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Letra Internacional 102 Letra Internacional

El oro de los sueños. La literatura juvenil hispanoamericana

por Arturo García Ramos
Letra Internacional nº 102, Primavera 2009

Número de páginas: 4
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Qué puede importar más que la creación de una mente imaginativa y creadora, capaz de soñar con las sombras del pasado y de edificar con sólo el pensamiento prefiguraciones de lo que podría ser el futuro, el nuestro y el de los otros. ¿Puede una sociedad vivir sin imaginar? Siempre hemos sabido que la imaginación es un órgano peligroso. Contra la imaginación hay más prejuicios que elogios. El despeñadero de la razón, la enajenación y la culpa del pecado insondable la han cercado durante siglos. Ahora, tal vez, debamos preguntarnos si en el órgano imaginario se esconde lo que pueda haber aún de rebeldía en nosotros, lo poco que guardamos de pura libertad -y qué prejuicios no habrán acompañado también a esta palabra-.
Hago una llamada al rescate de la imaginación antes de que atrofiemos esa glándula gandula de nuestro tiempo. Convoco a los magos de la palabra, narradores y poetas y quisiera ceñirme a la literatura de Hispanoamérica o Latinoamérica, porque a esa orilla creadora debemos el regreso de la imaginación y la reivindicación de la fantasía desde que en los años 60 un incalificable grupo de narradores y poetas se encargó de hechizarnos con los encantos de una escritura en la que se reconocía que la presencia de lo sobrenatural no es menos ordinaria que lo que consideramos cotidiano y doméstico.
Formulemos un reproche a nuestra historia cultural, de la que somos tan responsables como cualquier generación que nos antecedió o que nos sucederá: no hemos cuidado con suficiente esmero nuestra literatura de iniciación. Con mucha razón puede argumentarse que no tenemos un Kipling, un Stevenson o un Verne, pero no es siempre el modelo el mismo y podríamos haber generado fórmulas alternativas y no haberlas descubierto, porque hemos tenido cerrados los ojos para lo que no fuera la literatura adulta o fingidamente adulta. Hemos condenado la imaginación en aras del realismo y hemos rechazado, por banal, la aventura. Vicente Huidobro decía que el cristianismo nos había impuesto una visión patética y triste de la existencia, tal vez nos ha inclinado a observar el puro juego como algo maléfico o repudiable y el placer como una conducta en contacto con el mal, pero sin llegar a conclusiones muy dramáticas podemos recordar la reflexión de Borges que su amigo Bioy Casares le escuchó el 3 de septiembre de 1951: «Me he pasado la vida discutiendo contra la opinión general (que Cervantes es superior a Quevedo, que en las novelas los caracteres son más importantes que la trama, que el policial es un género inferior), contra la opinión que ahora sustento». Nos interesa la última parte, la que quiere reivindicar el valor que concedemos a la trama, a urdir argumentos, a desarrollar acciones. El escritor argentino había defendido todo eso en el prólogo a la novela de su amigo Bioy, La invención de Morel, y, sin embargo, no dio el paso definitivo de reivindicar esos mismos supuestos que defendía en la literatura escrita en español. Borges, tan culpable de que hoy nos gusten Stevenson, Chesterton o la novela policial, tan culpable también de que no hayamos tenido en más al uruguayo Horacio Quiroga, del que opinó que escribió lo que ya antes había escrito mejor Kipling. Pero a salvo de esas inconveniencias le debemos la defensa de la fantasía, de Poe, de Stevenson, cuando lo «inteligente» en la novela internacional era escribir evitando cuidadosamente toda anécdota, todo argumento. Cabe reprocharle, sin embargo, que él, tan proclive a las antologías y colecciones, no adujera los títulos que en su opinión podrían haber educado el placer de leer en los jóvenes de lengua española. ¿Cuáles son los libros imprescindibles para la formación de lectores niños? Siempre se repite la anécdota en que afirmaba que la lectura es una felicidad y por eso no es posible obligar a nadie a leer, porque no es posible obligar a nadie a ser feliz. Sin embargo, cuántas veces la felicidad es algo aprendido y qué feliz se puede ser aprendiendo.
Hasta profetas de la lectura tan populares como Daniel Penac han juzgado que «el verbo leer no soporta el imperativo» y, sin embargo no nos resignamos a creer que pudiera brotar de un modo espontáneo en quien jamás ha tenido una experiencia como lector. La lectura es una iniciación -pido perdón-como el vino, el cigarro puro o la ópera.
Hasta cierto punto podría parecer un sarcasmo que en la literatura norteamericana se eligiera la etapa histórica del Descubrimiento de América como fuente de argumentos de aventuras que contribuyeron a la proliferación de narraciones para jóvenes, hasta el punto de ser conocido el periodo que va de 1885 a 1915 con el nombre de «Edad de Oro». Irving escribió Vida y viajes de Colón (1828), en la que se presentaba al descubridor bajo un prisma romántico y aventurero, capaz de llevar la civilización a los salvajes. Hickling Prescott narraba en La conquista de México (1847) la historia de un Cortés triunfante sobre un Moctezuma pusilánime. Albion Ober escribió El último araucano y Una historia de aventuras en la isla de Santo Domingo (1901). Pero lo importante es advertir que la literatura norteamericana concibió casi al tiempo de su independencia una literatura que fuera dirigida a aquellos que se iniciaban en la lectura. ¿No hubo ejemplos semejantes en la literatura escrita en español?
Luminoso siempre, José Martí predicó en favor del lector niño y su prédica es hoy casi un objeto museístico, pero sus palabras resuenan con vitalidad, como casi todo lo que escribió, porque conservan el nervio de lo recién dicho:
«Para los niños es este periódico, y para las niñas, por supuesto. Sin las niñas no se puede vivir, como no puede vivir la tierra sin luz. El niño ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte, de ser hermoso: el niño puede hacerse hermoso aunque sea feo: un niño bueno, inteligente y aseado es siempre hermoso. Pero nunca es un niño más bello que cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte una flor para su amiga, o cuando lleva del brazo a su hermana, para que nadie se la ofenda: el niño crece entonces, y parece un gigante; el niño nace para caballero, y la niña nace para madre. Este periódico se publica para conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros de mañana y con las madres de mañana; para contarles a las niñas cuentos lindos con que entretener a sus visitas y jugar con sus muñecas; y para decirles a los niños lo que deben saber para ser de veras hombres. Todo lo que quieran saber les vamos a decir, y de modo que lo entiendan bien, con palabras claras y con láminas finas. Les vamos a decir cómo está hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres hasta ahora».
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