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La cultura pasa por aquí
Letra Internacional 87 Letra Internacional

Rabia a los libros

por George Steiner
Letra Internacional nº 87, verano 2005

Número de páginas: 7
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Por otro lado, no hay ninguna seguridad de que disminuya el número de libros impresos en los formatos tradicionales. Incluso parece que ocurre lo contrario. En realidad, existe un increíble número de títulos nuevos -121.000 en el Reino Unido el año pasado-, que quizá representen la mayor amenaza para el libro y para la supervivencia de las librerías de calidad con espacio suficiente para almacenar las obras y capacidad para responder a los intereses y las necesidades de todos, incluida la minoría. En Londres, una primera novela que no recibe inmediatamente el viento favorable de los medios o no es aclamada por la crítica vuelve al editor o se liquida en quince días. Sencillamente, no queda sitio para la maduración, para el gusto de la exploración, a la que deben su supervivencia tantas obras grandes.
El uso de la pantalla no hace obsoleta la lectura tradicional de un modo evidente. Se necesitará tiempo para que se noten los efectos. Ya han aparecido estudios que dan cuenta de que los niños alimentados por la televisión y por Internet podrían manifestar trastornos de la voluntad o carecer de los requisitos imprescindibles para aprender a leer en el sentido antiguo del término. Al igual que el arte de la memoria, el ejercicio de la concentración y la atrofia del silencio (se estima que un 80 por ciento de los adolescentes de Estados Unidos son incapaces de leer sin acompañamiento musical de fondo), el espacio de la lectura está llamado a disminuir en la civilización europea. Es posible (y esta idea no me produce ninguna consternación) que el tipo de lectura que he tratado de definir y que he llamado «clásica» se reduzca a una especie de pasión privada que se enseñará en unas «casas de lectura », a la que nos entregaremos como Aquiba y sus discípulos tras la destrucción del Templo o como en las escuelas monacales y los refectorios de los conventos de la Edad Media. Una forma de lectura que culmina precisamente en ese ejercicio de gracia y esa música del espíritu que es el saber de memoria. Aún es demasiado pronto para decirlo. Vivimos el periodo de transición más rápido y más difícil de «descifrar» de todos los conocidos hasta el presente.
EL ESCÁNDALO DEL LIBRO
La bestialidad del nazismo, tal como fue planificado, organizado y llevado a cabo en la Europa del siglo XX , se desarrolló en el corazón de una cultura profundamente erudita. Ningún país había adorado la cultura como Alemania, ni había sostenido con tanta autoridad la vía del espíritu, la producción de libros, su estudio y el estudio de las humanidades académicas. Pero en ningún momento esas fuerzas de la erudición y la sensibilidad fueron capaces de impedir el triunfo de la barbarie. La enseñanza de calidad en filología, historia antigua y medieval, historia del arte y musicología continuó bajo el Reich. Como lo ha expresado Gadamer con una fórmula particularmente repugnante, en el régimen nazi bastaba con comportarse manierlich («de una manera decente, respetando las convenciones sociales») para tener la posibilidad de sacar adelante una brillante carrera universitaria en el estudio y la enseñanza de los clásicos. La única indiscreción que uno debía guardarse de cometer era ser judío. Uno de los filósofos más originales y decisivos del pensamiento occidental produjo textos fundamentales durante la guerra. Lo esencial de la historia de aquel feliz matrimonio de la inhumanidad más sistemática con una forma de simpatía o de indiferencia, creadora de una cultura elevada, está aún por elucidar. El asunto supera con mucho el contexto de la Alemania nazi. El París ocupado conoció una producción de libros y de obras de teatro que se cuenta entre la más importante de la literatura francesa moderna.
Pero el escándalo no está sólo en la coexistencia. Los genios literarios y filosóficos han coqueteado con la parte sombría del hombre, le han prestado oídos y le han dado su apoyo. No podemos separar el esplendor de las obras de Pound, Claudel o Céline de sus espantosas inclinaciones políticas. Aunque fuera compleja y «privada», la relación de Heidegger con el nazismo, y su silencio astuto a partir de 1945, lo han puesto en entredicho. Igual que el apoyo activo de Sartre al comunismo soviético mucho después de que se conociera el salvajismo que se practicaba en los campos contra los escritores o contra los intelectuales en la China de Mao o en la Cuba de Castro. «Nunca me apearé de la idea de que todo anticomunista es un perro.» Así hablaba uno de los maestros del espíritu de nuestro tiempo.
El intelectual, el mandarín universitario, la rata de biblioteca, no suele formarse en la valentía. Con notables excepciones, el viento de locura del maccarthysmo -bastante menos peligroso que algunos totalitarismos fascistas o estalinistas - fue acogido con acomodo y complacencia. De nuevo ahora, con las honrosas excepciones de siempre, el chantaje de la «corrección política» despierta poca resistencia, ni siquiera excita la dignitas entre los universitarios. Muchos se suman a la mayoría y hacen lo que ven. Se dejan devorar por la circunstancia.
Pero todos estos son fenómenos superficiales, modelos de comportamiento. El núcleo del problema es quizá mucho más profundo. Pronto hará casi medio siglo que enseño y escribo; casi medio siglo de mi vida consagrado a una continua lectura y relectura (aún no tenía seis años cuando mi padre me inició en la música de Homero y de la oración fúnebre de Juan de Gante en Ricardo II, o en los poemas líricos de Heine), y me atormenta -no tengo otra palabra- una hipótesis de orden psicológico. Quiero subrayar que se trata sólo de una hipótesis quizá, Dios lo quiera, errónea.
El dominio del imaginario, de las «ficciones supremas» como las llamaba Wallace Stevens, sobre la conciencia humana es mesmeriano. El imaginario, la abstracción conceptual, es capaz de invadir el asiento de nuestra sensibilidad. Nadie conoce íntegramente la génesis del personaje de ficción extraído del espíritu del autor y del roce de su pluma en el papel. Sin embargo, ese personaje adquiere una fuerza vital, un poder sobre el tiempo y el olvido que supera con mucho el papel de un individuo, sea quien sea. ¿Quién de nosotros posee siquiera una fracción de la vitalidad, de la «presencia real» que emana de la Odisea homérica, de Hamlet, de Falstaff, de Tom Sawyer? En su agonía, Balzac reclamaba la ayuda de los médicos que él mismo había inventado en La comedia humana . Para Shelley, un hombre verdaderamente enamorado de la Antígona de Sófocles nunca podría vivir una experiencia parecida con una mujer real. Flaubert se ve reventar como un perro, mientras que «esa puta» de Emma Bovary va a vivir eternamente.
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