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Letra Internacional 79 Letra Internacional

Vicios nocturnos: la lectura de diarios

por Jorge Herralde
Letra Internacional nº 79

Número de páginas: 5
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Hablar sobre diarios me ha invitado a una vertiente confesional y anecdótica, a un vagabundeo por mis recuerdos como lector y merodeador de diarios. Citaré en primer lugar mis encuentros con los diarios de cuatro grandes escritores, Kafka, Gide, Pavese y Gombrowicz. En todos los casos tuve la sensación especial de un voyeurismo tan fanático como bien remunerado.
 
KAFKA, GIDE, PAVESE, GOMBROWICZ: CUATRO DIARIOS FUNDAMENTALES
El descubrimiento de Kafka significó para mí, como para tanta gente, una sacudida tremenda.
Empecé a agenciarme traducciones latinoamericanas, muchas de ellas de Losada, y Kafka fue durante un tiempo una pasión monográfica, un autor encolado en la cabecera.

Ángels Viladomiu.
Tattoed garment (detalle)
Recuerdo en especial una muy subrayada Carta al padre, La metamorfosis, El proceso, y algunos cuentos angustiosamente deslumbrantes, &laqno;En la colonia penitenciaria», &laqno;Un artista del hambre», &laqno;Un artista del trapecio», &laqno;Josefina la cantora o el pueblo de los ratones». Textos que pueden ser leídos también en clave cómica, con una suerte de fúnebre hilaridad, pero el jovencito lector que yo era, aún no lo sabía.
Y, naturalmente, cuando encontré la edición de Losada de sus Diarios, la compré de inmediato y me la llevé al campamento de Castillejos, donde iniciaría las milicias universitarias. Me abstendré de hacer un chiste fácil sobre el entorno kafkiano. Y aunque, con toda seguridad, se me escaparon muchísimas cosas, tenía la sensación de que el autor me estaba hablando a mí, de que algo importante estaba pasando en mi vida.
Algún día los voy a releer, no sé cuándo, de momento me he quedado en la frase famosa que cita Vila-Matas en Hijos sin hijos: &laqno;Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, fui a nadar».
Uno de los diarios en que me zambullí con mayor placer fueron los de Gide, en la edición de la Pléiade. Gide es un autor que ha envejecido mal y ahora se lee poco incluso en Francia; sirva como dato que una valiosa y monumental biografía que le dedicó Alan Sheridan en 1998, y que se ha comparado con la que Painter le dedicó a Proust, sigue inédita en francés. En España se leyó, creo, muy poco, sus obras estaban traducidas en América Latina y no eran de fácil acceso, pero tampoco imposible, gracias a algunos audaces importadores y a las reboticas de ciertas librerías, como Áncora y Delfín en Barcelona.
En cualquier caso, yo tuve una etapa de cierto fervor gideano, descubrí al Gide de Los sótanos del Vaticano con la apología inquietante del acto gratuito, el crimen sin motivos de Lafcadio, un joven como paleodadaísta o prepunk, el Gide de El inmoralista, Corydon, La semilla no muere o Los alimentos terrenales con su, dijéramos, eslogan &laqno;¡Familias, os odio!» tan vigorizante -esos textos que reivindicaban el goce sensual y una sexualidad sin cortapisas- y Los monederos falsos, considerada no sólo su novela mayor sino una novela mayor, en cuyas acro-bacias estructurales no acabé de entrar. Pero sí lo hice en sus Diarios.
Como es bien sabido, hay una larga estirpe francesa de diarios kilométricos, monumentales: los hermanos Goncourt, Amiel, Jules Renard, Charles Du Bos, Julien Green, Roger Martin du Gard, Paul Leautaud (como curiosidad, este último lo escribió desde el 3 de noviembre de 1883 hasta el 22 de febrero de 1956, cinco días antes de su muerte, unos 72 años de constancia diarística). Recientemente se ha publicado un diario, póstumo por voluntad expresa del autor, de Paul Morand, tan popular en la época de entreguerras, que con tanta aisance se desplazaba por el mundo, con el título de Journal inutile, que no ha resultado tan inútil. Para consternación de sus admiradores más civilizados, este diario subraya los peores rasgos del autor, con el antisemitismo por delante. Otra de las especialidades francesas es la del diario en periódicos: así, el famoso Bloc-notes de François Mauriac, o ahora el Journal en public de Maurice Nadeau, en La Quinzaine Littéraire.
Volviendo a los diarios de Gide, suponen, entre otros viajes, políticos, religiosos, familiares, una inmersión en la vida literaria de la sociedad literaria por excelencia, la parisina, guiados por un protagonista tan protagonista, tan connaiseur de todos los centros neurálgicos y de todos los recodos como André Gide. Por cierto, que el ensayista mexicano Christopher Domínguez Michel, en un reciente ensayo sobre Gide, nos recuerda que éste, cuando funda la Nouvelle Revue FranÇaise con Schulemberger y un neófito editor y bon vivant llamado Gaston Gallimard, en su diario apenas le presta atención, como si fuera una revista más. Como es sabido, la NRF(hasta la Segunda Guerra Mundial) y la Bibliothèque de la Pléiade han sido las bazas fundamentales de Gallimard para imponerse en el panorama literario del siglo XX. Es decir, el diario de Gide cumple con una de las funciones de todo diario: ser un delator.

Ángels Viladomiu.
Tattoed garment (detalle)
Otros diarios que me impresionaron mucho fueron los de Pavese, El oficio de vivir, que publicó la editorial argentina Siglo XX. En los años 60 se leyeron bastante en nuestro país, al menos entre los letraheridos, varios escritores italianos como Elio Vittorini, Guido Piovene, Vasco Pratolini, Cesare Pavese, casi siempre en traducciones latinoamericanas, por razones de censura política, o en otros casos, como el de Alberto Moravia, por presunta ofensa a un pudor muy recatado. A mí el Pavese narrador no me entusiasmó excesivamente, aunque lo leí con afán, me parecía sutil, sí, pero algo frío. En cambio, sí me entusiasmaron sus atormentados diarios, corroídos por sus difíciles relaciones amorosas, que acababan con las últimas anotaciones antes del suicidio: &laqno;Todo esto me da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más». Unas palabras que entraban a formar parte, con su torturada elegancia, del arsenal de las fantasías típicas y tópicas (y por fortuna ocasionales) del joven desconcertado.
Ya editor, quise rendir homenaje a Pavese en la colección Textos y contraté Il mestiere di vivere, cuya edición catalana, aunque no estaba previsto exactamente así, fue la primera de Anagrama, en abril de 1969, que tuve físicamente en mis supongo que temblorosas manos.
Otro de los grandes, Gombrowicz. En Barcelona, en los años 60, había, localizados, unos cuantos fans de Gombrowicz, nunca muy numerosos pese a que había ganado el prestigioso Premio Formentor y se hablaba de él como firme candidato al Nobel. Gombrowicz ha sido siempre, y no sólo en español, un escritor escandalosamente minoritario, un escritor para escritores, lo que me resulta incomprensible: con pocos libros se puede reír uno tanto como con Ferdydurke.
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