Este documento (que, como otros reproducidos en este
Cuaderno, creemos que se publican por primera vez en España) permite reconstruir la peripecia de un viaje «lento y agotador», pues a pesar de las prisas con las que salió de Grecia, una semana después todavía está en Marsella y no llegará a su destino, Lisboa, hasta mediados de mes. Logra embarcar en el último momento -no hay más que un barco al mes de Marsella a Portugal- y reprocha, ya como un auténtico corresponsal, la escasa ayuda prestada por su cuerpo diplomático. El barco hace escala en Palma de Mallorca, donde sitúa una parte de su primera crónica, publicada el 24 de noviembre, que describe la ebullición de los soldados que se preparan para la guerra, la lluvia que cae sobre el pórtico de la catedral y la pareja de adolescentes que se despide. Hay en este pasaje una serie de menciones a Franco y Largo Caballero, al fascismo y al comunismo que desaparecen de la reelaboración posterior que publicará en el volumen
Viajando: España [ 7 ] , por lo que se impone una relectura que nos permita entender el trabajo de Kazantzakis en su verdadera dimensión, esto es, mucho más apegado y dependiente de la actualidad. Todavía no ha llegado a la Península y viaja muy preocupado porque no sabe si logrará entrar en la zona de conflicto ya que «sospechan de todo el mundo».
TRANSCRIPCIÓN
Lisboa, 16 de octubre (1936)
En este momento me voy para España.
Todo el día de ayer tuve que correr mucho, hacer gestiones, deshacer líos. Finalmente conseguí el permiso para entrar en España y para eso me ayudó mucho el secretario del consulado griego de aquí, el sr. Papamijaíl. Es un comerciante, rico, joven, que hace 20 años que está aquí, con mucho poder.
Me voy entonces ahora para Cáceres y de allí a Talavera, siguiendo al ejército que cerca Madrid, donde esperan entrar pronto. Parece que las mayores dificultades están en los medios de transporte y se deben alquilar coches -si hay- para ir de un lugar a otro. Los ferrocarriles funcionan con pocas líneas. Hay también dificultades para conseguir hotel y comida. Pero espero arreglármelas. Quiero ver sólo cómo les envío las crónicas. Parece que eso también es terriblemente difícil, sobre todo en estos días decisivos, en que parece que la propaganda de la izquierda se hace más intensa para que Madrid aguante más. Pero veré y haré lo humanamente posible para comunicarme con ustedes.
El 16 de octubre, después de «correr mucho» y gracias -esta vez sí- a la ayuda del secretario del consulado griego en Lisboa, consigue el salvoconducto y parte para España. Su preocupación, como deja constancia en la segunda parte de la carta a Jurmúsios que comenzó a escribir en el barco y expide en la capital portuguesa, es cómo mandar los despachos. Hay dificultades en los medios de transporte y también para conseguir hotel y comida. «Pero espero arreglármelas».
La primera sensación que percibe al pisar tierra española es de «alegría, regocijo, bullicio festivo, como en una corrida de toros». «El que hoy entra en España», escribe, «se enfrenta a un espectáculo cruel, atractivo e insospechado. Un espectáculo que trataré de ver con ustedes». Logra subirse a un tren -describe el viaje entre soldados en su primera crónica- y el domingo 18 está ya en Cáceres, en el ruedo ibérico. «Ambiente de campo de batalla: ruido, alegría, farolillos, mujeres alegres, cafés abarrotados, tabernas, soldados en compañía de mujeres, silenciosos marroquíes de negras barbas, chilabas, revólveres, cuchillos que van y vienen mudos y se detienen. Charlan y bromean las españolas en los quicios de las puertas...» Pero esta visión de la capital extremeña, que apunta en la hoja suelta desgarrada de un cuaderno que recoge Eleni, es fugaz. Se traslada rápidamente a Salamanca, capital de la España de Franco, donde llega la tarde del 19 de octubre, y se aloja en el Gran Hotel.
TRANSCRIPCIÓN
[Carta de Nikos Kazantzakis]
Le suplico, querido maestro, que me conceda unos instantes. Llegué ayer tarde de Grecia para verle a Vd. Sus admiradores helenos esperan con ansiedad su voz capaz de guiarles en este terrible momento que atraviesan España y la humanidad. Con la esperanza de que tenga a bien señalarme un momento para recibirme, le ruego que acepte, querido maestro, mis saludos más respetuosos:
Dr. N. Kazantzakis
Escritor
Salamanca, 20 de octubre 1936
Gran Hotel
[Tarjeta de visita de Miguel de Unamuno]
Al Sr. Kazantzakis
Puede usted, mi querido señor, venir a verme a la hora que usted quiera. Yo no salgo de mi casa. Creo que lo mejor a las 4 horas de la tarde.
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Su primera misión va a ser entrevistar a Miguel de Unamuno, catedrático de griego y uno de los hombres «más consagrados de la tierra», al que había conocido unos años antes en Madrid, en la tertulia del Ateneo, y del que había traducido poemas. Escribe una nota en francés el mismo día de su llegada pidiéndole que le reciba: «Sus admiradores helenos esperan con ansiedad su voz capaz de guiarles en este terrible momento que atraviesan España y la humanidad». Sólo unos días antes, el 12 de octubre, había tenido lugar el conocido incidente del Paraninfo de la Universidad entre Miguel de Unamuno y un grupo de exaltados comandados por José Millán Astray, del que sin duda Kazantzakis tuvo noticia, aunque no lo menciona en ningún momento. El encuentro entre los dos intelectuales se celebró el día 21 de octubre, probablemente a las cuatro de la tarde, la hora que le sugiere el vasco en la tarjeta de visita en la que le responde
[ 8 ] . El corresponsal señala en su crónica que espera, dando un paseo por el jardín de la iglesia de Santa María de los Caballeros, «el momento de llamar a la puerta del gran anciano de Europa». La tarjeta manuscrita de Unamuno -desconocida hasta ahora en España- contiene una frase reveladora de su estado de ánimo y de su situación: «No salgo de mi casa».
Le recibe en su casa de la calle Bordadores número 4, en pleno centro histórico de la ciudad, y el corresponsal encuentra a un hombre encorvado, envejecido, marchitado. La conversación, muy reproducida para analizar los últimos días del pensador vasco, transcurre por territorios comunes para ambos: el deterioro de la espiritualidad, la ausencia de valores de la sociedad de la época y la angustia del sacerdote de San Manuel Bueno... como ejemplo del hombre que ha dejado de creer pero debe seguir fingiendo ante los demás. No hay grandes diferencias entre lo que leemos en la crónica y lo que luego recogió en el libro, pero es mucho más concreto en la crónica. La música y el desfile militar de la calle interrumpen la charla que transcurre hasta entonces por derroteros filosóficos. Unamuno aguza el oído y exclama: