Vargas Llosa es imprescindible, uno de sus relatos más perdurables de esa colección de cuentos protagonizados por los jóvenes que encontrarían su novela en La ciudad y los perros es el titulado «Hoy es domingo», en el que dos muchachos arriesgan su vida al arrojarse al mar por un reto juvenil y absurdo, pero romántico y emotivo. Los mexicanos José Emilio Pacheco y José Agustín plantean el mismo asunto: la atracción del joven por la vida adulta que desea le llegue con urgencia, el descubrimiento del sexo, del amor -tal vez por este orden- y el desengaño. Las batallas del desierto es una pequeña obra maestra, un relato largo, una novela brevísima, que plantea al mismo tiempo una recreación de la infancia y la intuición de la hipocresía, cuando no de la atroz realidad que rodea a los adultos. Sorprende la escasa difusión de esta obra en España, donde no ha llegado ni a editarse. Lo mismo cabe decir de José Agustín, un maestro de la narración que comandó todo un grupo de novelistas a los que se denominó «la literatura de la onda» en reconocimiento a uno de los cuentos más difundidos del autor, Cuál es la onda, la historia de una pareja que se pasa toda la noche en un hotel sin hacer el amor. Por supuesto, él no estaría de acuerdo con su canonización como jefe estético de un grupo literario, porque rechaza incluso la existencia de ese grupo, pero no cabe duda de que la etiqueta sirve para llamar la atención sobre un grupo de escritores que apenas acababan de abandonar la adolescencia y escribían sobre ella sin recurrir a la solemnidad de estilo que caracterizaba la literatura de la época. Generación «beat», «jipitecas», como quiera que se les llame conformaron una reacción literaria en la década de los 60 y tuvieron que sobreponerse a una fuerte resistencia y el menosprecio de la «inteligencia» cultural mexicana: que escribían sobre «jóvenes, sexo, drogas y rocanrol» fue la crítica más difundida, los atacaban porque entendías que su «onda» era una «plebeyización de la cultura».
¡Y cuándo no ha sido benditamente plebeya! Junto a él hubo otro nombre destacado, el de Gustavo Sainz (Gazapo, 1965). Su escasa difusión puede haberse relacionado con el uso de una lengua oral de difícil traducción, pero puede objetarse que hoy ese inconveniente es mínimo, que el lector está acostumbrado a proezas mayores. Se difunden constantemente colecciones de libros para lectores muy perfilados, hombres de negocios, amas de casa, consumidores de productos de herbolarios, no estaría de más hacer acopio de todas las novelas que desde los tiempos de De perfil tuvieron a los jóvenes por protagonistas, estaban dirigidas a ellos y, en ocasiones, hasta estuvieron escritas por ellos. Ha sido el propio José Agustín quien ha mencionado los nombres de José Revueltas, Salvador Novo, Rosario Castellanos, Elena Poniatowska, Avilés Fabila, Eugenio Chávez, Gerardo de la Torre...
Es evidente que la lectura es tanto más placentera cuanto más activa y que el lector ha dejado de ser un lector pasivo para convertirse en un lector cómplice. La evolución que ha experimentado la fantasía desde principios del siglo XIX hasta nuestro tiempo ha venido marcada por las constantes ingerencias del lector. Al lector que había que contarle todo ha venido a suceder otro al que le gusta adivinar por sí mismo la solución de un misterio. «Todo misterio es superior a su explicación», ha repetido Borges. La literatura fantástica que se escribía antes de que llegara Edgar A. Poe nos disgusta con frecuencia por sus digresiones explicativas. A medida que fue apareciendo el lector cómplice el narrador se fue atreviendo a mayores riesgos, fue callando para que adivinara el lector, fue omitiendo y desordenando para que el lector pusiera cada pieza allí donde faltaba, fue ocultando hasta lo esencial, y sin embargo, el lector estuvo alerta, atento siempre a ocupar cada espacio que el narrador le dejaba. Podemos fijarnos en un cuento que Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo eligieron para formar parte de su Antología de la literatura fantástica de W.W. Jacobs, «La pata de mono». Al narrador le basta con sugerir al lector la realización mágica de tres deseos para que buena parte de lo que sucede ocurra sólo en nuestra imaginación. El fenómeno ocupó enseguida el cuento de misterio o el cuento fantástico en la ficción breve hispanoamericana y, de paso, la peninsular, que bajo la influencia de aquella comenzó hacia los años 60 y 70 a volver a incluir lo extraño, lo fantástico o lo sobrenatural entre sus temas predilectos. La estrategia de sugerir lo misterioso y lo sobrenatural pero evitar su explicación es una de las mejores fórmulas que ha encontrado Hispanoamérica para representarse: compleja, mestiza, barroca, inexplicable.
Buena parte de lo que llamamos realismo mágico es consecuencia de esa magia que se ha instalado como cotidiana en la realidad de todos los días. El misterio de la fantasía se ha ido propagando desde el Río de la Plata por todo el continente. Primero fue el grupo de la revista Sur, en el que Borges, Bioy y Silvina Ocampo obraron como maestros de ceremonias. Los escritos del omnipresente Borges nos dejan algunas rutas de acceso para la iniciación en sus compilaciones de Los seres imaginarios, o en La historia universal de la infamia. Fue, ya lo hemos dicho, un extraordinario agitador de lecturas, instaló la novela policial junto a los clásicos en las estanterías de los salones más prestigiosos y reinsertó la fantasía en la ficción moderna. Bioy y Silvina pueden entenderse como sus dos mejores seguidores. A este matrimonio literario se deben varios méritos. Bioy escribió una obra de ciencia ficción metafísica, La invención de Morel, y fue uno de los pocos creadores que se atrevió con la novela fantástica, el cuento tuvo muchos adeptos, pero la novela fue practicada con escasez y desacierto, no hay narradores que podamos oponer en nuestra lengua a Wells o C. S. Lewis. Bioy tampoco compitió con ellos en la invención de mundos imaginarios, pero permitió que lo fantástico asomase en la realidad vulgar en El sueño de los héroes. Los personajes de Cortázar fueron dignos representantes de esa tradición. Su primer volumen de cuentos, Bestiario y el siguiente, El final del juego, deben ser estimados como dos de los libros más importantes para la iniciación en la lectura, para obligar al lector a participar en la ficción -el relato que abre el segundo es nada menos que Continuidad de los parques» en el que sutilmente el lector es la víctima-.