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Letra Internacional 87 Letra Internacional

Rabia a los libros

por George Steiner
Letra Internacional nº 87, verano 2005

Número de páginas: 7
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En la Alemania de 1821, Heine, instado a pronunciarse sobre un periodo de soflamas nacionalistas en el que se habían quemado libros, declaraba: «Allí donde hoy se queman libros, mañana se quemarán personas». Durante toda la historia, se han arrojado libros a las hogueras. Muchos se consumieron irremediablemente. Aún no hace mucho que perecieron unos dieciséis mil incunables y manuscritos iluminados, sin reproducir, en el incendio devastador de la biblioteca de Sarajevo. Los fundamentalistas de toda laya queman libros por instinto. Los conquistadores musulmanes de Alejandría, al condenar a las llamas la legendaria biblioteca, habían dicho: «Si contenía el Corán, ya disponemos nosotros de copias; si no lo contenía, no valía la pena conservarla.» No ha sobrevivido ni una sola copia de la Biblia de los albigenses; ni un solo ejemplar del gran tratado antitrinitario de Miguel Servet, condenado a la hoguera pública por Calvino. Los manuscritos, incluso los mecanografiados de los grandes maestros modernos, son aún más vulnerables. Acorralado por el terror estalinista, Bajtin arrancará las páginas de su obra sobre la estética para paliar la cruel falta de papel de fumar. Espantada por la transgresión de los tabúes sexuales, la novia de Büchner arrojará a la estufa el manuscrito de su Aretino (probablemente la obra maestra de quien, antes de cumplir los treinta, había creado ya Woyzeck yLa muerte de Danton ).
NUEVAS AMENAZAS
Pero existen ejecuciones más lentas y menos resplandecientes. La censura es tan antigua y tan universal como la propia escritura. Ya hemos comentado su presencia durante toda la historia del catolicismo romano. Ha participado en todas las tiranías, desde la Roma augusta hasta los regímenes totalitarios de nuestra época. Sencillamente, sería imposible contar el impresionante número de textos mutilados, expurgados, falsificados o reducidos al silencio absoluto. Ni siquiera las llamadas democracias tienen las manos limpias. En los Estados Unidos, la literatura clásica y contemporánea ha sido expurgada o retirada de las bibliotecas públicas y universitarias con el pretexto pueril y humillante de la «corrección política ». En Suráfrica se producen continuos intentos de retirar del circuito ciertas novelas importantes de Nadine Gordimer, por temor a que el electorado negro apele a su humanidad lúcida. En la mayor parte del mundo contemporáneo, en China, India o Pakistán, en todos aquellos lugares en que aún domina la herencia del fascismo o del estalinismo, en los Estados más o menos policiales y en las teocracias de corte islámico y, de vez en cuando, en América del Sur, los escritores van a la cárcel o son víctimas de las fatwas .
Dos elementos de reflexión vienen a complicar este sombrío análisis. La relación entre la censura y la creatividad puede revelarse en principio extrañamente productiva. El milagro literario del periodo isabelino, el de la Francia de Luis XIV , la gloria histórica de la poesía y la ficción rusas, desde Pushkin hasta Pasternak y Brodsky, parece que se adaptaron, en una dialéctica compleja, a las presiones y a la amenaza de la censura.
Lo que hace subversiva a la gran literatura, la que dice «no» a la barbarie, a la estupidez o a esta ética capitalista degradada del consumo de masas, todo aquello que devalúa nuestro trabajo y nuestra vida, siempre ha echado vástagos en el mantillo de la censura y la opresión. «Prensadnos -decía Joyce a la censura católica-; somos aceitunas.» O como comentaba por lo bajo Borges: «La censura es madre de la metáfora». Cuando el aparato represivo se la cede a los valores canalizados por los medios de masas y la machaconería publicitaria, como ocurre hoy en la Europa occidental, asistimos al triunfo de la mediocridad.
La segunda cuestión resulta aún más problemática. Precisamente esa literatura, esa filosofía y ese espíritu crítico en el sentido amplio del término, que pueden encantar el alma humana, transformar nuestro comportamiento interior y exterior y movernos a actuar, pueden también depravarnos, empobrecernos la conciencia y corromper las imágenes de los deseos que llevamos dentro. La proposición y la difusión de ideologías racistas, de erotismo sádico o de pedofilia serían imposibles sin incitar a conductas imitativas. La evidencia esta ahí, pero resulta difícil cuantificarla. Nuestros quioscos de periódicos, nuestros centros comerciales que ofecen de todo, desde el soft al hard, la aparición en Internet y en las páginas web de una pornografía sádica casi inimaginable, plantean desafíos fundamentales a la cuestión de la libertad de expresión y de publicación. El arrogante ideal miltoniano que predecía la victoria segura de lo verdadero sobre lo falso en cualquier combate abierto y sin censura procede de un mundo muy distinto al nuestro. El protocolo de los sabios de Sion se vende con toda libertad en Japón. Desde Varsovia a Buenos Aires se hace publicidad de los libelos que niegan la existencia de los campos de la muerte de los nazis, documentos que uno puede procurarse con facilidad. ¿No habría una razón para la censura? Carezco de respuesta, pero la suave permisividad con la que se trata todo esto me parece despreciable.
La revolución electrónica, el advenimiento a escala planetaria del tratamiento de texto, del cálculo electrónico y de la interfaz constituye una mutación mayor que la invención de la imprenta móvil en la época de Gutenberg. Lo que llamamos realidad virtual podría incluso alterar el funcionamiento habitual de la conciencia. Los bancos de datos, con una capacidad de almacenaje ya casi infinita, reemplazarán los laberintos incontrolables de nuestras bibliotecas por un puñado de chips. ¿Cuál será el efecto para la lectura, para la función del libro tal como los hemos conocido y amado? La cuestión es objeto de acalorados debates.
Hasta ahora algunas experiencias muy significativas han demostrado ser poco concluyentes. La interfaz de cambio entre los novelistas y sus lectores según un modo de colaboración abierto y aleatorio (experimentado por ejemplo por John Updike) sólo ha originado un interés efímero. Las máquinas traductoras son bestias primitivas, perfectamente incapaces de orientarse en la pluralidad semántica de los significados y el contexto informativo, transcendental para el lenguaje natural, no digamos para la lengua literaria. El traslado de manuscritos e impresos a la pantalla ha resultado espectacular desde el punto de vista del volumen y la accesibilidad (pronto afectará a cerca de sesenta millones de volúmenes sólo en la Biblioteca del Congreso de Washington). Ha transformado de un modo radical las técnicas de enseñanza, las formas del intercambio científico y tecnológico, las técnicas de la ilustración. La Biblioteca del Congreso ha decidido que de ahora en adelante sólo las Bellas letras, los textos que aspiran a la categoría de literatura, se publicarán en forma de libro impreso, lo que ahondará el abismo que separa la que De Quincey llamó «literatura del saber» de la «literatura del poder». Algunos editores, Penguin por ejemplo, editan ya libros en formato de bolsillo cuyo aparato de notas críticas sólo está disponible en la web .
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