La fotografía se ha dedicado en todos estos años a volver sobre la máquina, sobre su proceso de trabajo, y a ver a esa máquina desde una perspectiva de objeto, de ser, retratado en su todo o en sus partes. Es el cuerpo de la máquina lo que la fotografía disecciona, para, a través de sus órganos y de sus usos, volver a sus formas externas. Cientos de fotógrafos se han dedicado a esto en un mayor o menor grado. Miles de imágenes han estudiado la tuerca, las manivelas, las máquinas de tren, los aviones, los engranajes, como un vasto paisaje que sólo el presente nos podía deparar. Más allá de sus vínculos sociales, la atracción de la máquina, con su fría superficie, con su metálica presencia, con su ritmo imparable, con un interior tan mágico como el del propio cuerpo humano, ha sido uno de los temas esenciales de la historia de la fotografía, una historia cuyo origen está marcado, inevitablemente, por el nacimiento de las máquinas, por lo que de alguna manera es también de su propia historia de la que esta hablando. El cine, sin embargo, ha trabajado más que una estética, una ética de la máquina. Se ha dedicado a hurgar en el bien y en el mal de los circuitos internos de los robots y se ha obstinado en ver a la máquina como un alter ego del hombre, tal vez como en su sucesor.
Porque finalmente, la máquina por excelencia, la única máquina que interesa al hombre es el robot, esa máquina que se tiene que parecer a su creador, como los hombres a su Dios. Y en eso estamos, procurando que la tecnología convierta a la máquina en una suerte de prótesis del hombre, que llega adonde él no llega, más rápido, más inteligente, más capaz, más bello: perfecto.