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Exit, Imagen y Cultura 39 Exit, Imagen y Cultura

El mayor espectáculo del mundo

por Rosa Olivares
Exit, Imagen y Cultura nº 39, Agosto / Septiembre / Octubre 2010

Número de páginas: 2
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Una vez fue el mayor espectáculo del mundo, su nombre hacía vibrar el espíritu de niños y adultos. Su leyenda de viajes interminables, de ruta permanente entre ciudades, reunía lo exótico y lo misterioso, lo atávico y lo imposible. La fuerza, la magia, la sonrisa, el miedo, la resistencia y la habilidad, todo en una, en dos o en tres pistas. Fieras desconocidas, salvajes y de origen lejano se doblegaban ante el hombre, un simple domador con una silla y un látigo que introducía su cabeza en las fauces del león, o hacía que los tigres inmensos y enigmáticos desfilasen y saltasen entre las llamas. ¿Cómo los animales de la selva aceptaban saltar por un aro de fuego, siendo el fuego lo que más les asustaba, el último arma del hombre contra la naturaleza salvaje de las fieras? La emoción estaba servida. La mujer barbuda, las mujeres de goma que se doblaban en posturas imposibles, las familias voladoras, los payasos entre la burla, la tristeza y la risa descomunal de sus bocas pintadas,... Más tarde supimos que detrás del oropel, los payasos también lloraban cuando se quitaban el maquillaje, que el domador maltrataba a los leones que habían sido robados de la selva como esclavos, muchas veces drogados, que la familia de trapecistas sólo sonreía al saludar en público,... En fin, que como todos los espectáculos, el circo era una tramoya, un escenario y unos actores. Personas de difícil adecuación a una sociedad estable, marginados soñadores; que de ser una carpa que albergaba aventureros, monstruos y personajes diferentes, con el tiempo se había convertido en  un negocio imposible.
El cine nos hizo saber que "el espectáculo debe continuar". Siempre debe continuar, aunque el trapecista se caiga en un imposible triple salto mortal sin red y quede paralítico, aunque la contorsionista, la novia del payaso, le engañe con el jefe de pista,... pero el espectáculo debe continuar. Tantos sueños infantiles, tantas ilusiones adolescentes acabaron convirtiéndose en desengaños cuando fuimos adultos. El circo es un trasunto de la propia vida, en la que tapamos las desgracias con una sonrisa, que nadie sepa nuestro dolor, el espectáculo debe continuar. Un mundo de freaks, de mujeres barbudas y forzudos que levantan pesas de cartón, de leones sin dientes y de elefantes que perdieron a su madre cuando eran pequeños. Todo un mundo de ilusión. Inevita­blemente todos nos hemos dado cuenta de que las cosas no son necesariamente como parecen y en menos de tres siglos este espectáculo de lo sorprendente, de lo nunca visto, se ha convertido en la imagen de la decadencia, una huella de un pasado glorioso que se ha quedado en espectáculo marginal, donde la mueca y el maquillaje intentan ocultar cada vez con menos éxito el derrumbe total. Han pasado de ser la gran atracción itinerante a convertirse en una reliquia parcheada donde todo nos parece rancio y donde las luces y la música ya no consiguen ocultar la vejez y la decrepitud, los gastados disfraces, las mallas zurcidas. El cine y la literatura y nuevamente el cine nos han presentado el circo como un escenario de tristeza e incluso de terror. Charles Chaplin y Stephen King, dos polos opuestos de cómo hoy percibimos el mundo del circo, un lugar en el que el payaso es un peligro, donde la tristeza y la miseria es más habitual que la alegría y la grandiosidad. La fotografía, como reflejo de los sentidos, de los sentimientos y de los escenarios donde el hombre vive sus experiencias, siempre se interesó por el circo. Como símbolo de lo que no es y de lo que por supuesto es, reflejando la belleza de esos cuerpos magníficos de trapecistas y contorsionistas, los movimientos silenciosos y espectaculares de sus artistas, pero también mostrando la vida oculta detrás de las carpas, a sus habitantes humanos, animales y esa población indefinida que oscila entre el hombre y el animal, monstruos sorprendentes que no podrían vivir en ningún otro lugar sin llamar la atención, sin ser marginados.
El inicio del circo actual se data a mediados del siglo XVIII y no tiene nada que ver con ese otro circo de fieras y espectáculo, más político que deportivo o cultural que era el circo romano. Aquél que originó la frase de "pan y circo", uno de los primeros "opios del pueblo", espectáculo brutal en el que animales y hombres (siempre el hombre contra la naturaleza, contra sí mismo) mataban y morían para entretenimiento de un pueblo hipnotizado y atontado por unos políticos corruptos y tiránicos. Si el circo romano era un espectáculo fijo con su sede en el centro de las ciudades, tal vez más parecido a las corridas de toros actuales que a ningún otro espectáculo, el circo moderno surge como secuela de los grandes viajes a tierras ignotas, y nace itinerante, con toda la parafernalia del gran viaje, con un equipo en el que se mezcla Buffalo Bill y los últimos indios dispuestos a representar su propia vida, con animales traídos de África y nunca antes vistos, con personas monstruosas, deformes, mujeres con barba, enanos, deformaciones que no se esconden sino que se muestran para admiración del mundo. Todos estos elementos han sido el orgullo, la definición del circo y también, con el tiempo, los elementos que le han hecho convertirse en un espectáculo que ya no asombra a nadie, pues no pueden competir con los efectos especiales, ni las guerras de las galaxias, ni con la imagen en 3D, ni con los juegos informáticos,... La vida ya no es la que era y ahora prácticamente ya lo hemos visto todo sin salir de casa antes de cumplir los dieciocho años. Ningún niño del siglo XXI sueña con unirse a la caravana del circo cuando pase por su pueblo, por su ciudad, si es que pasa. El romanticismo del antiguo circo sólo queda en la memoria, en algunas películas y, especialmente, en las fotografías.
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