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Letra Internacional 87 Letra Internacional

Rabia a los libros

por George Steiner
Letra Internacional nº 87, verano 2005

Número de páginas: 7
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Tendemos a olvidar que los libros, obviamente vulnerables, se pueden eliminar o destruir. Los libros tienen su historia, como cualquier otra producción humana; una historia cuyos inicios contienen en germen la posibilidad, la eventualidad, de un fin.
De aquellos comienzos sabemos poco. Están los textos de contenido ritual o didáctico que se remontan sin duda a la antigua China, en el segundo milenio antes de nuestra Era, y los escritos administrativos y comerciales de Sumer o los alfabetos y protoalfabetos del Mediterráneo oriental, testimonios de una evolución completa, de cuya cronología aún se nos escapan los pormenores. En nuestra tradición occidental, los primeros «libros» son tablas de leyes, registros comerciales, recetas médicas o previsiones astronómicas. Las crónicas históricas, íntimamente ligadas a la arquitectura triunfalista y las conmemoraciones vengativas, precedieron con toda seguridad a lo que llamamos «literatura». La epopeya de Gilgameš o los fragmentos de datación más antigua de la Biblia hebrea son tardíos, más cercanos al Ulises de Joyce que a sus propios orígenes, los cuales apuntan al canto arcaico y al relato oral.
La escritura es un archipiélago en el ancho mar de la oralidad humana. Sin detenernos en los distintos formatos de presentación del libro, la escritura constituye un caso aparte, una técnica precisa y concreta dentro de una totalidad semiótica largamente oral. Durante las decenas de miles de años anteriores a las formas escritas, se contaron cuentos, se transmitieron oralmente enseñanzas religiosas y mágicas, se elaboraron y se comunicaron fórmulas para los hechizos de amor y los anatemas. Un hormiguero de grupos étnicos, de mitologías elaboradas y de conocimientos tradicionales del mundo natural ha llegado hasta nosotros al margen de cualquier forma de alfabetización. No existe un solo ser humano sobre el planeta que carezca de alguna relación con la música. Ésta, en forma de canto o de interpretación instrumental, parece auténticamente universal. La música es el lenguaje imprescindible para comunicar sentimientos y significados. La mayor parte de la humanidad no lee libros. En cambio, el mundo entero canta y baila.
MAESTRO Y DISCÍPULOS : PRESENCIAS REALES
Todavía hoy nuestra sensibilidad occidental, nuestros hitos íntimos habituales proceden de dos fuentes: Atenas y Jerusalén. Más exactamente, nuestra herencia intelectual y ética y nuestra interpretación de la identidad y de la muerte vienen directamente de Sócrates y de Jesús de Nazaret. Ninguno de los dos hizo profesión de autor, ni muchísimo menos de haber publicado nada.
En el conjunto de las aportaciones socráticas a los diálogos de Platón, panoplia inagotablemente compleja y pródiga, o en los recuerdos de Jenofonte, sólo encontramos una o dos menciones de pasada al empleo de un libro. En cierto momento, Sócrates desea verificar en el manuscrito correspondiente las citas de un filósofo más antiguo. Fuera de esto, lo esencial de la enseñanza y del destino ejemplar de Sócrates, tal como Platón lo transmite y tal como ciertos pensadores de la categoría de Aristóteles lo han evocado, pertenece al lenguaje oral. Sócrates nunca escribió ni dictó nada.
Las razones son profundas. La confrontación cara a cara y la comunicación oral en los espacios públicos constituyen la esencia. El método socrático participa de la inmediatez de la palabra, en la que el encuentro real, la presencia, el acto de presencia del interlocutor son indispensables. Con un arte perfectamente comparable al de Dickens o Shakespeare, los diálogos de Platón actualizan el medium corporal de todo discurso articulado. La famosa fealdad de Sócrates, su impresionante resistencia física, tanto para la batalla como para la borrachera, su retórica gestual y su administración de los momentos de descanso, la alternancia de los paseos y las pausas, en las que se gestan las preguntas y las reflexiones, encarnan (la expresión que emplea Shakespeare es «dan cuerpo») la llegada del argumento y del sentido. Con Sócrates, el pensamiento, incluso el más abstracto, la alegoría, incluso la más impenetrable, participan de la experiencia vivida, irreductible a la textualidad muda. La capacidad de seducción que mantiene a su lado a discípulos y amantes, la insistencia desconcertante en descubrir el fondo de las pretensiones humanas y la propensión del hombre a la mentira, que vuelve locos a sus detractores, estriban únicamente en un conjunto de recursos vocales y faciales, en unos escenarios excéntricos. Sus bruscos cambios de actitud, que de repente lo sumen en una profunda reflexión en un lugar y un momento inapropiados, son tan esenciales para la aplicación de sus enseñanzas como las palabras efectivamente pronunciadas.
La crítica que Platón hace a la escritura en el Fedro, resumida en un mito egipcio bien conocido, refleja sin la menor duda su sentimiento respecto a los métodos paradójicos empleados por su maestro. Como siempre, la convicción platónica destila ironía. ¿No fue él mismo escritor a ratos y autor de una obra voluminosa? Sin embargo, los argumentos contra la superioridad de la escritura sobre el habla están llenos de fuerza y puede que aun hoy sean irrefutables.
Hay en el texto escrito, ya sea sobre tabla de arcilla, mármol, papiro o pergamino, ya sea grabado en hueso, enrollado o impreso en un libro, un máximo de autoridad (término que recubre, como su fuente latina a uctoritas, la palabra «autor»). El simple hecho de escribir, de recurrir a una transmisión escrita, implica una reivindicación de lo magistral, de lo canónico. De un modo evidente en los documentos teológico-litúrgicos, los códigos de leyes y los tratados científicos o los manuales técnicos, y de modo no menos intenso aunque más sutil, incluso autosubversivo, en los textos cómicos o efímeros, todo escrito es contractual. Vincula al autor y a su lector con la promesa de un sentido. El escrito es, por naturaleza, normativo. Es «prescriptivo», término cuya riqueza connotativa y semántica requiere una atención especial. «Prescribir» significa ordenar, es decir, anticipar y circunscribir (otra locución reveladora) un marco de conducta o de interpretación del consenso intelectual y social. Los términos «inscripción», «script», «escriba» y el productivo campo semántico al que pertenecen relacionan íntima e inevitablemente el acto de escribir con modos de gobernar. La «proscripción», término emparentado, suena a exilio o a muerte. De todos los modos posibles, aunque se enmascaren con una apariencia de ligereza, los actos relevantes de la escritura, engastados en los libros, dan cuenta de relaciones de poder. El despotismo que siempre han ejercido el clero, la política y la justicia sobre letrados o subletrados confirma esta absoluta verdad cardinal. La implicación de la autoridad en un texto, el embargo y el uso exclusivo de esos textos por una elite literaria son signos de poder. Hay una verdad inquietante en los volúmenes encadenados de las bibliotecas monásticas medievales. El escrito atrapa los significados (en san Jerónimo, el traductor conquista el sentido como el guerrero triunfante conduce a su país a los prisioneros).
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