Contribución a la crítica de la in-inteligencia organizada [ 1 ]
Jean-Franklin Nadoretzki (Narot)
Cualquiera que se proponga referirse a mayo-junio del 68 sin rendir los debidos tributos a alguno de los tropos de la anulación retroactiva o de la desfiguración se expone hoy día al chantaje (¿postmoderno?) con la nostalgia o la ridiculez extemporánea. Así las cosas, aquellos que, a pesar de todo, se animen a emprender tal exploración tendrán que fiarse únicamente "de la sola virtud de la numeración decimal"
[ 2 ] , que resucita el 68 cada diez años para ofrecer a los comentarios discordantes cierto espacio mediático.
Lo que aburre es que en estos períodos de aniversarios pre-estivales el espacio en cuestión (donde uno debe coger sitio con mucha antelación) se encuentra saturado. Saturado por una producción de textos pletórica en la que en vano buscaríamos el más mínimo rigor y a cuyos autores pediríamos sin éxito que respeten los más evidentes criterios de honestidad intelectual o que apliquen las reglas más elementales del ejercicio del conocimiento y de la teorización. Inútil sería, por ejemplo, esperar de la mayoría de estos comentadores que se limiten a esbozar la sombra de la relación entre
aquello que eran o hacían en aquella época, lo que son o hacen en el presente y
aquello que dicen hoy a propósito del 68. Cada uno parte de su pacotilla interpretativa indeterminada, sin posición de enunciación ni referencia más allá de la aptitud de su propio genio charlatán para rendir cuentas de aquello que domina de antemano. Si es preciso se repite lo mismo de diez años atrás: la pedantería no se toma ya la molestia de vestirse antes de salir a la calle
[ 3 ] .
Al parecer el objeto de investigación es bastante soluble en la fanfarronería, ya sea ésta malintencionada o simplemente incompetente, así que termina desapareciendo en ella. Lo único que queda de él es un patchwork informe y auto-referencial de "puntos de vista" intercambiables, donde yo desafío a todo aquel que no participó activamente en el movimiento a tratar de entender cualquier cosa en el presente. Para reproducir algo de lo que fue el 68, para reencontrarse con él, no sirve de nada ponerse a acondicionar espacios teóricos en medio de un magma informe; más bien se trata de abrirse camino en la vegetación a golpe de machete.
Ésa es la razón por la que he decidido plasmar aquí, a modo de pórtico a cualquier reflexión sobre aquel período, el examen de dos cuestiones que a mi entender hay que tener en cuenta si se pretende cierta legibilidad del acontecimiento. La primera hace referencia a las funciones que cumplen los relatos, crónicas, "estudios" o "análisis" del 68 de los que hablaba hace un momento y que se diría están destinados a niños idiotas. En segundo lugar, habría que abordar una cuestión, difícil pero indispensable, que podríamos llamar de método: ¿qué principios o criterios podrían guiar la investigación sobre aquel período? Aunque no estoy seguro de si tendré éxito, voy a tratar de abordar ambas cuestiones. Para no caer víctima de mi propia crítica, empezaré por decir cuáles eran mis colores: estudiante (de filosofía) en Nanterre a partir de noviembre de 1966, formé parte del Movimiento 22 de Marzo desde el momento de su creación hasta su final: un lugar de "observación" que, como no podría ser de otra forma, incide en la realización de mi propósito.
Funciones del discurso sobre el 68
¿Exorcismo o congelación?
En un artículo corto aparecido en
Le Monde el pasado 17 de mayo he utilizado la palabra "exorcismo"
para referirme a las evocaciones actuales del 68. Por supuesto, se trata de un término que peca de impreciso, toda vez que lo único que exorcizamos es el gozo que nos posee o que tememos va a volver a poseernos. Ahora bien, si tal era el caso hacía diez años [1978], lo cierto es que ya no estamos ahí: el espectro del 68 no da hoy miedo a mucha gente, tanto es así que ya ni siquiera hay espectro que valga ni deseo revolucionario a reprimir, sino tan sólo un esqueleto y algunos archivos. Claude Lefort tiene razón cuando escribe que "veinte años después conmemoramos la nada"
[ 4 ] . Aún hay que añadir que esta reducción a la nada no se ha hecho sola, sino al hilo de un
relato obstinadamente dirigido hacia la anulación por la insignificancia o hacia la devaluación por el desprecio (la crónica televisiva sacada del
Who's Who de Hamon-Rotman es en este sentido ejemplar). Si lo pensamos un instante (y con circunspección, ya que, a diferencia de numerosos analistas, yo desconfío por encima de todo de la exploración de los conceptos más allá de su esfera de validez), veremos que esta manera de relatar parece estar muy próxima (no digo que se asimile) a la actividad del sueño, de la que podríamos mostrar que retoma los cuatro mecanismos de deformación, a saber: 1) la
condensación (un nombre, una "personalidad", contiene, representa, reabsorbe una multitud de actores, sus actos y su pensamiento); 2) el
desplazamiento (sustitución de las cuestiones planteadas en Mayo del 68 por problemáticas secundarias o heterogéneas; confección de pseudo-responsables del movimiento escogidos preferentemente de entre aquellos que lo combatían, eran periféricos al mismo o simplemente anodinos); 3)
la figurabilidad (preponderancia de las imágenes sobre la conceptualización y el análisis, pero también recodificación del 68 mediante toda una batería de referencias imaginarias contemporáneas recurrentes: lo "retro", el "idealismo-generoso-pero-naíf", la "violencia", la "moda", el "individualismo", la "comunicación", etc.); y, por último, 4) la
elaboración secundaria (reescritura lineal de los "acontecimientos", imputaciones causales hechas con demasiada naturalidad, reducción a finalidades reivindicativas, una clara conciencia postulada de los actos y de las apuestas de entonces, positivaciones múltiples, coherencia fáctica, integración en el orden de la política, inteligibilidad globalmente dominada).
En todo caso (y es precisamente aquí donde la comparación con la acción de soñar es menos oportuna), el hecho es que esta manera de relatar, incluso si la inconsistencia de su contenido manifiesto quizás no deba ser tomada al pie de la letra, se salda con un vaciamiento sustancial y general de lo que constituye "el objeto" del 68 (un efecto por lo demás buscado). Ni siquiera se trata ya de volver a interpretar la "ceremonia del entierro"
[ 5 ] , sino de desenterrar un cadáver para asegurarse de que está bien muerto: se le pueden meter los dedos en los agujeros o exhibirlo en una jaula, verán que no dirá ni pío. Por lo tanto, más que de exorcismo (procedimiento todavía celebrado hace diez años) ahora habría que hablar de verificación tranquilizante fóbico-obsesiva o, de manera más pertinente, de
criogenización , con campana de vidrio para el sonido y la luz decenales y cerrada con dos vueltas, pues nunca se sabe -o mejor: "ya lo sabemos pero aún así..."
Fijación y apropiación, o el discreto encanto de los leninistas
En la segunda parte del texto volveré sobre el papel jugado hace veinte años por los jefes de los grupúsculos leninistas; ahora me centraré en el lugar que ocupan hoy día en la referida operación narrativa.
Con raras excepciones (protagonistas-pretexto solicitados puntualmente para pronunciar algunas palabras sin importancia; Daniel Cohn-Bendit es requerido porque desde hace veinte años interpreta el papel ridículo de condensador- vedette ), la aplastante mayoría de los comediantes encargados de animar la conmemoración eran por entonces (dos o tres fósiles lo son aún) de obediencia leninista (trotskistas o maoístas, luego de una larga inmersión en el estalinismo estudiantil versión uec , Union des Étudiants Communistes).