condiscípulos expresaban su amor por los Beatles del siguiente modo: «Me gustaría haber aprendido el inglés única y exclusivamente a través de las palabras de John Lennon». Era una paráfrasis de las palabras de Maiakovski grabadas en el estrado del aula de literatura: «Me gustaría haber aprendido el ruso única y exclusivamente a través de las palabras de Lenin». En los años 60 ya no te metían en la cárcel por sustituir el nombre de Lenin por el de Lennon, pero todo aquel que se atrevía a blasfemar contra el líder inmortal padecía las iras del Komsomol (la Unión Comunista de la Juventud), capaces de hundir una carrera. Y así, poco a poco, los seguidores de Lennon comenzaron a poner en tela de juicio los valores que el sistema trataba de inculcar en ellos. Convertir en realidad el lema del aprendizaje del inglés habría resultado imposible porque éramos una clase de cuarenta alumnos con dos horas de lengua extranjera a la semana, que escribían los textos de las canciones inglesas en el alfabeto ruso. La mayoría ni siquiera los comprendía, pero los cantábamos igual. Uno de los chicos hizo una versión de «Can't Buy Me Love» con su guitarra, que sonaba más o menos como «Ken pomyelov, oo».
Se puso de moda el peinado a lo Beatle . A los jóvenes «melenudos», como decían los adultos, se los detenía en la calle para cortarles el pelo en comisaría.
Yo acabé mis estudios con unas calificaciones merecedoras de una medalla de plata que jamás se me concedió por culpa de mis pelos a lo Beatle . Tendría que haber llevado un corte «estatal», cepillado hacia atrás y humedecido con una solución de azúcar. Al acabar la fiesta de fin de curso, en la que me habían entregado el flamante certificado de estudios (aunque no la medalla, que quedó para otra ocasión), salía yo del Palacio de la Cultura cuando me agarraron unos policías y, por culpa de mis pelos, me metieron en el coche celular.
Yo pregunté por qué me estropeaban el día más feliz de mi vida y les dije que acababa de ganar una medalla. El policía se rió de mí: «¿Una medalla? ¿Un hippy melenudo como tú? ¡Venga ya!». Como no podía mostrarle la medalla, le enseñé el título. Me dejaron ir por lo mucho que se habían divertido a mi costa...
En un colegio de Leningrado se representó un proceso-espectáculo contra los Beatles. Nombraron un fiscal público de pega y el juicio fue transmitido por la radio. Los alumnos manifestaban su indignación ante los actos perversos de los Beatles. El tribunal acabó condenando al grupo por conducta antisocial. Aquello despedía un tufillo a 1937, pero ni siquiera en la época de los procesos manipulados de Stalin se había enjuiciado a unos extranjeros famosos que, como aquellos, formaban ya parte de la vida del pueblo ruso.
Cuanto más luchaban las autoridades contra la influencia corruptora de los Beatles -o contra los «aficionados », como apodaban a los «fans» los medios de comunicación (en Rusia la palabra tiene una connotación negativa) - más se devaluaba aquella autoridad y más se cuestionaba la ideología oficial que se nos pretendía inculcar desde la infancia. Recuerdo un programa de radio de finales de los años 60, en el que transmitían algún gran acontecimiento del Komsomol, que si no era un Congreso del Partido o el aniversario de la fundación de la Unión de la Juventud Leninistas de la Unión Soviética, se le parecía mucho. Dos artistas con unas pelucas alucinantes y sendas guitarras se movían por el escenario espalda con espalda, dándose golpes y produciendo una espantosa cacofonía con los instrumentos, mientras cantaban, parodiando una melodía de los Beatles: «We have been surrounded by women saying you are our idols, saying even from behind I look like a Beatle! Shake, shake! Here we dont't play to the end, there we sing too much. Shake, shake!».
