Los ejemplos podrían multiplicarse hasta el infinito, como la
irrupción de quizz-shows cada vez más agresivos, o
como la suplantación de los documentales -ya prácticamente
desaparecidos- y de los informativos mismos por múltiples programas
del corazón e incluso por algunos de cámara oculta en los
que el supuesto periodismo de investigación escoge temas anodinos
o colabora a provocar el delito para después denunciarlo. Pero la
conclusión es coincidente: el abandono de las potencialidades culturales,
educativas, cívicas del medio en beneficio de una concepción
de la comunicación---acontecimiento, autorreferencial y endogámica
al medio mismo, que se ampara siempre en la justificación de «el
público lo quiere», pero se orienta -mediando audímetros
y una concepción reductora y pasiva del público- hacia dinámicas
mercantiles puras de costes-beneficios y hacia lógicas publicitarias
extremas que nada tienen que ver con los deseos del público.
Sin embargo, todas estas transformaciones recientes no podrían
explicarse sin más por los cambios en la propiedad y sus lógicas,
sin tener en cuenta lo que sucede en la «caja negra» de los
medios en donde se producen los procesos de creación y empaquetamiento
de los significados simbólicos. Porque, una vez más, no se
trata de centrarse en una insuficiente visión conspirativa incapaz
de permitir una comprensión del mundo, sino de entender los complejos
procesos con los que se produce y re-produce la realidad. Lo que nos retrotrae
de nuevo hacia la pregunta inicial de «¿Hombres de negocios
u hombres de medios?», pero declinada en un abanico diverso que va
desde los directivos y los escasos periodistas-estrella hasta la masa más
bien anónima que elabora de forma sistemática los contenidos
de los medios.
Y aquí, en la prensa, la radio y, de nuevo de forma intensiva
en la TV, se han producido también cambios cualitativos importantes
en los últimos años que pasan por procesos de creciente precarización
de la profesión periodística -y, en general de los comunicadores
y los creadores- y por la imposición de elementos de flexibilidad,
movilidad y polivalencia, con sus correlatos en la des-especialización,
la subordinación tecnológica, la imposición de una
razón económica mucho más coercitiva que nunca (Rieffel,
2001). Es así cómo, en contradicción paradójica
con una mejora sustancial en los niveles de titulación y formación
de los comunicadores e incluso, en otro orden de cosas, con fuertes incrementos
de productividad constatados por la informatización, la capacidad
de resistencia de los informadores y creadores se va debilitando al tiempo
que se entroniza un tiempo coactivo y una velocidad propia del capital pero
hostil a la cultura y la información de calidad. Culminación
de un proceso de dos décadas, las redacciones digitales o
newsroom
de muchas televisiones, y radios y periódicos, ejemplifican esa presión
temporal y productiva sobre comunicadores que no sólo realizan ya
la totalidad de las funciones necesarias sino que también tienen
que declinar la información elaborada en múltiples soportes
y lenguajes (lo que algunas multinacionales han deno-minado el
anycasting),
sin tiempo ni medios para garantizar la veracidad y calidad de sus mensajes
[ 8 ] , en perjuicio de la diversidad y el pluralismo efectivos para los consumidores-ciudadanos.
Habría que preguntarse si estos fenómenos no vienen propiciados
por una enseñanza, universitaria incluso en muchos casos, que ha
dimitido de su función de formar comunicadores críticos y
responsables para conformarse con ser fábricas de técnicos
en información. Mediando después un adecuado proceso de cooptación
y de promoción interna, los creadores de información, -eslabón
débil del proceso comunicativo y cultural-, se encuentran así
en unas condiciones laborales que tienen también, añadidos
a las consecuencias de cualquier otro sector, graves efectos sobre los equilibrios
informativos y de poder en los medios y, en definitiva, sobre la libertad
de expresión misma. Especialmente cuando a tal debilidad en el seno
de las empresas, se unen las omisiones y dimisiones de una legislación
que, en muchos países y en España en concreto en el análisis
reciente de un jurista, no ha querido o podido proteger los derechos de
quienes tienen encomendada socialmente una función tan trascendental
(Escobar, 2003). La acumulación de casos extremos de periodistas,
en los EE UU y Europa, que inventan o manipulan descaradamente las noticias
no es más que la punta del iceberg de estos fenómenos y no
una simple aberración individual.
EL SERVICIO PÚBLICO EN LA ERA DIGITAL
En el marco de tendencias que hemos intentado sintetizar, parece indudable
que correspondería al servicio público el papel no sólo
de equilibrio del sistema y garantía del pluralismo, político
y sobre todo de expresión y creación, sino también
la misión de actuar como referencia de calidad, atemperando al menos
los procesos más perniciosos del mercado. Y sin embargo, su instrumento
más poderoso, la radiotelevisión pública gestionada
por el Estado, ha acentuado también, en el mismo movimiento de comercialización
general, sus crisis -de principios, financiera, de audiencias- hasta llegar
en muchos casos a su privatización o jibarización, o al menos
a dejarse tentar por los mismos objetivos de rentabilidad económica
y de audiencias, en lugar de medirse por su rentabilidad social. Aun así,
se presentan cuadros muy diversos según los países, incluso
en la propia Unión Europea, como función de las tradiciones,
las resistencias y la conciencia democrática de cada país
(Bustamante, 2003).
En el Reino Unido o Alemania, en donde una larga tradición permitió
paulatinamente asentar unas radiotelevisiones públicas autónomas
del poder político y estables económicamente, la crisis y
las polémicas no han podido evitar un reforzamiento de la financiación
pública y planes estratégicos que encaran el futuro, entre
ellos una expansión y diversificación del servicio público
a un entorno multicanal y multiservicios, en todos los soportes digitales
incluyendo Internet. Como proclamaba un reciente documento de la BBC, el
nuevo papel añadido de este organismo era asegurar los beneficios
del mundo digital a todos los ciudadanos, evitando el peligro de fractura
social entre los ricos y los pobres en información (The BBC Beyond
2000). También, aunque con menor firmeza y en medio de periódicas
polémicas, las televisiones públicas francesas han autolimitado
su captación publicitaria y reforzado sus misiones de servicio público.
En el polo opuesto, países con una escasa tradición de
servicio público como España y Portugal han apostado desde
hace años por la captación publicitaria como única
o dominante fuente de financiación, compatible con una tradición
de manipulación política sistemática por los partidos
en el poder. El resultado ha sido en ocasiones, como en el caso español,
una notable y mantenida tasa de audiencias, pero también un endeudamiento
acumulado gigantesco -más de 6.000 millones de euros en RTVE en 2003-
que se convierte en la fuente financiera hege-mónica, una sistemática
desviación de sus programaciones hacia la competencia comercial y
un cuestionamiento permanente de su propia existencia desde la sociedad.
Además, y en un entorno insoslayable de incremento de canales y de
fragmentación de los públicos que no puede hacer más
que crecer en el entorno digital del próximo futuro, estas televisiones
públicas y sus gobiernos se han mostrado incapaces de afrontar el
futuro digital, con estrategias caóticas y resultados mediocres (Bustamante,
2002).