La idea de cultura, que se acuñó hacia finales del siglo XVIII con el objeto de establecer una zona para la producción humana diferenciada de los hechos de la naturaleza -y facilitar, también, la ardorosa voluntad taxonómica del conocimiento-, ha derivado, a lo largo de poco más de dos siglos, en un concepto central en nuestras sociedades del siglo XXI .
Asistimos a un progresivo -y enérgico - proceso de revisión del rol de la cultura en el escenario mundial. En1989, agotada la idea de que los modelos puramente económicos eran suficientes para explicar y sobre todo abordar los procesos de desarrollo, el PNUD concibió la noción de «desarrollo humano» que incluye, aunque vagamente, junto a la educación y la creatividad la idea de la cultura. Con este giro la cultura dejaba de ser pensada -si es que realmente era pensada- como colofón y comienza a percibirse como la carnadura del individuo. Se abandona la idea de una meta distante para constituirse en el camino. Casi diez años después, la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo en su informe Nuestra diversidad creativa definió el desarrollo como un proceso, no como un objetivo. Los conceptos de desarrollo y cultura se perciben ahora como procesos -en tanto serie de fases sucesivas y transcurso de tiempo, como podemos encontrar en la definición del término-. Sucesión y tiempo -movimiento - son dos elementos centrales en la comprensión de la cultura que es importante retener.
También el tiempo trascurre en los escenarios en los que se desarrollan las acciones culturales. Y los trasforma. ¿Trasforma igualmente las políticas culturales de los gobiernos y las instituciones?
En los años 70 y durante la década de los 80, las crisis continuadas de las políticas desarrollistas agudizaron las desigualdades económicas y sociales en América Latina. Como consecuencia de los efectos de esas crisis comenzó a replantearse la cuestión indígena. Hacia finales de los años 80 y en la década de los 90, con la extendida reconquista de los derechos democráticos, países como Brasil, Bolivia, Colombia, Ecuador, Nicaragua, Perú o Venezuela modifican sus constituciones nacionales reconociendo, y recogiendo en sucesivas enmiendas o reescritura de sus textos, los derechos postergados de las poblaciones indígenas.
Entre algunas de las múltiples consecuencias inmediatas, Martín Hopenhayn propone, en su informe sobre Educación y cultura en Iberoamérica , la necesidad de «pasar de la educación como medio de homogenización cultural a la educación como espacio de afirmación multicultural y de socialización de la diferencia». Un importante giro para la comprensión social y cultural del subcontinente.
Mientras tanto España, sobre todo en los últimos diez años, asiste a ciertas e importantes transformaciones sociales y culturales operadas a partir de la creciente inmigración, con un alto componente latinoamericano.
En este punto cabe preguntarnos: ¿En qué consiste una política cultural? ¿Debe concebirse la cooperación cultural como una parte de esa política cultural? En el actual escenario ¿es posible tener una política cultural sin plantearse la relación y el dialogo con otras culturas? La primera cuestión, en la acción cultural, ¿es reconocer la alteridad? Y si así se la concibe, ¿es suficiente con el reconocimiento, o es imperativo interactuar con la alteridad?
Ha sido habitual que, en la formulación de políticas, la cultura -considerada como colofón-, careciera de verdaderos proyectos. Sobre todo de diseños que recogieran el pasado y proyectaran el futuro. La acción cultural suele estar presidida por la inmediatez y el brillo de lo fugaz. Y es habitual que en la ejecución de esas acciones impere la improvisación -en lo que la expresión tiene de torpeza burocrática y no en lo que puede encerrar de creativa -. Sobre todo, que obedezca a la arbitrariedad del «gusto» oficial. También nos hemos acostumbrado a que -siguiendo el pensamiento de Jean Monet ¡en sentido inverso a su significado!- siempre se empiece por la cultura cuando suena la hora de los habituales recortes presupuestarios.
Sin embargo, es fácil constatar que el tiempo de la cultura es más dilatado que el tiempo de la economía. Veámoslo de esta manera: la cultura es producto de décadas y, en su caso, de siglos de sucesivas transformaciones. La economía, sujeta a transacciones, a contratos, acuerdos, negocios, compra y venta, cesiones o traspasos, suele -y probablemente debe- cerrarse en periodos relativamente cortos. La economía, podríamos arriesgar, tiene en frente al tiempo. La cultura lo lleva a su lado. Por eso no puede concebirse la cultura como el parquet de una Bolsa en el que suben y bajan las cotizaciones. Ni debe seleccionarse a sus gestores entre un grupo de ejecutivos educados en la agresividad del broker -práctica habitual de la derecha, tanto si se trata de una empresa de gas propano como de un proyecto cultural-.
En el campo de la cultura, más que en otras esferas de la gestión política, es necesario plantearse una política de estado tácita o explícita -en Europa, la referencia es el caso de Francia-.
Al menos acordar un gran cuerpo central de conceptos y de ideas, porque en cultura se trabaja en una onda larga. En ondas cortas el resultado real es la ausencia de políticas culturales. Es como escribir en la arena de una playa entre el flujo y reflujo de las mareas.
En la última década hemos asistido a la supresión del Ministerio de Cultura, cuya realidad física, es cierto, no garantiza la existencia de una política cultural, y, entre otras muchas cosas, a la práctica liquidación de la cooperación cultural. También es cierto que todo esto puede ser prueba de la más estricta coherencia: ¿para qué y cómo cooperar si no tengo y no deseo formular un proyecto cultural que mire al futuro? Dicho esto debe insistirse nuevamente en que la política cultural no debe confundirse con una ¿comprometida? política de obras públicas. Ni con una agresiva política de propaganda. Dos tipos de acciones que la derecha suele confundir con políticas culturales
En el campo de la cultura, la derecha entiende que la mejor manera de hacer una política es no tener ninguna. Dicho de otra manera: lo bueno de no tener política es que siempre terminas haciendo tu política, sin tener ningún compromiso programático. Ni rendir cuentas a activos y organizados sectores sociales.
Confundir lo cualitativo con lo cuantitativo en cultura es habitual en la concepción mercantil. Confundir el brillo y la notoriedad en las acciones culturales con la permanencia y la continuidad es confundir, como se ha hecho, la propaganda -en el más estricto sentido ministerial- con la política cultural. Y todos sabemos que la confusión nunca es inocente: siempre es una actitud interesada.
En el exterior España ha proyectado, en los últimos años, una visión de la cultura que se confunde conceptualmente con la moda -aunque la moda sea parte de la cultura, uno de «los ciclos cortos de la cultura» como señala Stavenhagen-. Lo equivocado, más estrictamente, lo limitado de esa concepción mercantilista y efímera -en el más amplio sentido del término- de la cultura, es identificar y reducir toda la cultura a sólo uno de sus múltiples componentes. El resultado: el distanciamiento. Desde luego no el distanciamiento brechtiano que juega con la distancia como espacio para la reflexión, sino la distancia emocional, afectiva y cognitiva que establece barreras en el diálogo intercultural y lo convierte en discurso.