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Letra Internacional 79 Letra Internacional

Metafísicas del dolor

por Gianni Vattimo
Letra Internacional nº 79

Número de páginas: 3
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Natalia Granada / Serie Vigila II / 2002
¿Será verdad que sólo en el dolor, o casi sólo en él, se reconoce a los amigos? Se trata, en cualquier caso, de una opinión extendida, de una expresión proverbial, de algo propio de la sabiduría popular. Resume bien toda una serie de ideas «metafísicas» sobre el dolor, que precisamente por ser metafísicas, en el sentido no sólo descriptivo sino también (des)valorizador que Heidegger ha dado al término, merecen ser reconsideradas y, quizá, distorsionadas, verwunden, como la propia metafísica. Bien pensado, se podría decir incluso que el dolor es la esencia misma de la metafísica, que no hay otra metafísica que la del dolor.
¿APRENDER SUFRIENDO?

En muchos sentidos. ¿Por qué los verdaderos amigos se conocen en el dolor? Obviamente, la verdad de esta tesis sólo puede residir en la presunción de que vivimos en un mundo donde las apariencias y la realidad son diferentes, y donde el dolor es lo que nos permite pasar «de aquí a allí», según la expresión platónica. La tradición prefiere el término ascesis al de dolor, pero la sustancia, a mi entender, no varía. La ascesis, sobre todo en el sentido que la palabra adquirió con el cristianismo, es el sufrimiento ocasionado por la renuncia y que se debe soportar para alcanzar la virtud; con lo cual el significado de ejercicio casi deportivo que le atribuían los antiguos se tiñe de una connotación moral más intensa y, si se vincula con el sacrificio de Cristo, también de expiación y redención.

Natalia Granada / Serie Vigila II / 2002
Sea como fuere, también en el discurso más trivial de la conversación cotidiana, quien ha «sufrido mucho» parece merecer un respeto mucho mayor que quien ha gozado mucho. El lema de la sabiduría trágica clásica, páthei mathós -aprende sufriendo-, revela que toda esta valoración positiva del dolor no es sólo un asunto cristiano.
Tanto es así que, por mucho que uno se rebele contra la beatería metafísica que aquel aserto sin duda comporta, parece difícil librarse de ella del todo. Ocurre precisamente, en términos de Heidegger, como en el caso de la metafísica: no se puede prescindir de ella como de un traje viejo o como de un error que por fin reconocemos y aclaramos, pues es la condición de partida de cada uno de nuestros actos de pensamiento y determina la estructura misma del lenguaje con cuyo uso pretendemos liberarnos de ella. La dialéctica hegeliana, para la cual la experiencia siempre es «negativa», ya que nos obliga a la confrontación con lo que no es como quisiéramos o como nos gustaría que fuese, es el último punto de llegada, quizá, de la metafísica occidental del dolor. Una metafísica que en Hegel se revela en su esencia de rescate consolador, de suprema afirmación del carácter positivo de la «realidad» incluso si la percibimos de otra manera. El hecho de que suframos no es indicio de que haya algo «fallido» en el ser, sino tan sólo de que nos equivocamos en su apreciación. Se podría objetar que el mismo hecho de que nos equivoquemos al considerar el sufrimiento como algo fallido es precisamente la señal de que en el ser hay en todo caso un error: el que nos hayamos equivocado. Pero siempre acabaremos encontrándonos con la doctrina del pecado original, y por tanto, una vez más con la idea de una culpa que podemos y debemos corregir para volver a instaurarnos en la verdad del ser.
UNA MENTALIDAD DEL DOLOR QUE HA INFLUIDO EN LA MEDICINA

¿Abstracciones que apasionan única-mente a filósofos y a teólogos? No necesariamente. Son abstracciones que influyen y condicionan muchos de los aspectos prácticos, incluidos los médicos, de tratamiento del dolor, tanto en las relaciones individuales como en las instituciones. Quien haya pasado por una intervención quirúrgica, pongamos por caso hace unos treinta años, sabe lo reacias que eran las monjas enfermeras a darle, en la primera noche tras la intervención, una sola gota de analgésico. Su prudencia seguramente estaría dictada por los entonces más limitados conocimientos de la terapia del dolor, pero esos límites se han superado con suma lentitud justo a causa de esa mentalidad que reverencia el dolor y de la que participaban también las conciencias más laicas. Aún hoy, en ámbitos terapéuticos distintos al estrictamente físico, nos seguimos encontrando con la misma actitud. Si se ha inventado una terapia farmacológica contra la depresión y otras sintomatologías psíquicas y psicosomáticas, ¿qué necesidad hay de seguir con las terapias psicoanalíticas? La tesis de los partidarios del psicoanálisis, aunque encubierta, sigue estando condicionada por un prejuicio metafísico-ascético: sólo el doloroso (y largo y caro) proceso que se desarrolla en la relación con el psicoanalista libera realmente, llega a las causas profundas, promete una «curación» más estable. Aplicado a la curación de las toxicomanías, que por otra parte se suelen confiar a sanadores de orientación religiosa, esta actitud genera nuevas dependencias psicológicas que no hacen más que reemplazar la antigua dependencia de la droga (nunca como en este caso ha sido tan cierta la identificación de la religión con el opio).
Todo lo anterior, y mucho más que resulta difícil exponer en el espacio de un breve escrito, sale a colación cuando se trata de filosofar sobre el dolor. Ahora bien: si establecemos, o por lo menos admitimos como hipótesis, que hay un modo metafísico de entender el dolor del que estamos profundamente imbuidos, tanto en nuestra mentalidad individual como en las instituciones y en los hábitos sociales, ¿qué puede significar liberarnos de él por medio de esa distorsión (Verwindung) que, por lo que hemos aprendido de Heidegger (aunque tal vez también de Nietzsche y de Schopenhauer), es nuestra única esperanza de llevar a cabo nuestra rebelión?
Número de páginas: 3
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