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Letra Internacional 85 Letra Internacional

¿Y si la parte esencial de la Biblia fuera mentira?

por Víctor Claudín
Letra Internacional nº 85, invierno 2004

Número de páginas: 4
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La cegadora ignorancia nos confunde. ¡Oh, miserables mortales, abrid los ojos!
L EONARDO D A V INCI
Años atrás, todo lo que tenía que ver con la Iglesia católica y romana estaba envuelto por un halo de beatitud, de ñoñería, todo se presentaba bonito, bello, agradable, siguiendo rigurosa y dogmáticamente lo que las lecturas bíblicas oficiales enseñaban, buscando dar la imagen que convenía al mensaje pacato y beatón que se quería trasmitir porque era el que acompañaba al poder establecido. Detrás estaban toda una ideología, unas normas de comportamiento, una visión del mundo, una definición del papel de la mujer en la sociedad, unos planes educativos, etcétera, que no merecen ser recordados aquí.
Desde hace un tiempo eso ha cambiado radicalmente, aunque haya quien se empecine en mantener ese estilo y ese espíritu. Y es que ha pasado de ser España un país católico por decreto tiránico a un país oficialmente no confesional en el que la religión dictada por Roma ha ido perdiendo fieles de una manera notable (sobre lo que existen abundantes estadísticas, tanto de pérdida de fe como de ausencia a los locales de culto). De hecho, en este tiempo reciente de gobierno socialista parece abrirse una brecha entre Iglesia y Estado que confiemos sea definitiva, para situar a cada uno donde le corresponde, sin la Iglesia siempre metida y beneficiada en y por las cuestiones temporales.
Situando lo anterior como música de fondo, nos vamos a referir a un espectáculo editorial contemporáneo que tiene que ver, de manera influyente o no, con el ámbito citado de la religión católica. Y del que no se cuenta, de momento, con una explicación clara.
Ha sido a partir del exitoso bestseller de Dam Brown, El Código Da Vinci , como se ha desatado toda una erupción volcánica de libros derivados del anterior o fabricados directamente a partir de ciertas investigaciones sobre las mentiras y las sombras de la Biblia, de los documentos programáticos de la cristiandad y de los comportamientos de la Iglesia a lo largo de su historia, en ocasiones incluso criminales. Pero hay previamente un libro fundamental para el cuestionamiento serio de las que se han tomado durante siglos como verdades eternas de la Iglesia, como las palabras dictadas por Dios en la Biblia (y por tanto incuestionables): se trata del ensayo histórico El enigma sagrado , escrito por los estudiosos
M. Baigent, R. Leigh y H. Lincoln, y publicado en Londres en 1982, y que es citado por Dam Brown. Su lectura, que puede hasta poner los pelos de punta, revela que la verdad ha estado reprimida de continuo por la Inquisición secular. ¿Qué verdad o qué verdades, documentadas y establecidas con sólidos argumentos? En cualquier caso, los autores no se habían propuesto lo que consiguen: desafiar algunos de los principios más básicos del cristianismo. Puede que desafíos ya públicos con anterioridad, pero minoritarios, que entonces adquieren una difusión masiva.


La tesis central del libro citado es que el cristianismo, en su origen, se parte en dos corrientes en razón a sendas maneras de ser entendido: la divulgación del mensaje o la defensa de la estirpe. Este segundo camino viene dado por el matrimonio que parece haber existido entre Jesús y María Magdalena, y los hijos que del matrimonio habían nacido y con los que María Magdalena llega a la costa francesa tras la desaparición de Jesús. La herejía que mantuvo viva esta versión de la vida de Jesús fue combatida sin tregua, brotando y rebrotando de continuo, apareciendo en lugares donde la Inquisición y el poder establecido no pudieron desarraigarla, y conservada en cuentos populares, en el arte y la literatura de Europa.
Ya Robert Graves, en su novela Rey Jesús , de 1946, sugiere que el linaje y matrimonio de Jesús estuvieron ocultos a todos, no conociéndolos más que un grupo selecto de dirigentes realistas. La mujer embarazada del ungido Hijo de David fue la portadora de la esperanza del pueblo de Israel, la portadora de la Sangraal, de la progenie regia. Pero hay muchos otros datos que se insinúan o se proclaman o se añaden o se confirman o se revelan o se vulgarizan, como el papel del emperador Constantino, quien durante toda su vida fue sumo sacerdote del culto pagano al Sol, pero que al ir a morir se convirtió al cristianismo porque para él lo más importante no era la piedad sino la unidad y la convivencia, y tenía el reto de dejar fortalecido y unido el
Imperio romano. Eligió el cristianismo porque era la religión que estaba en expansión, y creó una religión híbrida adaptando símbolos paganos al ritual católico. Nada en el cristianismo es original.
Constantino convocó en el 325 el Concilio de Nicea. Allí se decidió, entre otras cosas, la fecha de la Pascua, y las reglas que definirían en adelante la autoridad de los obispos. Y, sobre todo, se votó que Jesús era un dios y no un profeta mortal, resultado conseguido merced a una diferencia muy ajustada. Es decir, que a partir de ese instante es cuando Jesús se convierte en Dios.
Además de que un año después Constantino también sancionara la confiscación y destrucción de todas las obras que desafiaran las enseñanzas ortodoxas que convenían a su particular combate político. En el año 331 encargó y financió nuevas copias de la Biblia, siendo así que los custodios de la ortodoxia revisaron, modificaron y rescribieron el material como les parecía conveniente de acuerdo con sus intereses.
De ahí que de las cinco mil versiones manuscritas del Nuevo Testamento que se conservan, ninguna es anterior al siglo IV . Para la elaboración del Nuevo Testamento se tuvieron en cuenta más de 80 evangelios, pero sólo unos pocos acabaron incluyéndose, omitiéndose aquellos en los que se hablara de los rasgos «humanos» de Cristo. Siempre sirviendo a los intereses que mandaban en ese tiempo en el Imperio. Como siempre ha sucedido también después.
Por tanto, se confirma (se confirmó, aunque se quiera seguir sin saber) que la Biblia es un producto del hombre, no de Dios, una obra de esencia política, organizada para dejar constancia histórica de una visión de aquellos tiempos tumultuosos y del mensaje que se consideraba apropiado. Y ha evolucionado a partir de innumerables traducciones, adiciones y revisiones. La historia nunca ha contado con una versión definitiva, continuamente se ha rehecho al capricho de los gobernantes.
¿Por qué de repente los libros dedicados a este asunto inundan anaqueles, escaparates y mesas de novedades de librerías y grandes superficies? ¿Qué pasa? Ciertamente la novela histórica, así como los libros propiamente históricos, llevan varios años convertidos en los más consumidos, y puede que una explicación sea la de que esto sólo forma parte de la historia, del más crucial de los capítulos que han afectado al curso posterior de todos los acontecimientos que en este mundo se han vivido. Por tanto, es razonable pensar que se trata de una mera extensión del interés por «lo histórico». Pero conocer el poder de la Iglesia de Roma, su tremenda influencia social y política en nuestra sociedad, su enorme capacidad para manejar todas las áreas de la vida, tanto privada como colectiva, no nos permite ser ingenuos. Tiene necesariamente que haber algo más. ¿O no? También es preciso tener en cuenta el enorme número de sectas, subsectas, religiones, asociaciones clandestinas, clubes secretos, «obras» diversas, múltiples congregaciones, órdenes variopintas... algunas pocas incluso con mucho poder o gran influencia en el poder. Y no sólo me refiero al Opus Dei, cuyo líder ya convirtieron en santo y cuya cualificada militancia tanta influencia ejerce sobre nuestro país.
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