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La cultura pasa por aquí

Letra Internacional 87 Letra Internacional

Rabia a los libros

por George Steiner
Letra Internacional nº 87, verano 2005

Número de páginas: 7
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Los déspotas no aceptan de buena gana los desafíos y las contradicciones; nunca se plantean que podrían favorecerles. Así ocurre con los libros. La única forma que conocemos de criticar, refutar o falsificar un texto es escribir otro. Texto sobre texto. De ahí esa lógica del comentario interminable, y del comentario sobre el comentario, de la que se hace eco desesperado el Eclesiastés al afirmar que «el componer libros es cosa sin fin». (Dilema típicamente talmúdico que encontramos perpetuado en la idea freudiana del «análisis sin fin».) En radical contraste, la metáfora platónica sostiene que el intercambio oral permite, mejor aún, autoriza la reconciliación inmediata, la corrección y la réplica. Permite al que establece la proposición cambiar de parecer, dar marcha atrás si lo necesita y exponer sus tesis a la luz de la información común y de la indagación de muchos otros. La oralidad reivindica la verdad, la honradez de corregirse uno mismo, la democracia, como si fuera una herencia común («la búsqueda común» de F. R. Leavis). El texto escrito, el libro, convertirá todo esto en un mundo caduco.
El segundo punto que destaca en el mito de Fedro no es menos revelador. El recurso a la escritura lamina el poder de la memoria. Todo lo que se escribe, se almacena -como en el «banco de datos» de nuestro ordenador- y ya no hay que confiarlo a la facultad de recordar. Una cultura oral es aquella en la que los recuerdos se actualizan a diario; un texto o una cultura libresca autoriza (de nuevo este término tan delicado) todas las formas del olvido. La distinción apunta al corazón mismo de la identidad humana y de la civilitas. A llí donde la memoria es dinámica y sirve de instrumento de la transmisión psicológica y común, la herencia se transforma en presente. La transmisión de mitologías fundadoras, de textos sagrados a través de los milenios, la posibilidad para un bardo o un cantor de narrar largos relatos épicos sin necesidad de soporte escrito, atestiguan las potencias de la memoria tanto en el ejecutante como en la audiencia. Aprender «de memoria» supone entrar en posesión de algo y ser poseído por el contenido del saber en cuestión. Y esto significa que hemos autorizado al mito, a la plegaria, al poema a introducirse y dar fruto dentro de nosotros, para enriquecer y modificar nuestro paisaje interior, como nuestras incursiones en la vida modifican y enriquecen a su vez nuestra existencia. Para la filosofía y la estética de la Antigüedad, la memoria fue siempre la madre de las musas.
Al irrumpir la escritura, los libros facilitaron las cosas, y el gran arte mnemónico cayó en el olvido. La educación moderna cada vez se parece más a una amnesia institucionalizada. Descarga el espíritu del niño de todos los pesos de la referencia viva. Sustituye el saber de memoria, que es un saber de las entrañas, por un caleidoscopio transitorio de saberes siempre efímeros. Encoge el tiempo hasta el instante e instila, casi como en los sueños, un magma de homogeneidad y de pereza. Puede decirse que nunca amamos de verdad lo que no aprendemos o conocemos de memoria, con los límites de nuestras facultades siempre aproximativas.
Las palabras de Robert Graves confirman que «amar con las entrañas» es muy superior a cualquier forma de «amor al arte». Saber con las entrañas es entablar una relación íntima y activa con el fundamento mismo de nuestra esencia. Los libros imprimen el sello de la corrección.
Hasta qué punto, en sentido estricto, material, fue iletrado Jesús de Nazaret constituye un enigma espinoso y perfectamente insoluble. Al par que Sócrates, ni escribió ni publicó nada. La única alusión de los Evangelios al acto de escribir se debe a Juan, cuando, de un modo perfectamente enigmático, cuenta en el episodio de la adúltera que Jesús dibujó unas palabras en la arena. ¿En qué lengua? ¿Con qué significado? Jamás lo sabremos, porque Jesús las borró enseguida. La sabiduría divina encarnada en Jesús el hombre pone en jaque los conocimientos formales y textuales de los clérigos y los eruditos del Templo. Enseña en parábolas, cuya concisión extrema y cuyo carácter lapidario están dirigidos eminentemente a la memoria. Una trágica ironía querrá que su relación más estrecha con un texto escrito se dé en la cruz y en la forma de una inscripción vejatoria clavada sobre su cabeza. Para todo lo demás, el maestro y mago llegado de Galilea es un hombre que pertenece al mundo oral, una encarnación del Verbo (el logos ), cuya doctrina principal y cuyos ejemplos pertenecen al orden de lo existencial, de una vida y una pasión no escritas en textos, sino realizadas en actos. Y no dirigidas a lectores, sino a imitadores, a testigos (los mártires ); ellos mismos analfabetos en su mayoría. El judaísmo de la Torá y del Talmud, el Islam del Corán son dos brotes de la misma raíz «libresca». La ejemplaridad del mensaje cristiano, contenido en la persona del nazareno, viene de la oralidad y se proclama a través de ella.
Ya desde el origen encontramos esa disociación, esas polaridades, entre el judaísmo y el cristianismo y en el propio seno del último. Se hallan implícitas en la dialéctica «de la letra y del epíritu», central para todos nuestros propósitos.
No sabemos casi nada de las razones comunales que motivaron la transcripción de los relatos de Jesús a los Evangelios. ¿Procede esta transcripción del tropismo profundamente hebreo hacia el texto y el aura sagrada, con valor de ley, que lo rodeaba? ¿Del impulso irresistible a añadir algo o a poner punto final a los cánones en vigor de los textos sagrados del judaísmo, en la forma difusa, local e infinitamente abierta que los caracterizaba entonces? Lo ignoramos, y creo que no apreciamos en su justa medida la increíble originalidad, el carácter insólito que debió de tener el proyecto evangélico (los Evangelios no se parecen en nada ni a las vidas contemporáneas o antiguas de los sabios, ni a las biografías de Plutarco o de Diógenes Laercio). En realidad, el genio de los Evangelios sinópticos procede de la tensión extrema entre una oralidad sustancial y una escritura performativa. Lo fundamental en su carga provocadora está en la transmisión casi taquigráfica de las palabras habladas, a través de una escritura narrativa, dictada con urgencia, a la luz, imaginamos, de las expectativas escatológicas del apocalipsis cercano, y con el temor, sin duda inconsciente, de que faltara tiempo para el refinamiento y la cultura de la memoria oral.
LA EDAD DE ORO DEL LIBRO
Número de páginas: 7
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