INTERROGANTES EN CASCADA
Recientemente, en un seminario internacional celebrado en Latinoamérica,
se me pidió que pronunciara la ponencia principal en un panel cuyo
lema central era el interrogante «¿Hombres de negocios u hombres
de medios?»
[ 1 ] . Parecía inicialmente una pregunta simple e incluso
simplista, si se orientaba tan sólo de forma personal, para dirimir
si los dirigentes de los medios de comunicación debían ser
preferentemente periodistas sensibles a la información y sus funciones
sociales o podían proceder de cualquier otra profesión más
orientada a la gestión de los negocios y del dinero. Lo que nos llevaría
a una interminable discusión sobre si los periodistas, algunos periodistas
al menos, no podrían transformarse o se estaban efectivamente mutando
en hombres de negocios puros, o si los medios podían ser liderados
y hasta controlados por expertos en finanzas y marketing, mejor dotados
aparentemente para la selva del mercado moderno.
Sin embargo, la misma naturaleza de la pregunta y su reiterada formulación
en los últimos años, insólita en cualquier otro sector
económico, denotaba ya unas inquietudes y demandas sociales que exigían
otras cuestiones en cascada. La primera y central apela a la naturaleza
general o específica de la comunicación social en una economía
de mercado, y puede ser a su vez declinada en varias perspectivas: ¿desde
el mero punto de vista de la economía, tiene la comunicación
y, más aún, la cultura en general en la que se integra, una
singularidad que la diferencie sustancialmente del resto de los sectores
mercantiles, por ejemplo, de una fábrica de zapatos?; y, yendo más
lejos, ¿tienen la información y la cultura, desde una mirada
sociopolítica en una democracia, una especificidad que las distancie
de cualquier otro producto o servicio? Detrás de ambas disyuntivas
aparecen opciones diferentes, no sólo sobre la personalidad y formación
de los directivos de los medios, sino también sobre las condiciones
de trabajo de los comunicadores de los medios.
Pero, a su vez, de la respuesta a esa interpelación dependen otras
más relevantes aún: no sólo la ubicación de
ese siempre cambiante cuarto poder, identificado por algunos recientemente
con el poder económico después de haberse confundido peligrosamente
durante años con el poder político ejecutivo; sino, especialmente,
si el sistema de mercado, en sus diversas lógicas o modelos construidos
históricamente en los medios de comunicación, basta para asegurar
la competencia efectiva y transparente en un terreno en que, desde la perspectiva
política, adquiere los trazos vitales del pluralismo como base insoslayable
de la democracia representativa. Porque si consideramos este último
punto tenemos que hablar del servicio público y su papel, de su equilibrio
en cada sociedad con respecto a los medios mercantiles, pero también
de las condiciones concretas que pueden garantizar que los medios privados
compaginen su naturaleza mercantil con su sustancia de servicio social esencial.
Y todo ello nos conduce al debate sobre el respeto a los públicos,
en su doble cara de consumidores y de ciudadanos, y a los mensajes informativos
y culturales que pueden articular ambos perfiles.
He aquí cómo una pregunta aparentemente simple abre las
puertas de un gran debate pendiente en muchas de nuestras sociedades. Pero
las respuestas no pueden ser sino históricamente datadas, sobre las
tendencias comunes que atraviesan a todos los países democráticos
desarrollados, y sobre las tradiciones, herencias e hipotecas que determinan
cuadros nacionales bien diversos. Intentaré en este texto dar cuenta
de esas exigencias en cadena, aunque su complejidad, enraizada en la elección
entre grandes modelos sociales, se compagine mal con las simplificaciones
y los eslóganes.
CULTURA-COMUNICACIÓN: NUEVAS TENDENCIAS DEL MERCADO
Aun a riesgo de malentendidos, me gustaría explicitar mis bases
de partida sobre esta cuestión. Porque me siento muy lejos de las
visiones apocalípticas que identifican la perversión de la
comunicación y la cultura con su «caída» en la
mercancía. Partiendo de la base, creo que incontestable, de que ambas
cuestan caras y no se dan por generación espontánea al alcance
de los ciudadanos, he defendido desde hace veinticinco años el concepto
y la teoría de las Industrias Culturales, como término pragmático
pero no acrítico, superador desde los años 70 de las connotaciones
nostálgicas que acompañaron a su nacimiento, que reconoce
directamente que una parte importante de la cultura y la comunicación
prosperó y se desarrolló desde finales del siglo XIX gracias
a su transformación tecnológica y mercantil. La prensa y el
libro de masas, el disco y el cine y, finalmente, la radio y la televisión
alcanzaron gracias a esas circunstancias una expansión nunca antes
lograda en la historia de los contenidos simbólicos humanos.
En el haber del mercado está, pues, ese desarrollo de la creación
y la recepción de la cultura y la información, cuyo peso sobre
la generación de condiciones democráticas ha sido con frecuencia
minusvalorado, bien sea en el modelo editorial con pago directo del consumidor,
como en el libro-disco-cine-vídeo, bien en su lógica más
acabada de modelo de flujo, pagado por el consumidor en forma de tiempo,
a su vez trocado en el mercado por el dinero del anunciante, como en la
radio y la televisión y, en parte, en la prensa escrita. Aunque en
el debe de ese mercado pueda, lógicamente, apuntarse la raíz
de muchas discriminaciones y censuras económicas, de la misma forma
que muchos Estados consiguieron crear las condiciones para el acceso de
toda la población a la comunicación por medios electrónicos,
sin perjuicio de practicar muchas veces dinámicas políticas
dominantes de censura y manipulación.
El debate no debería centrarse pues, a estas alturas, en una maniquea
disyuntiva entre mercado y Estado, entre economía y política,
sino en una valoración efectiva de las transformaciones sufridas
por ambos planos en las últimas décadas, y en los principios
y misiones, en las desviaciones y contrapesos que ambos mantienen y perfilan
entre sí.