Podremos encontrar otros medios de transporte, después del caballo y del coche, pero tendrán que venir acompañados de toda una mitología y de unas formas artísticas que puedan darle una dimensión más allá de su utilidad y practicidad. Difícilmente podrán ser estas el cine y la fotografía. El coche ha pasado ya a esa selecta lista de objetos cargados de polisemia, brillantes como joyas, personajes de ficción, literarios, símbolo de riesgo y confort, de lujo y de aventura, de conceptos opuestos y contradictorios entre sí, pero es que el coche es un símbolo de un tiempo contradictorio en sí mismo, que procura hacer máquinas tan seguras que puedan matarnos más jóvenes, más rápidamente, más espectacularmente, y más democráticamente. Y es que se puede morir igual conduciendo cualquier coche, de cualquier color, en cualquier lugar del mundo. Esa igualdad, tan de nuestro tiempo, es también parte de su atracción y de su belleza. Sin duda una atracción fatal.
Hoy a los ladrones de coches no se les aplica la pena de muerte, se justifica por la existencia del transporte público, pero si se les colgase de la primera farola que se encontrase disponible seguramente la sociedad lo comprendería.