Entre estos superfans estaba en primer lugar Gabriel Ferrater, de quien
se decía que había aprendido polaco sólo para traducir
su novela Pornografía, título dulcificado en España,
donde apareció como La seducción. Otro era Sergio Pitol,
asimismo traductor suyo, de la novela Trasatlántico y de los
cuentos de Bakakai. También Joaquín Jordá, que
había ido a Saint Paul de Vence, en 1968, para negociar con Witold
y Rita Gombrowicz los derechos cinematográficos de la novela Cosmos,
que no llegó a rodarse por falta de financiación. Y otro era
yo mismo, lector ferviente y regocijadísimo, pero que como editor
llegué tarde al festín Gombrowicz (como es lógico,
no me estaban esperando), pero, gracias a los monumentales Cahiers de
l'Herne, en el volumen dedicado al autor encontré materiales
para dos estupendos Cuadernos Anagrama, publicados en 1971, así
como más adelante recuperé Trasatlántico y también
Testamento, sus entrevistas por escrito, al modo de Nabokov, con
Dominique de Roux.
También fantaseé con la posibilidad de publicar sus diarios,
que sólo se podían leer en polaco, excepto el Journal Paris-Berlin,
publicado por su fiel editor francés Maurice Nadeau. En una carta
muy reciente me recordaba Sergio Pitol que nuestra primera conversación
seria sobre proyectos editoriales fue en relación con una posible
publicación de dichos diarios. Pero al final, cuando tuvo lugar una
subasta editorial a este fin, se impuso la mucho más potente Alianza.
Y me resigné a ir leyendo los volúmenes en castellano a medida
que iban apareciendo; una vez olvidado el síndrome de apropiación
indebida por parte de Alianza, los disfruté enormemente.
JOSEP PLA Y JOSEP MARIA DE SAGARRA: DOS CLÁSICOS CATALANES
DEL SIGLO XX
Empecé a leer en catalán ya talludito, casi veinte años,
con Vida d'en Manolo contada per ell mateix de Josep Pla, un libro
extraordinario sobre el escultor Manolo Hugué, todo un personaje,
empezando por sus años de bohemia en París con Picasso, bohemia
menesterosa, y a quien yo había llegado a conocer personalmente en
los últimos años de su vida, en Caldes de Montbui. Un recuerdo
infantil: aparecía Manolo en las reuniones y la gente no paraba de
reír, un conversador genial. A partir de ahí empecé
a leer, en aquellas ediciones de Editorial Selecta, la serie de sus Homenots,
a modo de microbiografías o perfiles que dan una información
cruzada y suculenta sobre la vida catalana de su tiempo, un mosaico de amenidad
inigualable. En uno de sus Homenots, el dedicado a Salvador Espriu,
escribió Pla: &laqno;Sobre todo, Espriu es un fanático, un
llaminer de la xafarderia (un goloso del chisme). Por eso es precisamente
tan buen escritor: porque el chisme es la sal de la vida y de la literatura
en todas partes -porque la cultura no es más que chisme». Luego
seguí con el Quadern gris, que no se publicó hasta
1966, pero que fue iniciado a los 21 años y escrito en 1918 y 1919,
aunque luego fuera reescrito de cara a dicha publicación. Decía
Rafael Conte, comentando la edición en castellano de Dietario
(I): El cuaderno gris / Notas dispersas, que &laqno;Pla contamina sin
remedio a todo aquel que se le acerca». A mí, que tan lejos
estaba y estoy de sus posturas políticas, desde luego me ocurrió.
Otra experiencia lectora gozosa y reiterada han sido las Memorias
de Josep Maria de Sagarra, así como sus crónicas recogidas
en L'aperitiu. Para mí, las de Pla y Sagarra son las dos prosas
más ricas y jugosas de la literatura catalana, ambos a la caza del
adjetivo insustituible, ambos con una mirada certerísima cuya relectura
siempre deleita y no cansa jamás. Dos gallos de semejante calibre
mal podían convivir en el pequeño corral catalán, por
lo que, tras un incidente en la revista Destino, Sagarra dejó
de colaborar y Pla se hizo amo y señor de la misma, con el permiso,
concedido de antemano, de Josep Vergés.

Ángels Viladomiu.
Tattoed garment (detalle) |
Quizá sea éste el momento de aclarar el título de
la ponencia:
Vicios nocturnos: la lectura de Diarios
. En efecto,
y siguiendo con las confesiones, mi literatura más utilizada antes
de dormir es la memorialística y en especial sus relecturas. Después
de las contaminaciones profesionales de todo el día, de las lecturas
urgentes y variopintas, es un tipo de libros en los que el lector-editor
se puede liberar de la atención a la trama novelística o de
la tensión intelectual al hilo del ensayo teórico. Por el
contrario, las memorias, las biografías, las correspondencias y quizá
más aún los diarios se pueden transitar de forma más
relajada. Los diarios son un invento perfecto como libros de cabecera; se
puede entrar por cualquier sitio, en especial si se han leído (si
leer diarios es un vicio, releerlos es engolfarse en el vicio). Si el estilo,
la música, te gusta, uno se duerme plácidamente arrullado.
DOS DIARISTAS ESPAÑOLES EN ACTIVO: GARCÍA MARTÍN
Y TRAPIELLO
Los diarios de García Martín son quizá mis preferidos
en este campeonato de dietarios al que aludía Conte, donde figuran
combatientes de tanto fuste como Sánchez Ostiz, Andrés Trapiello,
Martínez Sarrión, Valentí Puig, José Carlos
Llop y muchos más.
Confieso mi adicción nocturna a los diarios de García Martín,
a quien no tengo el gusto de conocer: los tengo todos, con la colaboración
de los libreros de la Central, excelentes sabuesos, ya que conseguirlos
es una empresa no siempre fácil (a este respecto despotrica a menudo
de sus editores, y no sin motivo, el autor).
Y los he releído todos. Aprecio, claro está, los sonados
solos telefónicos de los divos de dichos diarios, como Trapiello,
Prada o Bonilla, con las transcripciones de su charla tel quel: se
abren dos puntos y la víctima empieza a confesarse &laqno;en privado».
¿Traiciona García Martín la privacidad de sus amigos?
O acaso, a estas alturas del partido, ¿preparan ellos su mejor soliloquio,
proponen una performance que obliga al autor a sacarlos en sus diarios?
Quién sabe, da igual. Pero consigue interesarme en personajes desconocidos
para mí, como el poeta Víctor Botas, que ya casi es como de
mi familia, o los asistentes a las tertulias literarias que ostensiblemente
preside García Martín. En sus visibles maldades y alfilerazos
saboreo en especial la destreza de la esgrima, mientras que la sangre, aunque
sea real, me resulta ajena. Excepto en un par de casos, alevosos, respecto
a autores de Anagrama y buenos amigos; pero nadie es perfecto, como le recordaron
a Jack Lemon. Los diarios se convierten en un catálogo de las obsesiones
y coqueterías de García Martín y una panorámica
sobre cierta vida literaria hispana no siempre gloriosa.