El fotógrafo, a partir de este primer y revelador desengaño, decidió transformar genéticamente, icónicamente, esos modelos reacios a ser desvelados. Desde los primeros artistas del blanco y negro, ya se empezaron a desvirtuar, a manipular los objetos, a transformar la flor en otra cosa. En una carrera en solitario contra la genética, el fotógrafo, convierte la realidad en abstracción, cambia, tergiversa, congela, hace explotar las flores, nos ofrece simulacros en lugar de originales, cambia los colores, las familias, con y sin herramientas técnicas, a mano sobre el escenario o en el laboratorio. Las flores sirven también para ornamentos, para collages deconstruidos, para "embellecer" la escatología de la vida moderna. De este trabajo de subjetivización de lo real, de ese proceso por el que lo observado se convierte en otra cosa, por el que asistimos al nacimiento del arte, el fotógrafo ha demostrado la capacidad de la fotografía en transformar lo natural en artificial. Las flores ya no son las mismas que fueron, igualmente su significado ha variado, aumentado su volumen, alterado sus colores,... sin embargo nos siguen pareciendo bellas hasta lo sublime, más allá de la razón. Tal vez la razón de esta debilidad sea su cercanía al sexo, a la pasión, al deseo en su pulsión más carnal. Si los ángeles no tienen sexo, las flores son la esencia de la sexualidad, tanto en sus órganos reproductores propios, como en su personalización de lo efímero, de esa corta durabilidad del amor, del deseo, de la pasión. Flores como sexos, sexos como flores, la belleza uniendo nuestros sueños, nuestros deseos, siempre más allá de lo razonable, de lo aceptable, mezclando en el lenguaje términos botánicos y eróticos, dejando a la naturaleza, en su escasa realidad actual, actuar en libertad. Tal vez la belleza de las flores radique en eso, en esa obscena capacidad sexual, en esa exhibición carnal tan aceptada como indecente, en que muestran lo que nosotros tratamos de ocultar.