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Letra Internacional 86 Letra Internacional

Los Beatles y la "perestroika"

por Mijaíl Safovov
Letra Internacional nº 86, primavera 2005

Número de páginas: 3
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Durante el torneo de ajedrez que enfrentó en los años 80 a Anatoli Karpov con Gari Kasparov, se preguntó a los dos grandes maestros por su compositor preferido. Karpov, comunista ortodoxo, contestó: «Alexander Pajmutov, laureado por el Komsomol con el premio Lenin». La respuesta de Kasparov, georgiano y librepensador, fue «John Lennon».
Aunque Kasparov no se proclamó vencedor del torneo mundial por ser un entusiasta de los Beatles, lo cierto es que conquistó la simpatía del público, mucho más allá del ámbito del ajedrez, y que sus preferencias musicales reflejaban el carácter de un hombre sin miedo a pronunciar en voz alta el nombre de una persona que jamás habría obtenido el premio Lenin.
Hace unos años, la televisión rusa proyectó un reportaje sobre Mark Chapman, el hombre que asesinó a John Lennon en 1980. En el avance publicitario se insinuaba la semejanza de aquella historia con la de Mozart y Salieri, pero la película ponía de relieve algo muy distinto. Al abandonar la habitación que ocupaba en un hotel neoyorquino para perpetrar su hazaña, el asesino dejó una Biblia abierta por la página de «El Evangelio según San Juan», enmendada por él mismo para que se leyera «El Evangelio según John Lennon». Después del asesinato no hizo nada por ocultarse y la policía le halló tan tranquilo, leyendo El guardián en el centeno, de Jerome D. Salinger, cuyo héroe, el joven Holden Caulfield, se escandaliza por la falsedad del mundo de los adultos. Chapman, que se identificaba con Caulfield, estaba convencido de que Lennon vivía según unos mandamientos completamente distintos al mensaje que predicaba. Era, pues, un embustero, un embaucador, y tenía que morir.
El nombre de Chapman se asocia al de Lennon como el de otros muchos asesinos a su víctima: Bruto y César, Carlota Corday y Jean-Paul Marat, Lee Harvey Oswald y John Kennedy.Paradójicamente, también el nombre de Lennon puede asociarse a la Unión Soviética por algo semejante, porque él fue el asesino de la URSS .
Como Lennon no vivió para ver el desplome de la Unión Soviética no habría podido predecir que los Beatles formarían a una generación de amantes de la libertad en un país que ocupa la sexta parte de la superficie terrestre. Sin aquel amor por la libertad habría resultado del todo imposible la desaparición del totalitarismo, a pesar de la bancarrota del régimen comunista. Es probable que, si pudiera leer esto, el primer sorprendido fuera el propio Lennon. Sin embargo, ocurrió así. Comenzaré por mis recuerdos personales, tratando de imprimir un cierto orden a lo que vi y oí; a los hechos que yo mismo presencié.
Mi primera noticia del grupo se remonta a 1965, cuando el periódico Krokodil publicó un artículo sobre unos Beatles hasta entonces desconocidos. El nombre acariciaba los oídos, quizá por su contenido fonético, que yo identificaba con el batido de crema (uzbeetiye slivki) y las galletas (beeskvit). Según aquel artículo, el locutor de la BBC , al anunciar al mundo la operación de amígdalas de Ringo Starr, había pronunciado tan confusamente el término (tonsils) que los oyentes, entendiendo que lo que el batería se había extirpado era las uñas de los pies (toenails), obligaron a hacer horas extraordinarias a los empleados del servicio postal de Liverpool con un aluvión de cartas que solicitaban las uñas en cuestión.
Oí su primera canción en Radio Leningrado. Se trataba de «A Hard Day's Night», que, según el comentario del presentador, habían pasado «buscando dinero». Lejos de gustarme, me pareció monótona y no comprendí a que venía todo aquel lío de las uñas de los pies. Luego, en la República Democrática Alemana apareció una recopilación de canciones de su primer disco. Las escuché no porque me atrajeran especialmente, sino porque no podía negarme a oírlas cuando todo el mundo hablaba de los Beatles. Más tarde, alguien me dio unas grabaciones de «A Hard Day's Night» y de «Help» que le habían traído de Francia, en cuya cubierta se podía leer: « Quatre garçons chantent et dansent ». La beatlemanía comenzó para muchos rusos en aquel momento.
Convendrá explicar primero cómo oíamos entonces la música. El magnetófono con radio, marca Minia-2, que teníamos en casa era una enorme caja de madera que dominaba nuestro exiguo pisito. Como aún no existían las cassettes , el sistema era de dos bobinas, de modo que para avanzar o rebobinar se necesitaba ayuda, pues cuando la cinta se rompía había que recomponerla con un pegamento de fabricación casera que despedía un olor acre; en cuanto al rebobinado, muchas veces no quedaba otro remedio que hacerlo a mano. El sonido, una especie de «mono» chirriante, no impidió que aquella música llegada de un mundo desconocido e incomprensible nos cautivara. En su novela de los años 80, El maestro y Margarita, Mijaíl Bulgakov dice que el amor asalta a los héroes como el atracador que surge, navaja en mano, de una oscura calleja. Algo parecido ocurrió con el espíritu de nuestros teenagers, un término que aprendimos gracias a los Beatles.
La beatlemania adoptó múltiples formas en Rusia. No podía ser la histeria de los seguidores que vimos años más tarde en la pantalla del televisor. Los gobiernos occidentales la estimulaban e incluso intentaban atraerla para sus fines. En cambio, en la URSS estaba prohibida, y los jóvenes a la moda que soñaban con el éxito se veían obligados a ocultar su adoración por el grupo.
Al principio, el amor por todo lo relacionado con el grupo comportaba una especie de oposición inconsciente, más curiosa que seria, aún incapaz de minar los cimientos de la sociedad socialista.
Valgan los siguientes ejemplos. Clase de astronomía durante nuestro décimo curso; uno de mis compañeros tiene que dar una charla sobre un planeta del sistema solar. Tras recitar todo lo que ha copiado religiosamente de un periódico, añade de su cosecha: «Y ahora, con el descubrimiento de cuatro astrónomos ingleses, George Harrison, Ringo Starr (y los otros dos), la órbita de tal y tal planeta se acerca a la Tierra, y dentro de poco se producirá una colisión».
Como la enseñanza de la astronomía era una rutina más y los conocimientos sobre los planetas de nuestra profesora de física apenas superaban los nuestros, no receló de la «posible colisión». Ni conocía a aquellos «astrónomos » ni había oído hablar de los Beatles. En otra ocasión, nos contaba que los científicos soviéticos Basov y Projorov habían obtenido el premio Nobel y uno de la clase gritó: «¡A los Beatles sí que les dan dado un premio» (les acababan de conceder la Orden del Imperio Británico). La profesora replicó: «Sin gritos. Yo no digo que los científicos extranjeros no hayan obtenido un premio, sino que a los soviéticos también se lo han concedido». En nuestra adoración de adolescentes por las estrellas del pop , la sola mención de su nombre era ya una pequeña victoria.
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