Uno es el de Jesús Aguirre, a quien conocí ya en su primer
año de incorporación a la editorial Taurus, que tan bien dirigió
durante unos años. Le propuse presentar el primer Premio Anagrama
de Ensayo otorgado a La estética sin herejías de Xavier
Rubert de Ventós. Aceptó con algún comentario apenas
mordaz, bien comprensible: al fin y al cabo éramos competidores en
un mismo territorio, el ensayo. Tras la presentación, obviamente
brillante, durante la cena salió el tema de unos diarios, minuciosísimos,
dijo, en los que cada noche transcribía los hechos más relevantes
de la jornada y reflexiones sin duda punzantes, por cuya publicación
me interesé de inmediato. Cuando Jesús se endosó, tan
cumplidamente, el disfraz de Duque de Alba, mis esperanzas, ya remotas,
se desvanecieron. Aun así, a propósito de la correspondencia
que sostuvimos acerca de un proyecto editorial, le reiteré, de forma
ritual y como de paso, mi interés. Y, con su sorna característica,
me escribió que, como máximo, podría ofrecerme el índice
de nombres. Apunto aquí la existencia o posible existencia de esos
diarios, podría tratarse de un documento de singular interés
sobre la España de las últimas décadas.
El otro diario inédito es el del gran escritor argentino Ricardo
Piglia. Se trata de un diario que el autor califica de monstruoso, iniciado
en 1957, a los 17 años. Un diario que le sirve, entre otras cosas,
de cantera. Y, sostiene Piglia, todo lo que ha publicado hasta ahora es
simplemente una coartada para poder editar finalmente este diario sin problemas.
Al escribir esto he recordado un texto del novelista israelí David
Grossman, en un diario que empezó a raíz de los atentados
del 11 de septiembre: &laqno;Han pasado varios meses desde que terminé
mi última novela y sentía cómo el hecho de no escribir
me influía para mal. Cuando no escribo tengo la sensación
de que no entiendo realmente nada, de que todo lo que me pasa, todo lo que
ocurre y todas mis relaciones con las personas son hechos que tan sólo
están "uno al lado del otro", sin ningún contacto
pleno entre ellos. En cambio, desde que he vuelto a escribir todo se va
hilando de repente». Aunque, como visión completamente opuesta
respecto al impulso de escribir Diarios, hace poco Roger Grenier, el más
veterano colaborador de la editorial Gallimard, desde 1964, y también
escritor, afirmaba: &laqno;En cuanto a llevar un diario, es insoportable.
¡Es como recorrer el mundo con una cámara fotográfica!».
LOS DIARIOS DE UN EDITOR: EDMUND BUCHET
Terminaré, deformación profesional obliga, comentando los
diarios de un editor. Al revés que sus colegas españoles,
los editores franceses son muy propensos a escribir memorias. Sin pretensiones
exhaustivas, en mi librería están las de Robert Laffont, José
Corti, Pierre Belfond, Maurice Girodias, Françoise Verny, Hubert
Nyssen, Eric Losfeld, Maurice Nadeau, Pierre Bordas, Gérard Guégan.
Uno echa de menos las de Gaston Gallimard, pero la tradicional opacidad
de la maison Gallimard queda iluminada por la gran biografía
del fundador de la dinastía a cargo de Pierre Assouline, y por la
propia correspondencia de Gaston Gallimard con varios de sus más
grandes escritores -como Proust, Claudel y Céline-, donde el editor
se revela como un negociador correoso con guantes de terciopelo... y con
una paciencia infinita.
Pero, además de tantas memorias, biografías, estudios,
etcétera, hace poco encontré una rareza, una pieza única,
una joya: los diarios de un editor, que se publicó en 1969 y se ha
reeditado en junio de 2001. Se llama Les auteurs de ma vie, su autor
es Edmund Buchet, fundador de la editorial Buchet Chastel, una editorial
independiente que dirigió con acierto desde 1935 hasta 1968. Una
editorial muy prestigiosa que lanzó en Francia, entre otros, a Lawrence
Durrell, Henry Miller y Carl Gustav Jung, autores franceses como Roger Vailland,
Maurice Sachs y Charles Plisnier, una colección, &laqno;Páginas
inmortales», con selección de textos de Mauriac, Gide, Mann
y otros clásicos, y otra colección, Música, de gran
prestigio. El propio Buchet fue novelista y autor de estudios sobre Beethoven
y Bach. Edmund Buchet nos advierte en su prólogo que este diario,
una selección de uno más amplio y más íntimo,
no lo escribió para su publicación. De ahí, dice el
autor, sus debilidades y también su interés, que reside en
primer lugar en su autenticidad. Buchet nos brinda un panorama de más
de cincuenta años, con una información excelente, escrito
sin ningún afán pedagógico, pero como en passant
nos ilustra nítidamente acerca de los entramados de la cultura, la
literatura y la edición francesas.
Es un diario tan sugerente que hubiera merecido dedicarle una ponencia
monográfica. Me limitaré a mencionar alguno de sus aspectos
más significativos.
1) Una situación excepcional: la responsabilidad moral y penal
de los escritores que colaboran con los nazis en la Francia ocupada y también
de los editores. El tema de los escritores está marcado por el suicidio
de Drieu La Rochelle y el juicio y la ejecución de Robert Brasillach.
El caso editorial es complejo y confuso. Muchos editores colaboraron con
los nazis, con Denoël y Grasset a la cabeza. Denoël fue asesinado
en la calle en 1946 y las ediciones Grasset fueron disueltas en 1948. Buchet
Chastel formó parte del grupo de editoriales &laqno;que se mantuvieron
dignas durante la Ocupación», según la fórmula
que se adoptó en la época, como nos recuerda el autor; un
grupo poco numeroso y en el que se echa de menos más de un nombre
sonoro de la edición francesa. Como contrapunto, durante la ocupación
alemana se fundó una mítica editorial resistente: las Éditions
de Minuit.
2) Los caprichos de la suerte: Gaston Gallimard le cuenta que el mayor
éxito comercial de la editorial fue Lo que el viento se llevó,
que había sido rechazado por su comité de lectura, pero que
luego pudo repescarlo de Hachette. Al igual que Proust, su mayor éxito
literario, también otro rechazo y otra repesca, en este caso de Grasset.
3) La visión literaria de un editor: Buchet afirma, en 1956, que
Borges y Alejo Carpentier (a quién él no publica) son los
dos mejores escritores latinoamericanos. Y tiene el acierto de fichar, en
1949, a un joven crítico, Maurice Nadeau, que publicará en
su colección Bajo el volcán de Malcolm Lowry, una de
las joyas de la corona de la casa.
4) El oficio de editor: uno de sus méritos es el de &laqno;haber
cultivado el gusto por la lucha», escribe en 1960, ya con mucha lucha
detrás. También anota, en 1965, suspirando: &laqno;¡Qué
oficio!», y su secretaria replica: &laqno;Y sin embargo no querría
usted tener ningún otro». Y una norma que yo también
procuro seguir: &laqno;En principio, no recibo jamás a los autores
antes de leer su manuscrito».