Hay, en fin, otro sentido de la sentencia de Anaximandro que desde un
punto de vista carente de romántica nostalgia por los griegos sino
consciente del sentido redentor del cristianismo, recordamos aquí
contra cualquier mentalidad que ensalza el dolor y contra la actitud trágica
(resentida) que se extiende en la cultura de hoy, desilusionada por el fracaso
de las revoluciones. La pena que se cumple, según el orden del tiempo,
dejando el lugar en el mundo a otros que vendrán después de
nosotros, es cuanto se nos pide para expiar nuestras (eventuales) culpas.
Cualquier otra exaltación del dolor y santificación del sufrimiento
es sólo pretensión, con frecuencia explícitamente autoritaria,
de invocar un fundamento que, en su absolutismo, no puede hacer sino perpetuar
(como ascesis, como castigo, como búsqueda deuna presunta autenticidad)
la violencia de la que el dolor es manifestación, efecto y causa.