El resultado de estas cada vez más insoportables dinámicas
es, en definitiva, que el marketing y los superbeneficios se colocan en
el puesto de mando, acabando con las delicadas ecologías que caracterizaban
al mundo de los medios, a la cultura masiva en general. En otras palabras,
la cara más palmaria de ese salto cualitativo en la mercantilización
(commodification) es la aplicación intensiva de las técnicas
de marketing testadas en los productos de consumo de masas a la distribución
y la venta de contenidos culturales, con enormes inversiones en promoción,
con lanzamientos intensivos de fast-sellers, de venta rápida
y masiva que, poco a poco, intentan también aplicarse al diseño
de la creación simbólica misma en la comunicación y
la cultura, para crear lo que se debe vender: desde libros o discos que
inundan los grandes almacenes hasta películas lanzadas en miles de
copias que deben conseguir altísimas ventas en pocas semanas. Aun
cuando, felizmente, el usuario de cultura muestre sistemáticamente
sus peculiaridades con el rechazo y el fracaso de muchos de esos lanzamientos
multimillonarios, tales estrategias van asfixiando paulatinamente a la creación
minoritaria, renovadora, vanguardista, a las pequeñas y medianas
empresas que tanto peso han tenido siempre en la renovación cultural,
a las producciones locales enraizadas verdaderamente con las identidades
nacionales. Y van poco a poco también instaurando el reino de la
repetición sobre fórmulas masivas de éxito, reiteradas
mil veces con ligeras variaciones sobre rituales básicos, en lo que
ha sido calificado de «reprocultura» (Yves Achille, l997), y
yo he propuesto denominar «cultura clónica», siempre
favorable a la glocalización, es decir, a la adecuación
local a cada «ventana» de mercado de productos diseñados
para el mercado transnacional, que tiende a domesticar las identidades culturales
locales.
Los grandes procesos televisivos me parecen en este sentido un observatorio
privilegiado de análisis, porque la televisión siempre ha
sido pionera en estos fenómenos de mercantilización desde
que la «dictadura del audímetro» por minutos o segundos
sobre cada programa se fue trasladando a los índices de venta en
el mundo editorial o al control electrónico de taquilla en el box
office cinematográfico. Pero podríamos extender estas
observaciones a la prensa diaria o las revistas periódicas, cada
vez más atadas por grandes campañas de marketing, por sus
fascículos o regalos de todo tipo de gadgets sin relación
con la cultura al tiempo que abiertas, incluso en el caso de la prensa de
referencia o de élite, a los supuestos gustos del lector medio: las
noticias del corazón, la crónica negra, al tratamiento sensacionalista
de todo acontecimiento y, en general, al seguidismo sistemático respecto
de la dinámica televisiva.
Más clara aún en su papel de pivote, la televisión
publicitaria competitiva ha dejado atrás la simple ley de la programación
menos rechazada y orientada a las grandes mayorías, para ahondar
su conservadurismo comercial y su autismo respecto a la realidad exterior.
Ya no se trata sólo de homogeneización de contenidos en las
horas de
prime time, con la consecuente marginalización o
expulsión de los programas culturales
[ 2 ] y educativos, sino de una
invasión universal de los programas auto-referenciales, generados
por la propia televisión, del mestizaje y de la contaminación
permanente entre ficción y realidad, de la eliminación sistemática
de la oferta y los gustos de las múltiples minorías que componen
la audiencia. El macrogénero de
infoshow con sus múltiples
declinaciones,
docushow,
docugame, quizshow, más o
menos discutidas socialmente
[ 3 ] , se expande invasoramente desde hace unos
años en casi todos los países según formatos internacionales
adaptados y de acuerdo con la teoría de la pepita de oro: descubierto
un filón todos los mineros se apresuran a explotarlo hasta el agotamiento,
para lanzarse inmediatamente, cada vez más rápidamente, hacia
la siguiente mina (Bustamante, 1999). Y peor aún, los propiamente
denominados
killer format (formatos asesinos) -como
Gran Hermano,
como
Operación Triunfo- no sólo arrastran la audiencia
en un mercado horario sino que subordinan avasalladoramente a todo el resto
de la programación propia e incluso colonizan la de sus competidores,
multiplicando sus clones diversos en toda la gama posible durante un tiempo,
aunque tales adicciones sean cada vez más aceleradas y entren en
decadencia a la tercera o incluso a la segunda temporada
[ 4 ] [ 5 ] Así,
el sentido de la programación televisiva como catálogo de
ofertas diversas para intereses múltiples, de subvención cruzada
de programas mayoritarios a los minoritarios, de los productos «ricos»
a los «pobres», queda seriamente dañado, prefigurando
las estrategias de saturación en presencia en el resto de la cultura.
Y más aún, el formato asesino televisivo, en cumplimiento
estricto de su calificativo, se expande hacia el resto de los productos
culturales, colonizando la venta de discos, libros, juegos, revistas, canales
temáticos, mensajes telefónicos,
merchandising de toda
suerte, y alimentándose incluso de sus críticos en los medios.
Desde otra perspectiva complementaria, el hecho de que estos formatos
circulen a nivel internacional con meras adaptaciones al gusto local, parece
elocuente sobre los caminos de la cultura glocal. Nacidos o reinventados
con frecuencia en los últimos años en Europa (sobre todo,
Endemol y sus filiales; enraizada en Holanda, es propiedad de Telefónica
de España) han dado pie a algunos autores para mostrar un curioso
orgullo por esta inversión de tendencia que permitiría al
«viejo continente» exportar su «cultura» hacia el
mundo, incluidos los Estados Unidos; aunque sean réplicas muchas
veces de viejos formatos estadounidenses remozados, lanzados a nivel internacional
bajo la curiosa vestidura comercial de las franquicias.
TRANSFORMACIONES EN LA «CAJA NEGRA»
Los ejemplos podrían multiplicarse hasta el infinito, como la
irrupción de quizz-shows cada vez más agresivos, o
como la suplantación de los documentales -ya prácticamente
desaparecidos- y de los informativos mismos por múltiples programas
del corazón e incluso por algunos de cámara oculta en los
que el supuesto periodismo de investigación escoge temas anodinos
o colabora a provocar el delito para después denunciarlo. Pero la
conclusión es coincidente: el abandono de las potencialidades culturales,
educativas, cívicas del medio en beneficio de una concepción
de la comunicación---acontecimiento, autorreferencial y endogámica
al medio mismo, que se ampara siempre en la justificación de «el
público lo quiere», pero se orienta -mediando audímetros
y una concepción reductora y pasiva del público- hacia dinámicas
mercantiles puras de costes-beneficios y hacia lógicas publicitarias
extremas que nada tienen que ver con los deseos del público.
Sin embargo, todas estas transformaciones recientes no podrían
explicarse sin más por los cambios en la propiedad y sus lógicas,
sin tener en cuenta lo que sucede en la «caja negra» de los
medios en donde se producen los procesos de creación y empaquetamiento
de los significados simbólicos. Porque, una vez más, no se
trata de centrarse en una insuficiente visión conspirativa incapaz
de permitir una comprensión del mundo, sino de entender los complejos
procesos con los que se produce y re-produce la realidad. Lo que nos retrotrae
de nuevo hacia la pregunta inicial de «¿Hombres de negocios
u hombres de medios?», pero declinada en un abanico diverso que va
desde los directivos y los escasos periodistas-estrella hasta la masa más
bien anónima que elabora de forma sistemática los contenidos
de los medios.