Claro. Desde luego, desde el punto de vista científico, la idea es una maravilla. Es decir, para los que hemos trabajado toda nuestra vida en química o en física, ver a dónde está aproximándose la biología en este momento, es un motivo de enamoramiento. Yo soy físico, he trabajado en electromagnetismo, pero eso no me impide percibir que, en el campo de la biología, los descubrimientos son espectaculares. Por ejemplo, lo que se está empezando a vislumbrar acerca del funcionamiento del cerebro, del córtex humano, lo que es pura matemática de la sincronización de distintas áreas para los actos cognitivos, es algo tan atractivo que no lo va a frenar nadie, aunque las aplicaciones y las consecuencias de esas aplicaciones resulten ser lo que resulten ser.
Claro, pero el hecho de que sea el interés público o las empresas privadas quienes puedan dirigir las cosas por un camino o por otro....
Vamos a ver: la ciencia está en la realidad de la vida, y los científicos somos personas. Lo que tenemos de bueno es el método de trabajo, el método científico. El cerebro humano es un resultado de la evolución natural, pero es un instrumento que permite cambiar las reglas de la propia evolución natural. Yo creo que eso es milagroso, en el sentido más laico de la palabra, porque supone que, fruto de la evolución de la materia, surge algo que es capaz de reflexionar sobre esa evolución y cambiar, mediante el conocimiento científico, el ritmo de esa evolución; lo podemos cambiar para bien o para mal, independientemente de lo que se entienda por bien o mal, pero, si podemos romper la tierra, romper la atmósfera, también podemos mejorar la tierra y mejorar la atmósfera... El hecho de que, del fruto de la evolución y reflexión surja la capacidad de entendimiento, es una cosa buena y es inevitable. Ahora bien, esa actividad de conocimiento requiere también tener satisfechas necesidades que no son sólo las perentorias, sino también las necesidades sociales.
Y con esto me refiero a los ejemplos sociales, esos malos ejemplos del poder del dinero, en la situación que vivimos. Estos sueldos astronómicos que tiene alguna gente. Pues todo eso lo mimetiza la sociedad, y los científicos también, y a todos nos gusta tener más dinero y nos gusta vivir mejor. La actividad científica, y la remuneración de esa actividad, están vinculadas al Estado o a las empresas. Cuando el Estado y las empresas son conscientes de que están pagando la ciencia, inevitablemente tienen una tendencia a que esa actividad científica vaya enfocada al beneficio económico y al beneficio social y entonces, existe, como te digo, evidentemente un condicionamiento.
Ahora, hay una parte de la actividad científica que también se escapa a esa condición. A mí no me pagan por entender la magnetoencefalografía, por poner un ejemplo; a mí me pagan por dar clase en la Universidad y hacer un artículo de vez en cuando. Pero hacemos muchas otras cosas que no nos pagan. La ciencia tiene una belleza, incluso haciendo la ciencia más aplicada, más al servicio de una empresa o al servicio de un Estado, o al servicio de una institución, y la satisfacción de ese quehacer científico, esa sensación de poder, no te la quita nadie, no te la puede condicionar nadie. Eso es así, yo creo. Lo que no quita para que haya personas que usen la ciencia, o sobre todo la etiqueta de científicos, como una mercancía. En realidad, todos utilizamos la ciencia como mercancía, porque vivimos de ella, pero es una cuestión de posología.
Así las cosas, ¿cómo ves tú el presente de la investigación científica de alto nivel, como la tuya, en España, y qué se supone que hay que esperar para el futuro?
La comunidad científica, como toda la actividad científica, tiene unos métodos, unos baremos, unos índices, que permiten, con todos los márgenes de error que quieras, clasificar y distinguir entre científicos. En Filadelfia existe una institución, el Servicio de Información Científica, que tiene como misión hacer estos índices, recoger las publicaciones y señalar el impacto que tienen en la comunidad. Hay gente que a lo mejor ha publicado pocos artículos pero son importantísimos, y los han citado docenas de miles de personas. Hay quien en su vida ha publicado nada, por tanto no les han podido citar; hay gente que ha publicado mucho, pero lo ha hecho muy mal.
El Centro es capaz de clasificar todo esto y dar una información objetiva, de tal manera que se puede evaluar el nivel tanto de un científico o un equipo, como de un país. Y parece que hay un consenso muy amplio en la comunidad científica de que esos índices son lo mejor que tenemos para saber si un individuo es un científico productivo o no lo es, aunque existan unos márgenes de error. Y en este sentido, España no está mal en el presente, sobre todo si la comparamos con la España que mi generación encontró cuando empezamos. El cambio ha sido brutal y, además, hay que reconocer que hubo un momento de inflexión, que fue un momento también objetivo, muy preciso.
Hay varios esfuerzos a lo largo de la historia, incluso en los últimos tiempos de Franco, pero hay un momento que, yo creo, desde el punto de vista de la influencia de la política en la actividad científica que es cuando está de ministro Javier Solana. En ese momento, se puede decir que es cuando realmente un gobierno español se toma en serio el tema de la investigación y se toman medidas que facilitan el despegue de lo que ya venía, de alguna forma, fraguándose ahí. Y ese momento a mí me recuerda otro momento histórico importantísimo, que fue cuando la Junta para la Ampliación de Estudios estableció su política de inversiones, enviando a los jóvenes científicos a los centros que tenían esa tradición y sabían hacerlo.
Algo parecido fue la Ley de Reforma Universitaria de agosto de 1983. Es verdad que a partir de mediados los años 90, la política de los gobiernos no ha sido ni tan decidida ni tan clara, pero fruto de aquello es que ahora mismo, si tú miras la actividad científica en España es -yo diría- muy decorosa, comparada sobre todo con nuestro pasado, e incluso en algunos campos competitiva con los vecinos europeos. Ahora bien, después de esta etapa que he dicho, de la que ahora se están recogiendo, veinte años después, los frutos, no ha habido más impulso. Después de aquel momento en que estaban Maravall, Solana, Juan Rojo y Alfredo Pérez Rubalcaba, el interés del Gobierno por la actividad científica se difuminó mucho, decreció el entusiasmo.