La arquitectura moderna nace con la fotografía. Y hoy en día la fotografía es esencial para la arquitectura, no se podría entender sin ella. Es algo que se ha afirmado en el número anterior y que se confirma y ratifica en este actual. Es la fotografía la que da fama y prestigio, la que difunde estilos. Hasta tal punto que dentro del mundo de los arquitectos existe un nuevo tipo de arquitecto: el que nunca ha pisado una obra. El editor de revistas de arquitectura, el crítico de arquitectura, el auténtico creador de tendencias, juez y verdugo.
La antigua grandeza de la más completa de las bellas artes, la única cuya utilidad está presente ya desde sus formas, la única obra de arte habitable por el hombre, ha cambiado de tamaño y de volumen exponencialmente a través de la evolución de la historia. Como en un juego olímpico se construye cada vez más alto, más grande, más rápido, con nuevos materiales más inteligentes. Tal vez ya no se construya para siempre, para que las futuras ruinas sean bellas (como Albert Speer aconsejaba). Tal vez ahora sólo se construya para hacer una fotografía. Tal vez todo quepa en el tamaño de una fotografía. Paul Valéry lo decía hace tiempo: "El infinito, querido, es bien poca cosa; es una cuestión de escritura. El universo sólo existe sobre un papel". La grandiosidad de la arquitectura, la energía de las nuevas tecnologías, el orgullo del arquitecto, la pretenciosidad del constructor, queridos, son bien poca cosa: es una cuestión de imagen. La arquitectura sólo existe en una fotografía.