Los miembros del Komsomol acogían la caricatura con gritos aún más delirantes que los de los auténticos seguidores ingleses en los conciertos de los Beatles, pero no porque les gustara aquella parodia absurda, sino porque necesitaban demostrar a sus colegas -y, mucho más importante, a sus jefes- hasta qué punto aprobaban la campaña de desprestigio contra los Beatles. Pero todos sabíamos que los funcionarios del Komsomol escuchaban sus canciones a diario, porque a través de ellos (y de los marineros que cruzaban los océanos) nos enteramos de lo que hacían las nuevas bandas de rock . Aquellos espectáculos hipócritas de adhesión entusiasta por parte de los trabajadores del Komsomol componen uno de los recuerdos más negativos de mi adolescencia.
De modo parecido, durante la transmisión de un congreso del Komsomol, en el que Bréznev pronunciaba un discurso, les calentaron las orejas a los miembros del Komsomol por interrumpir continuamente al Secretario General con ovaciones delirantes. Resultó que Bréznev hablaba con dificultad, pues se le atascaban en la garganta ciertas palabras y tenía que descansar después de cada frase corta. El espectáculo de aquella juventud haciendo lo imposible por mostrar su entusiasmo al grito de «¡Lenin está con nosotros! ¡Lenin está con nosotros!» resultaba vomitivo. Acabaron por aburrir al mísmisimo Secretario General.
El sistema intentó perseguir al grupo y crucificar a sus seguidores en el muro de la vergüenza, pero la historia del hostigamiento de los Beatles en la Unión Soviética es la mayor prueba de la imbecilidad del gobierno que encabezaba Bréznev. Cuanto más perseguían algo a lo que el mundo ya se había entregado, más demostraban la falsedad y la hipocresía de la ideología soviética. A pesar de los siniestros presagios de la radio, el inminente fracaso de los «aficionados » no se veía por ninguna parte. Al contrario, los Beatles se convirtieron en un fenómeno cultural de alcance planetario imposible de soslayar. Así pues, las condenas que pretendían acallarlos comenzaron a esfumarse a medida que desaparecían las prohibiciones. La recuperación se produjo de un modo fantástico. La primera canción que se editó en la URSS fue «Girl», incluida en una recopilación de música popular extranjera. Nunca olvidaré la primera vez que tuve en mis manos el disco. Miraba los títulos sin llegar a creer que se hubiera editado en mi país una canción de los Beatles. Naturalmente, su nombre no aparecía por ningún sitio. Busqué el título de «Girl». Tampoco estaba. Al final de la lista figuraba la palabra Dyevushka («chica» en ruso) como título de una canción folclórica inglesa.
Bien pensado, era música popular -y en ese sentido, folclórica-, igual que la letra, pero después de la porquería que habían arrojado sobre ellos no podían imprimir los nombres de Lennon y McCartney en la portada. En los años 70, tras la disolución del grupo, apareció en la URSS un disco con cuatro canciones suyas. Todas figuraban con su título verdadero pero se atribuían a un «conjunto músico-vocal», como si, pongamos por caso, en Inglaterra hubieran publicado Un héroe de nuestro tiempo atribuyéndoselo a «un escritor», sin mencionar el nombre de Mijaíl Y.Lermontov.
¡Qué razón tenía Maquiavelo cuandoafirmaba que el pueblo olvida los agravios grandes con mayor facilidad que los pequeños! Las autoridades soviéticas cometieron tantos desmanes contra su pueblo que aquel «error» musical era poco menos que una niñería, pero los errores de aquel tipo resultaron los más ofensivos, y el público acabó por experimentar en los pequeños detalles toda la inhumanidad del régimen.
¿Por qué persiguieron las autoridades comunistas a los Beatles con tanto ahínco? Sería una simpleza de tamaño descomunal decir que vieron en la industria pop un reflejo de la cultura corrupta de la burguesía capitalista, aunque ésa era la acusación oficial. En el fondo, los comunistas comprendían (aunque nunca llegaran a confesarlo) que los Beatles representaban una amenaza seria contra su régimen. Tenían razón.
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