Son las imágenes las que nos puedan mostrar el dolor, el horror, de una manera más directa, incluso sin necesidad de hurgar en la miseria. El artista tiene ese poder, igual que el poeta, con una palabra, con una imagen, basta. El riesgo es intentar embellecer esa miseria para conseguir un objeto más digerible, más comercial. Las largas colas en las fronteras, los campos de refugiados, también tienen atardeceres bellísimos, y los paisajes no entienden de humillaciones o hambruna, siguen siendo, siempre pueden ser bellos. Tratar temas de esta intensidad plantea riesgos a cada paso, desde enriquecerse con obras que hablan de la miseria de otros, hasta recrear belleza en los cuerpos rotos, hacernos tragar la injusticia con un poco de dulce belleza, como el azúcar con la que endulzamos la amarga medicina para tragarla sin dificultad. El riesgo de la manipulación y el riesgo de la demagogia, de la ocultación, de la mentira, estrategias de uno y otro cariz que completan una moneda que no es de uso legal.
Los artistas que escriben en este número plantean una postura radicalmente activa, crítica frente "al dolor de los demás". Reclaman nuevamente para el arte un papel social de denuncia y también de acción para el cambio. Son ellos, los artistas (y los intelectuales, el mundo de la cultura en definitiva) los que tienen que abrir las fronteras, defender una tierra de todos, eliminar los diferentes valores por colores y razas, ver al hombre como uno, hacer que vosotros y ellos (todos somos el otro) se convierta en un nosotros que realmente nos abarque a todos. Desde la imagen y desde la palabra estamos una vez más de acuerdo, y esta revista triste y posiblemente más fea que ninguna de las que hemos hecho hasta hoy es nuestra pequeña aportación a ese "nosotros".