Propongo para este diálogo un tema que me ha perseguido en los últimos años, y que no considero ajeno al destino de la literatura en nuestra cultura, en nuestro tiempo. Este tema ha ido cobrando en mí formas diferentes y cristalizado al fin en la única convicción que hoy por hoy mantengo: es una convicción sencilla, de apariencia más bien peregrina; dice simplemente que nada es más importante para un escritor que la libertad. Si no me equivoco, todo empezó a fines del año 1999, cuando un periódico mexicano me pidió una media cuartilla expresando algún deseo que pudiera ser compartido con los lectores en el nuevo milenio. Entonces borroneé lo que resultó la primera manifestación de lo que hoy llamo mi convicción acerca de la libertad. Con algo de rabia escribí que lo que yo esperaba era que en el nuevo milenio se condenara la beatería:
"Condenar la beatería -decía la nota-, es decir, la adhesión rutinaria, torpe, veleidosa o interesada, en todo caso acrítica, a un pensamiento. estilo, literatura, persona, tendencia, cosa o situación que ha sido previamente legitimada, erigida hacia lo alto, divinizada. A un dios, pues, cualquiera que fuese la forma o nombre que tuviere en los diferentes momentos. Porque no se comete beatería sólo en la iglesia. No. Se puede ser beato en todas partes, ante cualquier oportunidad y con cualquier orientación ideológica o estética. Hay beatería de izquierda y beatería de derecha. Beatería de la idea y beatería de la materia. Beatería del poder y beatería del antipoder. Beatería de lo nuevo, lo joven, la moda y la actualidad y beatería de lo antiguo, lo clásico y la tradición. Beatería del arte y beatería del antiarte. Beatería del 'intelecto y el pensamiento' y beatería 'de los sentimientos, las emociones y las vísceras'. Beatería de la felicidad y beatería de la amargura. Beatería de la palabra v beatería del silencio. Beatería de la técnica y beatería de la antitécnica. Beatería de la naturaleza y beatería de la cultura. Beatería de la academia y beatería de la antiacademia. Beatería del placer y beatería del trabajo. Beatería de la fama y beatería del anonimato. Beatería de Virgilio y beatería de Marcial. Beatería de la oscuridad y el hermetismo impusiera a Dante y Petrarca el tema y los metros de su Comedia o su Cancionero, sino que la noción misma de libertad carecía de sentido ante una realidad caracterizada por la comunidad de visión, de creencias, de principios y objetivos. No hablo sólo de Europa sino también de América. En nuestro siglo XIX también será fácil encontrar ejemplos: allí está José Joaquín de Olmedo y su Canto a Bolívar, clara expresión no de libertad sino de un ethos histórico ampliamente compartido.
Si es sencillo descartar la noción de libertad para las fases pre-modernas, nos queda ponerla a prueba en épocas posteriores, cuando las artes obtienen su independencia y conforman una esfera autónoma. ¿Qué ocurre, en definitiva, cuando irrumpe en la conciencia de las artes y la literatura la noción de libertad? Creo que no es un mal camino empezar por el período de transición y hacer un breve excurso para ver la transformación que experimenta entonces la idea de mundo, que tanto influyó en la poesía. Como todo el mundo sabe, durante el largo período cristiano el universo era cerrado, finito. Lo era, en primer lugar, el universo físico, descrito en términos geocéntricos por Ptolomeo en el siglo 11 d. c., mientras el espiritual se mantenía cohesionado en la síntesis divina. La infinitud interior era sólo manifestación de los resquebrajamientos de la fe, expresión de una mirada secreta que no conseguía detener su impulso en Dios. Cuando a mediados del siglo XVI el giro copernicano hace estallar ese antiguo universo cerrado, se abre la verdadera noción de infinitud, en primer lugar la del universo físico y consecuentemente la del hombre, la interior. Fue entonces cuando la soledad, la sensación de caducidad, la angustia por el paso del tiempo, que ya habían aparecido en el paganismo latino, empezaron a llenar de zozobra a los hombres. Esa grieta que se abrió en los seres de entonces iba a caracterizar a la cultura moderna, a la literatura y a la poesía también. La imagen del universo infinito, abierto, es uno de los grandes telones de fondo del espíritu moderno, de la modernidad misma. En nuestro ámbito cultural más próximo, no hay más que pensar en el Barroco -que en España produjo lo que llamamos Siglos de Oro- para aceptar este aserto; tal es el origen de ese neoestoicismo y su obsesión por el paso del tiempo que bajo la influencia de Séneca tanto aparece en los grandes escritores de ese tiempo, recorriendo toda España en el siglo XVII, convirtiéndose en uno de los rasgos más reveladores de esa época y en una de sus herencias más duraderas, que sin duda llegó hasta América.