El mencionado campeonato nacional de diaristas está muy competido.
Diarios y memorias, antes infrecuentes en nuestra lengua, han prosperado
muchísimo en estos últimos años, quizá una reacción
algo tardía a la normalidad democrática. Hace poco, Martínez
Sarrión sintetizaba lacónicamente el cambio de rumbo: &laqno;La
escritura autobiográfica en un país acostumbrado a la intermediación
-religiosa, política- podía costarte, y no de forma figurada,
la vida».
En dicho campeonato, entre el pelotón de cabeza parece como si
el líder fuera Andrés Trapiello, por tonelaje y repercusión.
Cada uno de los tomos -que también he leído nocturnamente-
es acogido con creciente admiración, los suplementos literarios le
dedican hectáreas de espacio. Naturalmente, al líder no pueden
faltarle detractores. Unos opinan que Trapiello tiene una fidelidad aleatoria
respecto al tan citado pacto autobiográfico, acuñado por Lejeune,
que conmina a decir la verdad. El propio Trapiello, comentando sus interioridades
de taller, informa que los tomos anuales se publican a los cinco años
de su redacción. A veces, en tan largo periodo, los personajes y
el autor han &laqno;interactuado», por así decir. Los &laqno;trapiellólogos»
más conspicuos, y a veces peor intencionados, siguen de cerca el
proceso, y advierten o denuncian o disfrutan viendo cómo (aseguran)
determinados percances producen distorsiones en los retratos. Naturalmente,
los diarios, todos ellos, son un género muy propenso a la manipulación,
un material muy permeable, los autores no siempre resisten la tentación
de erigir su propia estatua.
Primorosamente escritos, en los diarios de Trapiello el sosiego es casi
inalterable. Los recorridos por las librerías de viejo, las visitas
a las imprentas, un deliberado olor a rancio, los veraneos en el campo y
sobre todo la utilización de crípticas mayúsculas en
lugar de nombres propios contribuyen a tal sosiego.
¿Por qué tal decisión que puede incomodar al lector
seriamente chismoso? &laqno;¿Qué necesidad tiene -se preguntaba
hace poco la estudiosa Anna Caballé- de llevar la práctica
de las iniciales hasta el extremo de disolver toda identidad que no sea
la propia?» Trapiello lo explicó en una entrevista televisiva
con Sánchez Dragó: más o menos, dijo, a los lectores
del próximo siglo ¿qué les importarán los nombres
de los personajes? Apreciarán la literatura, la gran literatura:
es decir que Trapiello confía en el mismo lector muy póstumo
al que se resignó Stendhal. Sin prisas, pero sin dejar de activar
el proyecto. Es decir, que tras la apariencia humildísima de Trapiello,
se agazapa apenas un orgullo diabólico, posiblemente el imprescindible
orgullo de todo gran escritor. Otra información que nos desliza implícitamente
el propio autor respecto a dicho orgullo: el título general de los
diarios se llama &laqno;una novela en marcha», que recuerda de inmediato
Work in progress, durante años el título de trabajo
que Joyce puso a lo que después llamó Finnegan's Wake.
En los diarios, mis pasajes más releídos, sin duda por
deformación profesional, se refieren a tres editores. Uno de ellos
es el relato de un viaje con un gran poeta y director literario de una prestigiosa
editorial, Pere Gimferrer, según dicen los trapiellólogos;
un retrato que, al parecer, el damnificado ni ha perdonado ni perdonará
jamás (los rencores de Pere son tenaces, de pedernal), y que ya ha
dado lugar a varias trifulcas públicas. En su último tomo
Do fuir, hay un retrato estupendo de su fiel editor de Pre-Textos,
nuestro común amigo Manolo Borrás. Pero quizá las páginas
más emocionadas y emocionantes son las que dedica al editor Zapatero,
muerto prematuramente, alcoholizado, amargado. Zapatero había fundado
con Oriol Castanys una editorial, Trieste, a la que se nombra siempre acompañada
justamente del adjetivo exquisita. Castanys la dejó muy pronto e
ingresó Trapiello, que, con Zapatero, luchó durante años
para llevar adelante un excelente proyecto editorial.
EDICIÓN DE DIARIOS EN ANAGRAMA
A pesar de mi interés por el género, apenas he publicado
diarios, aparte del de Pavese, pero no quiero dejar de subrayar algunos
textos breves incluidos en tres títulos de Anagrama. En El arte
de la fuga de Sergio Pitol, aparece el &laqno;Diario de Escudillers»,
un texto muy reproducido aquí y allá, que describe las peripecias
del joven Pitol, sin un duro, en la Barcelona de los 60, donde se hizo amigo
de todos. Pere Gimferrer escribió en El Correo Catalán
sus Dietaris, que luego recogió en dos volúmenes, que
no sólo he releído a menudo, sino que de ellos también
preparé personalmente una selección de su traducción
castellana para nuestro volumen Noche en el Ritz. Roland Barthes,
en Incidentes, anota, con franqueza inusitada en él, sus correrías
en pos de muchachitos en el Magreb, turismo sexual bien conocido por Oscar
Wilde y André Gide, entre muchos otros no tan famosos, un turismo
sexual que aún no estaba etiquetado como tal. Uno de los primeros
escritos de Luis Goytisolo es &laqno;Diario de un gentleman», recogido
más tarde en Investigaciones y conjeturas de Claudio Mendoza.
Y también hay que citar Diario de un hombre humillado de Félix
de Azúa, que con Historia de un idiota contada por él mismo,
dos novelas de los años 80, conforman un sarcástico díptico
sobre la Barcelona de la época y algunos de sus exóticos pobladores:
Gimferrer, Barral, Ferrer Lerín, el propio Azúa...
Y, asimismo, en este repaso, mencionar los voluminosos Diarios
de Andy Warhol, diarios dictados, a menudo de una banalidad que no deja
de ser fascinante, al menos para mí. Hace poco Quico Rivas hacía
un, digamos, &laqno;revelado» de Warhol, vía Guy Debord, y
un párrafo de La sociedad del espectáculo: &laqno;El
espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación
social entre personas, mediatizada por imágenes». Y así,
mientras que Débord es el lúcido y muy crítico profeta
y analista de la sociedad del espectáculo, Warhol intuye y asume
la importancia del factor fama y se convierte en el gran manipulador. Teoría
y práctica, estaría tentado de decir, de un lado teoría
revolucionaria, y del otro, reciclaje cínico.
DOS DIARIOS IMPOSIBLES O AL MENOS INÉDITOS
También me gustaría mencionar dos diarios inéditos,
tal vez definitiva y frustrantemente inéditos, en Anagrama y en cualquier
otra editorial.