Claro que en medio de la borrasca, aquí y allá, aparecen pequeños resplandores, que esperamos no sean fuegos de San Telmo. Todavía podemos encontrar ese libro que no edita la gran empresa que cotiza en la bolsa ni sale en la lista de los más vendidos de las separatas culturales. Aún se arriesgan y se exponen algunos artistas a que la reflexión y el trabajo estructuren sus obras, digan lo que digan los gurús, ordene lo que ordene el mercado. De vez en cuando podemos ver museos que no son logotipos ni emblemas, pero que sirven para conservar y mostrar el patrimonio. Si prestamos atención quizá oigamos entre el vocerío insufrible el deslumbrador sonido de la música inteligente. Es posible que en medio de los juegos de luces y de las tramoyas, podamos retomar la funesta manía de pensar. Y, todo es posible, hasta seamos testigos en un tiempo cercano de que esto se desmorona, de que se acaba el consumismo, esa nube que enturbia al propio mercado, esa compulsiva obsesión por estar al día, por el récord, por no perdernos la ópera que se estrena, el libro que se comenta o la exposición que se admira. De que desaparece ese desmedido interés por ser los primeros en ver todo y no entender nada, en haber estado y no haber sido, ese afán casi epiléptico por gastar tiempo y dinero, por coleccionar certificados de asistencia, diplomas de culto y de distinguido.
Quizá sea la última jugada del mercado, que como todo dios no juega a los dados, y nos devuelva desde ese sentido de la realidad que le atribuyen sus fanáticos creyentes un arte que rompa el cascarón de la apariencia y se comprometa, sí, se comprometa, con la realidad, con el profundo quehacer de despertarnos del entontecedor sueño del placer barato y la tranquilidad falsa.