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Letra Internacional 102 Letra Internacional

El oro de los sueños. La literatura juvenil hispanoamericana

por Arturo García Ramos
Letra Internacional nº 102, Primavera 2009

Número de páginas: 4
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No es un misterio, pero hoy no es frecuente que alguien identifique el libro para el que estas palabras sirven de introducción. José Martí, autor de un libro de poesía para su hijo (Ismaelillo) y de esa revista que primorosamente fue escribiendo él solo y que tituló La Edad de Oro, fue uno de los primeros en darse cuenta de la importancia de reivindicar la literatura de iniciación. ¿Podría servirnos el escritor cubano de excusa para componer una antología de textos orientados a ganar lectores, textos en que los incipientes lectores velaran sus primeras letras?
Imaginemos una historia de la literatura hispanoamericana escrita para iniciar a los jóvenes en la lectura. Comenzar por el modernismo no sería, tal vez, caprichoso. Olvidemos la importancia del movimiento para los historiadores de la literatura y prediquemos la lectura hedonista. Martí concibió con inigualable encanto algunas ficciones escritas con sencillez aparente y dotadas, sin embargo, de una emoción poética insuperable. Escribió, como Darío, cuentos en verso y en prosa y, lo que es más importante, escribió siempre naturalmente, sin impostar un estilo fingido dirigido a caramelizar la sensibilidad de esos implacables «narratarios» que son los niños. Se comprueba leyendo alguno de sus relatos incluidos en la revista que hemos citado, por ejemplo en esa bella versión del rico y el pobre que titula Bebé y Don Pomposo. Por su parte, Darío se apropió de la fantasía más refinada y sugirió siempre el acceso a la fantasía ya viniera de la tradición oriental o de la europea. El caso de la señorita Amelia nos parece hoy una amarga e inquietante versión del Peter Pan de Barry. Pero los dos principales creadores del modernismo no agotaron lasincursiones en la literatura juvenil. Leopoldo Lugones fue inventor de algunos relatos que anticiparon la ciencia ficción. No todos sus cuentos, plagados de complicadas disquisiciones teóricas, son apropiados para iniciar a los lectores noveles, pero sí, creo, la historia tradicional de El escuerzo o el extraño caso del mono Izur.
Menos conocido es Abraham Valdelomar; su conmovedor relato El caballero Carmelo, en el que toda una familia tiene depositada su confianza en un gallo de pelea, gracias al cual espera salir de la pobreza, anticipa la magia narrativa de García Márquez y nos planta cara a cara frente a la realidad inmediata, frente al imperio de las emociones, la bondad, la justicia. El modernismo tiene el prodigioso valor de la multiplicidad, de la ilimitada expansión de la invención poética o narrativa. Si sugiere muchas posibilidades, no deja de interrogarnos acerca de las estrategias que pueden ser útiles en el asalto del lector.
Cualquiera que se plantee aficionar a leer a alguien piensa de inmediato en que el modo de transmitirlo es el puro juego, el placer, la emoción del vértigo que nos proporciona la aventura o la excitación del miedo y de lo sobrenatural. Es más que probable, que quien aún no sea un lector consumado, conserve virgen su capacidad de sorprenderse; aquí hay una grieta en la coraza de los que se niegan a que la lectura forme parte de su alimento cotidiano. Quisiera revisar algunas estrategias y, de paso, sugerir, los títulos que las ensayan.
He aquí la primera: emocionar. Aún está viva la recomendación de Alejo Carpentier al novelista latinoamericano del nuevo milenio para que hiciese uso del melodrama, como por otra parte él había reconocido que hacía  un escritor tan prodigioso como William Faulkner. El gran Agusto Monterrosso compiló una Antología del cuento triste que respondía a la perfección a los deseos del escritor cubano. Si esa antología se hubiese referido a la historia de la literatura latinoamericana no hubiese omitido el relato de Julio Ramón Ribeyro Alienación, o la horripilante historia que Arturo Uslar Pietri nos cuenta en Los herejes. El primero narra el deseo de dos amigos de apenas diecisiete años por integrarse en la sociedad norteamericana, o para ser más exactos, de huir de la pobreza y el atraso que representa para ellos el Perú. Tratan de vestir como norteamericanos, hablar como norteamericanos y, finalmente, de ser norteamericanos cuando viajan como inmigrantes a Estados Unidos. Su final espeluznante es todo un exaltado alegato contra la guerra. El relato del escritor venezolano habla también de la imposibilidad para integrase en una sociedad pero sin salir de la propia nación, la superstición y el tribalismo son aquí las perversas fuerzas del mal que llevan al sacrificio a un niño al que la comunidad considera el culpable de los males que les sacuden. Uslar advirtió los peligros del racismo y elogió el mestizaje como una de las cualidades de Hispanoamérica no sólo en sus cuentos, también en sus ensayos. Conmover mostrándonos la injusticia, la marginación, el mal.
El cuento ha sido tradicionalmente un maravilloso instrumento para hacer sentir, para hacer sentir el bien o lo que creemos que es el bien. Continuador de Martí, el gran César Vallejo escribió algunos relatos que en la antología que imaginamos serían indispensables. Sorprende comprobar que Paco Yunque, una de las obras maestras que ha dado la literatura de iniciación en Hispanoamérica, sea tan poco conocida entre los iniciados. Ese relato sobre el niño que va por primera vez al colegio y que sufre el rechazo y la desigualdad es, tal vez, hoy, imprescindible.
Ernesto Sábato o Vargas Llosa han destacado la importancia de leer ficciones para vivir vicariamente otras vidas; cuando leemos nos identificamos con los protagonistas de esas ficciones hasta el punto de que, temporalmente, somos aquellos seres imaginarios, nos convertimos en héroes o villanos merced a la suspensión temporal de nuestra facultad de diferenciar la realidad y la fantasía. Esa capacidad proviene en buena medida del grado de asimilación que se produce entre el lector y el protagonista. Es un hecho, si se quiere elemental, que los niños quieren leer o imaginar historias protagonizadas por otros niños, y los jóvenes por otros jóvenes, y el varón se identifica con otros de su propio sexo como las mujeres se identifican con otras mujeres. La estrategia de la identificación es tan vieja como la propia literatura, y probablemente perdurará siempre. Una modalidad de notable éxito fue el bildungsroman, novelas que se sitúan en la frontera de la literatura para adultos, aunque aquí preferimos hablar de literatura de iniciación. Si los jóvenes se identifican con los protagonistas de las historias que leen habrá que proponer la lectura de Los cachorros, Las batallas del desierto, De perfil, Con Jimmy en Paracas.
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