El Quijote, por ejemplo. Conciertos, exposiciones, proyecciones, estrenos, libros y souvenirs han protagonizado el éxtasis cervantino de este año. Hasta los que en cercanos días han sido tenidos por creadores independientes, muy suyos ellos, han entrado en el juego y tenido que interpretar, eso sí, tridimensionalmente, al manoseado héroe. Una ocasión más para satisfacer el apetito cultural de la inmensa masa de consumidores.
Y claro, aquellos que, siendo ajenos al mercado cultural, quieren aprovechar el tirón de la moda cultural estudian y pesan el poder de penetración que lo quijotesco, sumándole el empuje institucional, tiene y el resultado que en su aceptación y aprecio pueda suponer su pequeño esfuerzo. Esos que se llaman patrocinadores, porque mecenas suena a otros tiempos y la palabra espónsor en estos momentos de confusión matrimonial es mejor no mentarla, siguen fielmente las recomendaciones y exigencias del mercado a la hora de poner sus dineros en cualquier producción cultural.
Y así hemos tenido quijotes en la historia y la historia de los quijotes; los libros del Quijote y el quijote de los libros; los que pintaron sin leer el Quijote y los que lo han leído, pero no pintan nada; hemos oído trompetas y clamores y premiado a las ovejas y a los corderos. En fin, quijotes para todos y todos para el Quijote. Todo un programa cultural que el mercado contempla con la sonrisa del gato que se ha comido el pez, pues todo se ha hecho con tanto mimo, tanto cuidado y tanta precaución que no se ha movido ni un pelo de los citados patrocinadores, pues en todo momento se han tenido en cuenta sus innegociables exigencias:
Que no toque las narices de nadie y que si critica algo del sistema lo haga como nos enseñó san Walt Disney con gracia y simpatía.
Que atraiga el mayor número de consumidores, perdón de espectadores, perdón también, de gentes.
Que repercuta favorablemente en su imagen de banco, multinacional o gran empresa, siempre dispuesto a devolver parte de sus ganancias.
Que suscite páginas y páginas en los periódicos y muchos minutos en los otros medios.
Que sus logotipos coronen las mesas presidenciales y aparezcan gallardos en los carteles.
Que la parte importante de la inversión corra a cargo de las entidades públicas comprometidas -ellos, simplemente ayudan.
Que en el estreno, la presentación o la inauguración puedan aparecer del brazo de las más altas autoridades y más prestigiosos artistas.
Que puedan invitar al concierto a sus Consejos, realizar visitas privadas, organizar cenas y saraos relacionados con el evento, anunciarlo en los escaparates de sus sedes, agencias y sucursales, dejando, a ser posible, que la autoría quede difusa pero clara su presencia.
Y en estas aguas turbulentas es imposible la navegación de altura. El olmo no tiene peras. Y los artistas no están dispuestos ni se les deja a subirse al palo mayor y mirar sobre las olas cómo avanza la gran tormenta de la globalización.
Esa que ¡lástima! amenaza con igualarnos por el mismo rasero. Esa que no te permite adivinar en qué museo estás, pues todas las obras son iguales: mezquinas y baratas metáforas de alto coste que llaman instalaciones, supongo que por envidia con las de la fontanería; fotografías sin misterio ni magia de rebuscada y previsible composición; documentales televisivos que ahora se ven en plasma tumbados en el suelo; grandiosas invenciones del Mediterráneo que no valen ni para encima del sofá, porque no aguantan la segunda mirada; estruendosos grititos que no despiertan ni al niño dormido, etcétera.
Pero no pasa nada. ¿A quién le importa? ¿No estamos todos muy cómodos frente a la pantalla de nuestro móvil jugando en la red que borra diferencias y estrecha los lazos, mientras el globo se pincha y todo cae en mil pedazos?
Vivimos gustosamente en este circo de la cultura global, la única, la incomparable, la hollywoodiense, "la que impone lo locuaz, lo terso, lo sentimental, lo mecánico y despreocupado, la que se burla de su esencia y se revuelve con franca hostilidad contra lo reflexivo, la que reinventa la historia, la que se interesa por presentar un mundo en paz, sin graves conflictos, un mundo de risitas, un mundo en el que la mayor decisión es elegir a qué jugar, a qué tiovivo subirse en el ferial..." (Tod Gitlin). Al fin y al cabo, todavía nuestra cultura está encarnada en el ratón Mickey con su divertida rebelión contra las autoridades, con su linda y suave mofa de los serios adultos, con su mundo acogedor, apacible y limpio, siempre, al final, correcto. Y no nos damos cuenta que tiene las orejas de papel y no oye los gritos, la nariz es postiza y no se da cuenta de que la realidad huele a podrido y molesta, exige el tributo de la reflexión y su rebelión es dura y sangrienta.
El artista se ha refugiado bajo el embozo de los gestores. Ahora sus obras forman parte de un texto que han escrito, editado y pagado otros. Sus obras son frases a las que les da sentido el ser incluidas en una exposición con tema, con lema, con ese título, guiño intelectual, que demuestra el ingenio y el saber de gestores y comisarios. El artista se rebuja, sedado con el analgésico de un continuo espectáculo, envuelto en el placer inmediato que produce el pensamiento débil de rápido consumo, la pirueta barata, la parodia de vanguardismo, la ridícula metáfora y el desaforado griterío del mercado. Mientras se olvida de la historia y la historia le salta en la cara con chispazos de fuego y el tronar de los cuatro, los cuatro viejos caballos. Habla y no para de su poética, mientras celebra que las nanas de los poetas sustituyan a los gritos de las pancartas. Aplaude con fervor que la fascinación de la universal pantalla apague con sus dulces telarañas la imagen de la realidad fría y cruda.
Pero el mercado sigue, como la función. Y no importan las débiles quejas de los descontentos de siempre, los que no han triunfado, los que no venden, los desengañados que se aferran a las viejas nociones de significado, a la melancolía y la nostalgia de tiempos pasados, a la revolución pendiente, al trasnochado progresismo que quiere seguir viendo en el arte el escalón, el empujoncito que les permita trascender la superficialidad de lo simple y políticamente correcto.