Respecto a las listas de libros más vendidos, a diferencia de épocas anteriores, la presencia de los best-sellers puros y duros es cada vez mayor. Por poner también un ejemplo de un suplemento reciente, ocho de las diez novelas más vendidas pertenecían al género del best-seller y la novela histórica. Las excepciones eran Saramago y la novela Mentira (Edhasa, 2004) de Enrique de Hériz, ganadora del Premi dels Llibreters y que éstos promocionan cada año con un éxito tan infalible como los responsables del premio Planeta.
En el caso de suplementos vinculados a grupos editoriales, parece de imposible solución una estricta neutralidad, no es concebible tanta virtud. De hecho, ningún editor se la exige, sólo se lamentan derrapajes demasiado vistosos.
Otra paradoja: aquellos periodistas culturales que se sienten fascinados por los best-sellers , las megafusiones y otros alardes de la cultura del espectáculo, y parecen vocacionalmente más inclinados hacia la sección de economía que a la de cultura.
Y una última paradoja: a menudo quienes más amargamente se quejan del mercado son escritores bendecidos por la crítica y con muchísimos lectores.
Un panorama cultural con dos posibles ejes de profundas consecuencias como son la degradación de la enseñanza y el embrutecimiento televisivo, y ya en el ámbito estrictamente de la lectura con dos síntomas alarmantes, los cuellos de botella en las librerías y en los suplementos literarios, a causa de la sobreproducción, que deja escasamente protegidos a cierto tipo de libros que precisan un tiempo y espacio más holgados para que pueda despegar el boca-oreja. Se ha repetido hasta la saciedad que, en los momentos actuales, Kafka, Proust o Joyce no encontrarían editor. Yo pienso que sí, como lo han encontrado Sebald o Coetzee, aunque me temo que el encuentro con los lectores sería aún más lento, y ya es decir, de lo que resultó en su tiempo.
En nuestro país, después de ocho años de gobierno de Aznar, se ha conjurado el peligro de la supresión del precio fijo del libro, que se intentó liquidar durante el primer gobierno del PP. Entonces todo el sector -editores, autores, libreros, distribuidores- se amotinó y tuvieron que plegar velas.
Desde luego, el precio fijo no es en sí mismo ninguna panacea, pero sirve al menos como un pequeño dique contra la banalización. Su desaparición, tal como se ha comprobado en otros países, sería un acelerador peligrosísimo.
Los primeros síntomas del nuevo Gobierno son esperanzadores. Así, su discurso de investidura, Zapatero lo cerró afirmando: «Mi Gobierno va a hacer de nuestra cultura la gran embajadora en el mundo». Los nombramientos de responsables culturales en televisión como Javier Rioyo (otros han sido más discutibles y discutidos), los propósitos respecto al IVA de los libros o la financiación del cine español, aunque problemáticos o actualmente inviables, reflejan un talante (por utilizar la famosa palabra) bien distinto.
Ha desaparecido la anterior aversión aznarista por el modelo francés, por la «excepción cultural», que, con los desajustes y errores propios de cualquier sistema en marcha, ha dado en el país vecino un balance bien positivo. Octavi Martí, en un artículo en El País , respondía al típico reproche de los liberales clásicos de propiciar así una cultura de paniaguados: «No les falta razón, pero el mercado como único criterio genera algo muy parecido, sólo que en vez de privilegiar a un botarate minoritario, privilegia a un botarate de masas». Margen de esperanza, pues, para el actual Gobierno, confianza en el aprendizaje, apoyo crítico y desde luego vigilancia activa.
P REDICCIONES Y ANTÍDOTOS . D EBORD Y C ALASSO
Después de esta minuciosa descripción de las reacciones más inmediatas, quisiera recurrir a dos autores, Guy Debord y Roberto Calasso, para ejemplificar las causas de la degradación actual, en un caso, y posibles antídotos en el otro.
El líder situacionista Debord y el gran editor Calasso, poco sospechoso de izquierdismo, son una improbable pareja de hecho (el hecho, únicamente, de estar yuxtapuestos en este texto).
En los años 60 aparecieron dos proféticos textos situacionistas: La sociedad del espectáculo, de Guy Debord, y Sobre la miseria en el medio estudiantil . Años más tarde, en 1988, Debord remató la faena con Consideraciones sobre la sociedad del espectáculo, una edición que viene precedida por la siguiente cita del famosísimo tratado chino El arte de la guerra , de Sun Tzu: «Por muy críticas que sean la situación y las circunstancias en que os encontréis, no desesperéis. En las ocasiones en las que cabe temer de todo, es preciso no temer nada; cuando se está rodeado de todos los peligros, no hay que dejarse intimidar por ninguno, cuando se está sin ningún recurso, hay que contar con todos los recursos; cuando se ha sido sorprendido, hay que sorprender al enemigo».
Escribe Debord: «En 1967 demostré en un libro, La sociedad del espectáculo , lo que el espectáculo moderno era ya esencialmente: el dominio autocrático de la economía mercantil que había alcanzado un estatus de soberanía irresponsable y el conjunto de las nuevas técnicas de gobierno que acompañan este dominio» (cursivas mías). «La vacua discusión sobre el espectáculo, es decir, sobre lo que hacen los propietarios del mundo, la organiza, pues, el espectáculo mismo : se insiste en los grandiosos medios del espectáculo, a fin de no decir nada de su grandioso uso. A menudo se prefiere hablar, más que de espectáculo, de "medios de comunicación"». (Una especie de servicio público de imparcial profesionalidad, o sea una falacia, ya que transmite órdenes.)
Y observa agudamente, ya entonces, un fenómeno que está adquiriendo cada vez mayor esplendor: «La posesión de un "estatus mediático" ha adquirido una importancia infinitamentes mayor que aquello que uno haya sido capaz de hacer realmente». Y también: «Aquello de lo que el espectáculo puede dejar de hablar durante tres días es como si no existiera. El espectáculo habla entonces de otra cosa, que, a partir de ahí, en resumidas cuentas, existe. Como se ve, las consecuencias prácticas son inmensas».
Y hay que recordar, ante el uso banalizado a troche y moche de la expresión «sociedad del espectáculo», la definición de Debord: «El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas, mediada por imágenes» ( La sociedad del espectáculo ).
Quiero terminar rememorando a un gran editor que, en esos tiempos tempestuosos, guía su empresa con gran acierto y rigor: Roberto Calasso, al frente de Adelphi. Calasso titula una conferencia itinerante (que dio aquí mismo en Santander, en un curso sobre la edición que yo organicé, y al menos también en Moscú, aderezada allí con un muy pertinente color local) con un rótulo anómalo y desafiante: La edición como género literario . Empieza así: «Quería hablaros de una cosa que generalmente se da como sobreentendida, pero que luego resulta en absoluto obvia: el arte de publicar libros». El mensaje es claro: la edición como arte. Se interroga sobre lo que es ser una gran editorial y se remonta al fundacional Aldo Manuzio, en el Renacimiento italiano, el primero que concibió su obra como «forma», como si sus libros formaran una cadena y al final conformaran un único libro.
Luego, Calasso salta del Renacimiento italiano hasta principios del siglo XX , para poner otro ejemplo muy similar: el de Kurt Wolff, el descubridor simultáneo de Kafka, Martin Walser y Georg Trakl, entre otros.