«En este momento crítico que está atravesando España, yo sé que debería estar junto a los soldados. Son ellos los que nos salvarán, los que impondrán el orden. Los otros nos han traído la anarquía y la barbarie. Franco y Mola son prudentes y tienen rectitud moral. Quieren el bien del país, son sencillos y equilibrados. Saben lo que significa la disciplina, y saben imponerla. No haga caso, no me he vuelto de derechas, no traicioné la libertad. Pero, por ahora, es absolutamente necesario imponer el orden. Después me levantaré y empezaré a luchar de nuevo por la libertad, absolutamente solo. No soy ni fascista, ni bolchevique. Estoy solo».
Han transcurrido nueve días desde el incidente del Paraninfo y Unamuno explica claramente su posición política ante su interlocutor griego, con nombres, juicios y un último llamamiento a la libertad y a un equilibrio que ya no será posible. Hay que hacer notar que esta entrevista se publicó en
Kathimeriní el 19 de diciembre de 1936 y Unamuno no muere hasta el día 31, lo que desmiente las opiniones que señalan que fue «reconstruida» tras el fallecimiento del pensador vasco. Si alguna conclusión general cabe extraer de estas crónicas es la absoluta honestidad del trabajo de Kazantzakis. El análisis de la situación, por lo demás, es compartido por ambos, como podemos comprobar cuando, a su regreso a Egina y citando a Unamuno -así lo recoge Eleni-, el griego enumera los problemas acuciantes del mundo: el fin de los mitos, el advenimiento de una nueva Edad Media y la invasión de los bárbaros de uno y otro extremo
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Al día siguiente de la entrevista, el 22 de octubre, se publicó el decreto en el que Franco disponía el cese de Unamuno como rector de la Universidad de Salamanca. Kazantzakis, mientras tanto, ha salido temprano de la ciudad esa misma mañana y se enfrenta por vez primera a la guerra. En una posición cercana a Madrid (probablemente en la zona del Alto del León), un oficial advierte del peligro justo en el momento en el que sobrevuela un obús que cae cerca, levantando una terrible humareda. El corresponsal permanece en pie para ver la explosión; luego cae otro obús, y un tercero. «Queríamos ir a Toledo, pero hay dificultades», escribe desde Segovia por la noche, y añade que todavía no se ha producido el gran acontecimiento: la toma de Madrid.
Después de la fulgurante ofensiva del ejército de África y tras el rodeo para liberar el Alcázar de Toledo -que tan buenos réditos propagandísticos y de liderazgo interno aportaron a Franco-, los sublevados se acercan a su objetivo. El 23 de octubre, los Junker 52 alemanes bombardearon las calles de la capital en el primer ataque intensivo. A los pocos días, los nacionales tomaron Seseña, pero los republicanos contratacaron apoyados por los carros de combate rusos T-26 y reconquistaron la localidad -si bien por poco tiempo-. La guerra de España se internacionaliza, inicia su fase más cruenta y los militares golpistas se quitan de encima a los testigos.
No tenemos noticia de las andanzas de Kazantzakis hasta el 26 de octubre cuando, desde Burgos, da cuenta de que ha recorrido el frente norte en coche durante la última semana. Una semana de guerra en la que ha visto pueblos en ruinas, madres que lloran, mujeres de negro, perros fieles en las puertas con los ojos enrojecidos... Luis Bolín, encargado de la organización de los corresponsales de guerra en la zona nacional, explica que las caravanas de periodistas, «no siempre dóciles y disciplinados», eran a veces muy numerosas y que las encabezaba un oficial de Prensa en el primer coche y las cerraba otro en el último
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TRANSCRIPCIÓN
[Reverso de la foto]
5 de noviembre de1936
La encontré en las trincheras de Getafe, al día siguiente de su conquista por los nacionales, en un abrigo.
La postal que Kazantzakis escribe a Emilios Jurmúsios desde Burgos (elige una vista de la Casa del Cubo en la calle Fernán González) nos amplía la información de la carta a su mujer, ambas fechadas en la capital castellana el día 26. Todavía recorrerá Irún y San Sebastián y tres días después regresará a Salamanca, comenta el enviado especial al jefe de redacción de Kathimeriní. Pero nos ofrece también una información muy valiosa sobre su trabajo. En primer lugar, hace notar que escribe en francés «para que esta tarjeta pueda pasar» y añade que no puede «escribir detalles». El corresponsal está, por tanto, pendiente de la censura, una lucha difícil sobre todo para quien escribe en griego y tiene una sospechosa trayectoria intelectual, como es el caso. Por otro lado, anuncia que envía tres artículos más y que conserva las copias. Estamos a 26 de octubre y ya ha enviado, por tanto, alguna crónica con anterioridad, pero sin embargo no aparece la primera hasta casi un mes más tarde. El diario Kathimeriní, que había anunciado el 2 de octubre la inmediata publicación del trabajo de su reportero desde el escenario de los hechos, se vio obligado a recuperar reportajes del viaje anterior de Kazantzakis a España, en 1932, ante la expectación creada y a medida que el conflicto cobraba interés universal. Mes y medio tuvieron que esperar los lectores la primera crónica, que se publicó el 24 de noviembre, y que comenzaba, además, con una introducción general que resumía buena parte del viaje y que tuvo que ser añadida con posterioridad.
La postal lleva un matasellos de Lisboa del 29 de octubre, apenas tres días después de su redacción en Burgos (y un sello de la República española), pero el camino hasta Atenas por barco, como vimos, era demasiado largo. No había forma de acortarlo, aunque en su gira por el norte llegó hasta Irún. El 27 de octubre, la prensa adicta protesta enérgicamente porque la correspondencia que desde Francia o a través de este país se cursa a personas residentes en la zona controlada por los nacionales es remitida «al territorio ocupado por los rojos». Advierte que éstos pueden leerla y tomar represalias y pone en conocimiento de los residentes en el extranjero que deben usar «el conducto de países que ofrezcan mayores garantías»
[ 11 ] . Cegada la vía postal más rápida, es lógico pensar que hasta las últimas semanas de noviembre, con Kazantzakis ya fuera del país o terminando su periplo, no llegaran las crónicas a su destino, que, sin embargo, y salvo la primera -tal vez enviada por teléfono o telégrafo-, están numeradas y, empezando por el cerco de Madrid, conservan su secuencia cronológica.