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Letra Internacional 79 Letra Internacional

Metafísicas del dolor

por Gianni Vattimo
Letra Internacional nº 79

Número de páginas: 3
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LA LECCIÓN DE HEIDEGGER


Natalia Granada / Serie Vigila II / 2002
Lo que «falla» en la metafísica, desde la perspectiva heideggeriana, es la idea de que en el fondo de las cosas hay un orden estable, una estructura eterna necesaria y por ende racional, que a nosotros nos compete conocer y aceptar como norma (pero ya esto apenas se sostiene: si es algo necesariamente dado, ¿para qué una norma? Esto también se ha denominado, inadecuada-mente, la «ley de Hume»: no se puede obtener una norma de un hecho, sencillamente carece de sentido). Para el Heidegger de El Ser y el Tiempo (1927), pensar el ser verdadero de esta forma «objetiva» implica: a) que la historicidad de la existencia humana no «es»; b) que ser auténticamente debería significar salir de esta historicidad: conformarse a un orden racional necesario; c) y, por tanto, tender a proyectar una sociedad racional que prescinda de los asuntos individuales: la sociedad que Adorno luego llamó de la «organización total», y que Chaplin representó en Tiempos modernos. Son los tiempos del existencialismo y de la vanguardia de principios del siglo XX que también inspiran a Heidegger y que, en él más que en otros pensadores, legitiman la polémica contra la metafísica. La historicidad, la concepción de la existencia humana como algo abierto, su irreductibilidad a la estructura eterna de un ser verdadero por inmutable, todo ello significa mortalidad. En resumen: una apreciación no metafísica del dolor exigiría una apreciación no metafísica de la muerte. Es lo que Heidegger intenta llevar a cabo cuando, en su obra de 1927, sitúa en el centro de su doctrina la idea del «ser-para-la-muerte» y la anticipación decidida de la propia muerte como clave para la autenticidad de la existencia. Pues el mundo se da como mundo sólo a la mirada que el propio hombre es, a su «proyecto arrojado» (una conquista ya del kantismo), y como este proyecto es finito, como nace y muere, habrá que pensar que el ser no es una estructura eterna dada de una vez para siempre, puesta ante (objectum) la mente, que mediante la ascesis se vuelve capaz de verla, sino que es precisamente suceso, acaecimiento, historicidad.
Desde una óptica así, el dolor y la muerte -podemos razonablemente tomar los dos términos casi como sinónimos: se sufre siempre de y por la mortalidad; también el mal físico es señal, consecuencia, síntoma de mortalidad- son a la vez insuperables e irredimibles. No se explican y no se justifican, porque no dan acceso a ninguna verdad más verdadera; son, más bien, lo que libera de la esclavitud y del resentimiento frente a cualquier verdad más verdadera (la ley del ser, un dios creador y juez, el destino perverso...). Podemos incluso pensar en la respuesta de Jesús a propósito del ciego de nacimiento: no es culpa suya ni de sus padres, sino sólo algo «que ha querido ser así...», y debemos entenderla en el sentido de que es una casualidad total. Para el dolor no hay ninguna razón, ni existe por una precisa y misteriosa voluntad divina.
MÁS ALLÁ DE LA METAFÍSICA DEL DOLOR

Así se sientan las bases para una concepción y un tratamiento del dolor que en un doble sentido no son metafísicos. Por un lado, el dolor no tiene ninguna dignidad, no merece ningún respeto en cuanto tal, es sólo algo que sucede, y en cuanto es siempre además un suceder que no deseamos (a diferencia del suceder que esperamos y deseamos, el placer, el logro, etcétera), es puro accidente, en el más amplio sentido del término, es el evento schlechthin, puro y simple. (Sartre ha escrito hermosas páginas sobre la muerte entendida como suceder sin sentido, con la idea, probablemente infundada, de que criticaba a Heidegger.) La historia existe y se desarrolla mientras no se haya producido la muerte y, por tanto, mientras se consigue limitar la fuerza del dolor.

Natalia Granada / Serie Vigila II / 2002
Frente al dolor no podemos hacer nada razonable aparte de tratar de eliminarlo. Por otro lado quedan, en sentido contrario, todas nuestras ideas tradicionales acerca del dolor, empezando por aquella que lo liga a la amistad. El único dolor digno de respeto es el dolor del otro, lo mismo que la muerte del otro. Aquí reside, probablemente, la verdad del dicho popular sobre el dolor y los amigos, pero también la verdad del antiguo páthei mathós. En el dolor, en la muerte y en el temor que nos inspiran reconocemos nuestra finitud; no la reconocemos, en cambio, ante un ser trascendente, en el fondo arrogante y violento, que se nos planta delante como un muro de misterios, se nos impone como una potencia que debemos aceptar (para muchos, la realidad sigue siendo aquello «contra lo que se choca»), sin pretender entenderla. Cuando lo cierto es que la finitud significa estar con los otros, significa el descubrimiento de la alteridad, de la cual no podemos prescindir.
Así, aunque no resulte tan explícito en el texto, la decisión anticipadora de la muerte que abre a la existencia auténtica según el Heidegger de El Ser y el Tiempo no es sino la aceptación de la propia historicidad radical: procedemos de seres mortales y dejaremos nuestro lugar a otros seres mortales; con ellos tenemos una responsabilidad y un compromiso de respuesta; debemos responder a los mensajes y a los valores dejados por quienes nos precedieron o por quienes están con nosotros en el mundo, y tenemos que responder a los que vendrán después de nosotros. Las sugerentes, y también muy crípticas, páginas de otro libro de Heidegger, Sendas perdidas (1950), dedicadas a la «sentencia de Anaximandro» -según la cual las cosas deben cumplir penitencia por la injusticia de estar en el ser antes que otras dejando su lugar conforme al orden del tiempo-, se deben leer quizá precisamente en este sentido, aunque dándonos cierto margen para la interpretación, tanto de Anaximandro como de Heidegger. El ser no es más que ese sucederse y cumplir penitencia. (¿Demasiado poco?
Pero, por evocar a Galileo, ¿sería acaso mejor y más respetuoso pensar los cuerpos celestes como inmóviles piedras privadas de vida y muerte, sustraídas al devenir, que como lugares análogos a nuestra Tierra, donde se nace y se muere y, por eso mismo, se ES?).
También es verdad, pues, que en el dolor se reconoce al amigo, que el dolor nos «perfecciona», que se aprende sufriendo, y que quien sufre o ha sufrido merece respeto, además y sobre todo por eso. La lucha contra el dolor o, lo que es lo mismo, la búsqueda de la felicidad tiene un solo límite, el de la solidaridad con los demás, la aceptación de la propia finitud que manda no ceder a la hybris, a la arrogancia de quien se erige a sí mismo en absoluto, exponiéndose así a todas las implicaciones violentas de la metafísica, incluidos el resentimiento por no ser inmortal y la especial intensidad con que cualquier dolor a la postre lo afecta porque sin remedio se le antoja como algo misteriosamente querido contra él por una potencia oculta y malvada.
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