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Archipiélago 80-81 Archipiélago

Mayo del 68 contado a los niños. Contribución a la crítica de la in-inteligencia organizada

por Jean-Franklin Narodetzki (Narot)
Archipiélago nº 80-81, Mayo 2008

Número de páginas: 7
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Ahora bien, ocurre que estas gentes son las que están peor situadas para disertar sobre un movimiento que se distinguió, precisamente, por su ruptura con todo aquello que definía tanto las prácticas organizativas leninistas como sus concepciones políticas. Un movimiento cuyo eje fue el rechazo y la crítica de los poderes económico-políticos o tecno-burocráticos se ve hoy representado por aquellos que entonces encarnaban la dominación absoluta de un partido y un Estado sobre la sociedad civil: "dictadura del proletariado" para los íntimos, que los unos no dejaron de apoyar bajo las égidas asesinas de sus versiones china, albanesa y luego camboyana, mientras los otros la deseaban tal y como el célebre inventor de la militarización del trabajo y promotor de los primeros campos "soviéticos" les había enseñado. Un movimiento que los sargentos-reclutadores se emplearon a fondo (en vano) en denunciar por su "espontaneísmo", su pretendida "desorganización" imputable a los libertarios, o mediante el calificativo de "revuelta pequeño-burguesa", antes de descubrir un enésimo "ensayo general" allí donde sus primos más exóticos habían tenido alucinaciones con arrozales vietnamitas.
Si el potencial subversivo del movimiento en cuestión radicaba en su incontrolable extensión, en sus erupciones imprevisibles, en su desarrollo proteiforme, irreductible a ningún marco, circunscripción, localización organizativa cualquiera; si el peligro que representaba para la sociedad instituida consistía en la reacción en cadena del rechazo y la inventiva crítica comunicándose de boca en boca hasta colmar una parte considerable del espacio social, escapando no sólo al dominio de las influencias institucionales sino también al control de los mismos protagonistas, está claro que la identificación del movimiento con algunos pseudolíderes, su fijación en los límites de la jurisdicción de éstos constituye ya un dispositivo de control, un procedimiento de refreno, léase de neutralización. Lo dicho es válido en términos generales, independientemente de cuáles sean los "representantes" elegidos para desempeñar esta tarea tan necesaria para mantener los conflictos en los límites tolerables por el sistema: así nacen los "interlocutores válidos" para la negociación. La rarefacción de tales "interlocutores" en el 68 (aquellos que, a la manera de A. Geismar, han querido cumplir esta función han hecho básicamente el ridículo, ya que nunca dispusieron de ningún poder efectivo) ha contribuido en no poca medida a la intranquilidad del Estado.
Por lo tanto, no hay que sorprenderse de que llegaran de pronto, en el momento y más aún diez o veinte años después, candidatos para la apropiación de Mayo. Lo que sí habría que preguntarse es por qué han de ser ellos, antes que otros, los que obtengan hoy el monopolio de la palabra en el espacio mediático de la conmemoración. El motivo hay que buscarlo en algunos de los rasgos que los distinguen y que de alguna manera los predestinaban a convertirse en los que son:
- Gente de poder fueron (algunos en la universidad, otros en un grupúsculo donde ejercían el arte de la manipulación de los militantes, etc.) y gente de poder siguen siendo hoy. Ésos , y no los "sesentayochistas", como se suele decir, son los que han "triunfado", los que se han convertido en privilegiados o en dominadores, porque ya lo eran. Los interlocutores válidos simplemente han conservado o bien desarrollado su posición de enunciación, su función representativa y su capital de reconocimiento oficial.
- Son la viva demostración de la vanidad del 68. Ya sea porque, arrepentidos, denuncien sus propios errores de juventud identificándolos con los errores del movimiento (es el caso más frecuente), exhibiendo su adhesión de prosélitos al orden social moderno/postmoderno humano y democrático, o ya sea por su condición de leninistas perseverantes, lo cierto es que poseen al menos tres virtudes explotables. La primera pertenece a la categoría de la farsa: todo el mundo (¿menos ellos? No es seguro) sabe que el modelo bolchevique es perfectamente inadecuado a la hora de dar forma a cualquier proceso revolucionario en nuestras comarcas neocapitalistas, pero dejar a sus partidarios desatinar públicamente de esa manera es una crueldad bien calculada. La segunda de sus virtudes explotables no tiene más misterio que la primera: por sus afinidades con diversos totalitarismos, estas gentes siguen siendo, a pesar de su conversión al estilo cool , realmente repugnantes. Son además la encarnación, desde hace ya varios lustros, del fracaso de las revoluciones (empezando por el 68, cuyo reflujo marca el alba de su efímera prosperidad), de la desviación estatista-policíaca, sistemáticamente presentada por nuestros "demócratas" como declive fatal, una idea a fin de cuentas bien anclada en la población. La tercera, en fin, sólo contradice en apariencia las dos virtudes precedentes: esta gente está verdaderamente en su salsa en esta sociedad. A pesar de todo lo que les enfrenta a la "sociedad burguesa", coinciden con ella en cuestiones tan cruciales como son el mantenimiento del poder del Estado, la división entre dirigentes y ejecutantes, el trabajo a la fuerza o asalariado. Más vale, en suma, escuchar a estas gentes serias y bien domiciliadas, antes que a cualquier disidente político con la rabia todavía dentro.
En todos estos casos nos encontramos ante actores presuntuosos convertidos en marionetas sin saberlo. El problema, sin embargo, es que el movimiento en su conjunto, al que se ha identificado con estas figuras, se ve afectado por la descalificación de que se han hecho merecedoras. Una descalificación que, por otra parte, participa de la actual descalificación generalizada de los contenidos políticos, de los que estas figuras representan, a su escala, la irrisión.
¿Racionalización política o devaluación de lo político?
Este último punto me ha llevado a reconsiderar un afirmación que hice en 1978 [ 6 ] sobre la función de codificación política, la reabsorción en el orden de lo político asegurada por aquella primera conmemoración. Si bien se trataba de un juicio pertinente hace diez años, hoy día induce un poco a error. No es que la operación de reducción del movimiento a fines y formas compatibles o congruentes con la organización sociopolítica (objetivos reivindicativos, "contestación" negociable, representación, etc.) haya perdido su validez: se trata de una especie de adquisición implícita, encubierta, del discurso del 68. Sin embargo, el eje de dicho discurso se encuentra ya en otra parte.
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NOTAS
  • [ 6 ]

    En Le Matin de París del 27 de mayo de 1978 , a propósito de "Historia de Mayo", la emisión televisiva de P.A. Boutang y A. Frossard.


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