El ¿diseño? de la proyección de la cultura española hacia el exterior ha estado presidido por el imperio de dos conceptos -tan sonoros como vacíos - caros a un sector político deseoso de cambiar su fachada sin alterar su conducta: lo «bonito y lo moderno». La consecuencia más onerosa: la vacuidad. Y sobre la vacuidad no puede construirse el diálogo, sino la distancia. La ejecutoria: la exposición como oferta mercantil, la imposición unilateral del objeto cultural, la sustitución del diálogo por el monólogo, el abandono de la cultura viva por el envaramiento cultural del púlpito. El resultado: el rechazo y abandono del diálogo cultural y de la cooperación con otras culturas en las zonas de proyección activa de la política exterior.
En este esquema sencillo, el mundo -culturalmente hablando- queda dividido, con ciertos matices, en tres grandes bloques. La gran mayoría de mundo conocido se interpreta como una zona objeto de una relación mercantil futura y de apertura de un área de ¿influencia? inmediata o mediata. Este universo es pasivo y no es posible tomar nada porque carece de lo «bonito y moderno». En segundo lugar están los vecinos e iguales, a los que debe recordárseles periódicamente el carácter multicentenario de nuestra cultura pero con los que se continúa una política cultural basada en el monólogo y el silencio. Finalmente el «gran objetivo», centro de la política exterior al que hay que gustar, convencer y seguir. Y del que emana lo nuevo y lo moderno. Objeto de un sometimiento complaciente a la espera de que su confianza permita una acción reveladora definitiva. Para ello es necesario demostrar que somos dinámicos, fuertes y, sobre todo, creyentes en la acción reguladora del mercado. Si es necesario, debemos llegar a sentenciar que «la excepción cultural es el refugio de los derrotados». Frente a ellos estamos dispuestos a escuchar una voz llena de sonoridades enriquecedoras y seguridades, en un mundo caótico y desordenado.
En la ejecución de sus «propuestas culturales», la derecha suele llevar mucha prisa, a pesar de que la prisa está contraindicada en la acción cultural. ¿Por qué? ¿No es acaso la prisa otra de las formas del miedo? ¿El mismo miedo que se experimenta ante la caída de las acciones en la Bolsa? ¿No es, tal vez, la expresión de una profunda desconfianza hacia los actores culturales, a los que desea no ver demasiado tiempo en la escena?
Baudillard escribe en El crimen perfecto : «También el artista está siempre cerca del crimen perfecto, que es no decir nada. Pero se aparta de él, y su obra es la huella de esta imperfección criminal». Probablemente esa «imperfección criminal» sea la culpable del pavor que en los últimos tiempos ha dominado la voluntad de los administradores de los presupuestos destinados a la acción cultural. En definitiva, la derecha siempre está más tranquila -económica, ideológica y políticamente-cuando levanta mausoleos para los artistas.
El cine y la televisión: Avanzar después del receso
El recientemente desaparecido productor francés, Daniel Toscan du Plantier, refiriéndose a la polémica sobre la excepción cultural, proponía hablar de «la emoción cultural».
Pienso en una reciente película española: Te doy mis ojos ¿Puede ser considerada como una mercancía y, en tanto tal, intercambiable por otra mercancía con un nivel similar de manufacturación? ¿Es esa manufacturación la que determina esencialmente su carácter? ¿Quien podría recoger, elaborar y plantear esa específica emoción cultural que expresa Te doy mis ojos, aparte de una joven directora española? Digámoslo de una manera más directa: no es el mercado el que nos permite acceder a la emoción de Te doy mis ojos .
Los alertas detractores de la excepción cultural dirán que tratándose de una buena película sobrevivirá y logrará recibir la bendición del mercado. Porque lo que es bueno para el mercado, es bueno para el individuo. Hay en este argumento la convicción de que el destino manifiesto del artista le llevará a conseguir el reconocimiento del mercado. Y que sólo el mercado es capaz de reconocer ese destino manifiesto. Seguramente podremos recibir, gozar y disfrutar otras emociones culturales que lleguen desde otros horizontes, latitudes, regiones y culturas. Y eso es parte esencial del diálogo con la alteridad.
La protección de la cultura pasa por el respeto de todas las culturas. Y por el derecho y la necesidad de interactuar. No se trata de cerrar las pantallas a la emoción cultural sino garantizar que se mantengan abiertas. Porque si una parte central de una política cultural es el estímulo a la actividad creadora, seguramente el otro gran pilar es facilitar el acceso a la diversidad cultural y creativa.
Producción cultural y diálogo intercultural. Defender el derecho de cuarenta millones de habitantes a experimentar y gozar la emoción cultural que le proponen sus cineastas que ejercen el derecho a la expresión y a la creación y, también, lo que proponen distantes y desconocidos creadores en el otro extremo de la tierra.
Unas películas que multiplican por diez y cien el presupuesto de otras. Películas que disponen de un mercado cautivo de trescientos millones de personas y que salen a navegar en las aguas del mercado con la seguridad de un acorazado escoltado por decenas de navíos, seguramente se encontrarán en las mejores condiciones para controlar rutas marinas, grandes caladeros, resistir tormentas y conquistar nuevos puertos. En su camino se cruzarán con pequeñas y bellas embarcaciones de frágil construcción habituadas a navegar y ser admiradas por pequeños núcleos de observadores en pequeñas bahías protegidas.
Los acorazados, aunque no proporcionen ni el goce, ni la emoción, ni la sorpresa, ni la diversidad de sentimientos que podrían brindarnos esas delicadas y extrañas embarcaciones, llegarán a todos los puertos y serán observados, a veces con admiración, otras por rutina y finalmente por el infinito aburrimiento de los habitantes que desean que alguna vez una nave distinta, bella y estimulante los visite. Pero la fragilidad ha escondido a las naves distintas, de momento, en las bahías protegidas.
El presupuesto nos puede explicar la dimensión y el grosor de la coraza del gran navío. O lo que es lo mismo, puede explicar la arrolladora presencia del cine de las multinacionales norteamericanas en todas las salas. Pero el presupuesto no debe servir para explicar otras cuestiones. El cine no puede reducirse a la búsqueda de la homologación de grandes presupuestos. No se puede avanzar exponiendo como un estandarte y un reclamo el inalcanzable presupuesto de una película norteamericana. No es razonable establecer comparaciones con los reducidos presupuestos de una película nacional. Aunque las comparaciones encubran la secreta esperanza de arañar unos cuantos millones de euros más para las ayudas a la cinematografía nacional.
El presupuesto varias veces multimillonario como argumento termina siendo una propaganda encubierta del acorazado. Jonathan Rosenbaum, crítico de cine de The New York Times , señala en su libro de muy significativo título: Cómo Hollywood y los medios conspiran para limitar las películas que podemos ver , que los rankings de taquilla han sido incorporados a los programas y los magazines especializados como propaganda -apenas encubierta - de las producciones de las multinacionales del cine.
Los millones invertidos en el acorazado, como los millones recogidos en taquilla, son parte de la estrategia publicitaria que debe ser pública para estimular el consumo.