Calasso insiste en la importancia y la capacidad de la «forma», de dar forma a una pluralidad de libros como si fueran capítulos de un último libro. Y, con un cuidado «apasionado y obsesivo», de la presentación del libro, y también de cómo el libro puede ser vendido al mayor número de lectores. Arte, pues, y difusión del arte: rechazo de la ensimismada torre de marfil. Y Calasso imagina el arte de la edición como una forma de bricolage : un único texto formado no sólo por todos los libros publicados, sino también por sus elementos constitutivos: las ilustraciones, contraportadas y solapas, la publicidad, los libros impresos y vendidos, las diversas formas en que un mismo texto se ha presentado. Y decide que la edición es un género literario híbrido y relacionado con otros medios. Pero fundamentalmente es el mismo viejo juego de Aldo Manuzio, el encuentro con un manuscrito inesperado, elusivo y genial. Y acaba dirigiéndose a aquellos que intentan la aventura editorial en tiempos difíciles con esta frase: «Los tiempos siempre han sido difíciles». O dicho de otra manera: nadie nos obliga a ser editores, pero hay que intentar estar a la altura del reto.
Escribía Verdú en El estilo del mundo que estamos en la era del capitalismo de ficción, en el tiempo del «post», un extrasístole sin trascendencia para formar un espíritu del tiempo, con la cultura como parque temático. Nada que ver con el espíritu «anti», francotirador, de los años 60. ¿Es posible luchar contra el post? A su vez, José Antonio Marina, en su luminosa exposición de esta mañana, mencionaba dos conceptos clave: el monopolio compartido y el negocio posmoderno , una pinza peligrosísima.
Termino recordando que, pese a todo, aparecen nuevas editoriales y nuevas librerías, retadoramente culturales. Muñoz Molina evocaba hace poco a Claudio Magris quien, de forma ejemplar, ponía «el centro de gravedad en la responsabilidad personal y en el trabajo bien hecho. Hay una moral que es la moral del trabajo, y creo que hay que empezar por ahí. Que cada uno haga su trabajo lo mejor que pueda».
Esos nuevos editores y libreros, ¿son fuegos fatuos?, ¿signos de un mundo nuevo que, como decía Jean Daniel, no ha empezado todavía?, ¿señales de humo, pues, que nos alertan? En todo caso, se postulan como voluntariosos profesionales de la cultura, a quienes horroriza, como a mí mismo, sumarse al coro pusilánime de la cultura de la queja.