El encuentro pudo producirse en torno al 1 de noviembre o, más probablemente, alrededor del día 20, los dos momentos en los que Franco está en Ávila. Cauto como siempre, se había retirado de la primera línea de combate en los inicios de la ofensiva sobre Madrid, dejando el mando operativo en manos del general Mola, que estableció su cuartel general en la capital abulense, donde acudió el Generalísimo en esas dos ocasiones. Kazantzakis admiraba a Franco, al menos en ese momento, pero, como Unamuno, no era fascista ni bolchevique; pertenecía a la élite de la intelectualidad europea que buscaba un camino intermedio de libertad que la restauración del orden por parte los militares podría hacer posible.
Volvió a Grecia con la guerra española en la retina, consiguió una colaboración diaria en
Kathimeriní por 3.000 dracmas mensuales, siguió con su libro y terminó su casa de Egina. A pesar de los augurios de Georgios Vlajos, director del periódico, sus amigos de siempre no le cogieron antipatía; al contrario, recurrieron a él cuando lo necesitaron. Es el caso del pintor Timoteo Pérez Rubio y de su mujer, Rosa Chacel, a los que había conocido durante su estancia en la España republicana y culta de 1932, con Juan Ramón Jiménez, Lorca y Alberti, entre otros muchos. En el otoño de 1938, Kazantzakis acogió a Rosa Chacel y a su hijo, refugiados fuera de España mientras su marido, uno de los principales dirigentes culturales del bando republicano, salvaba el patrimonio artístico español. No era, por tanto, un franquista, sino uno de los muchos intelectuales que a finales de los años 30 se debatían entre las ideologías y trataban de encontrar un lugar para la razón y la libertad creativa. «Conocí a su Eleni» escribe la escritora española en sus memorias, «pasé unos días con ellos en Egina, en su casa, tan al borde del agua que las velas al pasar tapaban la ventana».
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Carlos García Santa Cecilia es periodista y escritor. Comisario de la exposición Corresponsales en la Guerra de España (1936-1939)