Un empeño arduo y a la vez imposible, pues ya sabemos de antemano que el hábito no hace al monje, que el uniforme puede ocultar cualquier otra identidad. Es decir, un bombero se puede vestir de torero, de sacerdote, de juez, y viceversa, y parecer lo que no es. Y es que el mundo de lo que parece y no es está lleno de ideas y de personas uniformadas. Pero curiosamente, si el origen del uniforme no es tan lejano no parece que se vea en el horizonte ninguna señal de su fin. Curiosamente en un mundo como en el que vivimos ahora donde la diferencia y la igualdad van juntas a todas partes, cada vez se diseñan e imponen más uniformes. Cada vez más queremos tener la seguridad de conocer el rango de quienes nos rodean, queremos saber lo más rápido posible a qué atenernos por el aspecto exterior. Poniendo etiquetas, uniformes y colores creemos que podremos saber quién es quién. En una comedia del cine clásico en blanco y negro, tres bellezas míticas se lanzan a Nueva York a la caza de un millonario ( Cómo casarse con un millonario , de Jean Negulesco y protagonizada por Marilyn Monroe, Betty Grable,y Lauren Bacall). Todas encuentran enseguida hombres vestidos de esmoquin, conduciendo coches de lujo, y luciendo todos los emblemas y entorchados del supuesto millonario de catálogo; finalmente el único al que desprecian por llevar coderas en las chaquetas de tweed , el único que no viste con el uniforme que ellas creen inevitable, es el auténtico hombre rico, la pieza de caza mayor: el millonario norteamericano de los años treinta. Y es que amigos, el Carnaval cada vez dura más, ya nada es lo que parece, y como dice el tango se han mezclado el catedrático y el ladrón... y no hay uniforme que nos aclare quién es quién.