He sido siempre incrédulo ante las teorías de la conspiración. Me han gustado los best-sellers de espías y las películas de acción en las que un grupo de ancianos caballeros, muy ricos y poderosos, se reúne en una preciosa y envidiable casa de campo y desde allí programa la destrucción del mundo. Claro que casi siempre hay un mayordomo o guardaespaldas que les sale rana y va con el cuento a una de las innumerables agencias que tienen los norteamericanos, a partir de lo cual se monta el argumento central del bodrio. Añadiéndole, claro, persecuciones en los más raros vehículos, peleas multitudinarias, balaceras y algún buen efecto especial. Pues yo me divierto.
Quizá es lo que me ha vacunado contra las conspiraciones. Aunque debo confesar que estoy empezando a sospechar que, haberlas, «haylas». Me estoy refiriendo a ese sorprendente y coincidente, ahí está el mal olor, ataque que están recibiendo las instituciones culturales públicas de Europa. Da igual su tamaño, antigüedad o importancia, no se libra ninguna. Toda una campaña para demostrar que les sobra el segundo apellido, públicas, pues en él tienen origen todos esos males que, sin embargo, han venido capeando más bien que mal. Parecía que los grandes museos se librarían del ataque, pero la estrategia de los conspiradores no se para en barras y a por ellos van con descaradas sutilezas, campañas de prensa y aprietos económicos.
Es cierto que la crisis fomenta y da alas a estas opiniones. Las administraciones públicas no deben entretener los fondos que deben sostener el bienestar en lujos y añejos prestigios. Dejen eso, si lo estiman conveniente, en manos de la iniciativa privada. Es el momento propicio para imitar el sistema americano en el que los museos, buques insignia de las instituciones culturales, son privados, aunque no se vean privados del todo de la ayuda oficial. Sus propietarios son, generalmente, grupos de ciudadanos, los amigos, que se unen para que en su ciudad no falte un museo de acuerdo con su prestigio, fundaciones u otros. Lo que se dice ciudadanos conscientes, preocupados por el bien común. Hombre, a cambio tienen alguna ventajilla. Desde luego prestigio y fama, disfrute privilegiado y descuentos fiscales. En la vieja Europa los museos son, en la mayoría de los casos, propiedad del Estado, la región o la ciudad, aunque todos admiten donaciones o mecenazgos.
Este globo sonda que últimamente ha surcado los aires europeos, tiene detrás una realidad complicada y difícil. Lo curioso es que el tema ha saltado a la vez en varios periódicos de diferentes tendencias y distintos países. Claro que esto puede ser absolutamente normal, pues los periódicos se copian las noticias unos a otros sin el menor pudor, pero si lo juntamos con otros pequeños síntomas que van surgiendo, no deja de ser inquietante. Así suelen empezar muchos programas privatizadores. Primero, se magnifican los problemas que a nadie le preocupaban; luego, se estudia la posibilidad «técnica» y se explica que la solución no es dolorosa; van haciéndose suaves aproximaciones, un retoque por aquí y un recorte por allá, una dura campaña sobre la pérdida de prestigio que la situación está consiguiendo, lo que la mayoría de las veces es verdad, pero de cuyas causas ya nadie habla; se pone rápidamente el consabido ejemplo de lo bien que funciona una empresa, que suele ser «El Corte Inglés», y todos convencidos: la modernidad ha vencido.
No se ha hablado, todavía, de la propiedad de los museos tradicionales, se habla solamente de su administración, mantenimiento y explotación. Los conspiradores no son tontos y saben que edificios y colecciones ya tienen propietarios y no tienen precio. Sería imposible que el Estado se deshiciera de esos bienes, la mayoría de las leyes lo hacen impensable. ¿Imposible e impensable? Bueno, lo mismo se decía de los sistemas de comunicación o de la energía y ahí están, libres, vivitos y coleando en la mayoría de los países, con tímidas y provisionales excepciones. En España tenemos un ejemplo de cesión de los museos sin que la propiedad de los edificios y de su contenido haya sido un obstáculo. La Administración central transfirió a las comunidades autónomas los llamados museos provinciales y en tiempos de bonanza algunas pedían más cesiones. Es cómodo, los grandes problemas de infraestructura corren a cuenta del ministerio, la vida diaria, de la comunidad. Surgieron y surgen abundantes problemas, pero no ha sido más dramático que muchas otras transferencias. Lo peor ha sido que los museos languidecen dado el escaso interés que sienten por ellos los que se han desprendido de su carga y los que se han hecho cargo de ella. La mayor parte siguen apolillándose, con esas extrañas colecciones que nadie sabe por qué ni cuándo recalaron en ese museo y que no responden a la idolatrada «identidad» de la nación, nacionalidad o región que los cuida y administra. Por supuesto que hay excepciones, pero todas ellas originadas por el celo profesional de unos, demasiado pocos, técnicos apasionados por investigar, conservar y exhibir los bienes que les han encomendado y que, ya en el colmo de vocación mal pagada y poco estimada, intentan que el museo, por pequeño, solitario y extraño que sea, haga de foco cultural si no de la comunidad entera, que sería exagerar, sí de la ciudad en la que se ubica.
La pregunta es la misma que se hace en todas las especulaciones y en todos los crímenes que se precien: ¿quién se beneficia? Y, la verdad, no se ve claro dónde está la ventaja, ni para quién. Que los impuestos tengan un destino fijo, bien porque así se señala en la oportuna ley, bien porque se libera de ellos al que hace determinadas donaciones o inversiones, beneficia a los más ricos, al menos, vistas las cosas desde la óptica impertinente de los profanos en la materia. Si pueden elegir la aplicación, buscarán hacerlo en lo que más les favorezca: infraestructuras por las que transportar sus productos, energía que abarate costes, etc., y esto, según afirman los llamados liberales, es muy bueno, pues el interés de todos hace que las cosas funcionen, ¿no? Siempre que quede alguien que se ocupe de los problemas para los que nadie se apunta: educar, sanar y dar de comer a los que no tienen medios, cuidar del medio ambiente, en fin, todo eso que ya sabemos desde hace siglos y que debemos mantener al margen para que así puedan ejercer la caridad voluntariamente los que estén, y en la medida en que estén, dispuestos a ello.
¿Creemos que alguien destinará sus impuestos a los museos? En Estados Unidos lo hacen muchos y han conseguido tener unos museos hermosos, de gran proyección y muy envidiados. Igual es que allí importa el buen nombre y por ese camino se busca el renombre. O será que conviene sentir la conciencia tranquila porque, de todas formas, impuestos hay que pagarlos, y un museo puede esconder y tapar mucha porquería.