A mediados de los años 70, el territorio filosófico ha sido despojado de la herencia hegeliana. El concepto de alienación fue dejado de lado porque en la práctica social la alienación se había convertido en rareza. La repetitividad de las rutinas productivas se había convertido en rechazo del trabajo y sabotaje, la soledad del individuo en la cadena de montaje se había transformado en comunidad subversiva y organización colectiva. En los años 70 los cuerpos se habían rebelado, sin acordarse más del alma. Los cuerpos recobraron su espacio.
"El alma es la prisión del cuerpo" pregonaba una pancarta feminista aparecida en las calles de Bolonia en 1977, cuando fueron escritas, declaradas y expuestas todas las inquietudes de una premonición.
En aquellos años el problema de la subjetividad se revelaba con una luz nueva. Ya no más un Sujeto ( upokeímenon ) con la orden de llevar a cabo la verdad de la historia, sino una singularidad que encuentra otras singularidades. El actor de la historia (de las historias) se libera de la estructura, ya no hay trama que respetar, ningún guión que interpretar.
A mediados de los años 70 en Francia se desarrollaba una polémica filosófica que afrontaba los temas que el derrumbamiento de la construcción dialéctica había dejado expuestos, indefinidos, volátiles: la cuestión de la formación del sujeto y la cuestión de la formación del poder. Esta polémica enfrentaba a Jean Baudrillard con los autores del Antiedipo por un lado, y con Michel Foucault por otro. Esa polémica marcó una transición filosófica decisiva, pero en gran medida permanece inexplorada. Por parte de Deleuze, Guattari y Foucault, pero también por parte de sus seguidores (entre los cuales modestamente me cuento), siempre ha habido una cierta reticencia a discutir sobre el caso Baudrillard, como si se tratara de una riña entre intelectuales parisina en la que es mejor no participar.
Pero a distancia de tres decenios creo, por el contrario, que se debe revisar el sentido de esa divergencia, porque encierra elementos que hoy pueden ser útiles para hallar una nueva síntesis.
¿Con qué objeto se debate? Después de la publicación de su libro más importante,
L'echange symbolique et la mort [ 1 ] , en 1977 Baudrillard publica un pequeño libro titulado
Oublier Foucault [ 2 ] . Es un ataque a la teoría del poder que Foucault ha construido, pero la intención de Baudrillard es poner bajo el fuego de su crítica la noción misma de deseo, y el pensamiento molecular de Deleuze y Guattari.
Oublier Foucault abre la jugada con una lectura de
Surveiller et Punir [ 3 ] . Baudrillard rebate la tesis fundamental del libro de Foucault y todo el análisis foucaultiano de la genealogía del poder moderno como disciplinamiento represivo de la corporeidad.
Habría mucho que decir sobre la tesis central del libro: no hubo nunca represión del sexo, sino al contrario, exhortación a decirlo, a pronunciarlo, obligación de confesarlo, expresarlo, producirlo. La represión es tan sólo una trampa y una coartada para ocultar la asignación de toda una cultura al imperativo sexual
[ 4 ] .
Las observaciones de Baudrillard no tuvieron ninguna respuesta directa por parte de Foucault, pero la tesis que quiero presentar es que, de manera directa o indirecta, explícita o no admitida, la evolución sucesiva de Foucault ha tenido en cuenta esas objeciones. Tal vez las objeciones de Baudrillard señalaban algo verdadero, pero malinterpretaban la lección esencial del pensamiento de los "deseantes". Baudrillard ataca la visión foucaultiana de la genealogía del poder con la intención de someter a crítica todo el conjunto de las teorías que en aquellos años estaban desarrollando un discurso social a partir de la economía libidinal y de la expresividad deseante. De hecho él dice:
Es sorprendente la coincidencia entre esta nueva versión del poder y la nueva versión del deseo propuesta por Deleuze o Lyotard: ya no más la carencia o la prohibición, sino el dispositivo, la diseminación positiva de flujos o de intensidades. [...] micro-deseo (del poder) y micro-política (del deseo) se confunden literalmente en los confines maquínicos de la libido: basta con miniaturizar
[ 5 ] .
¿Hay una mala interpretación en la crítica que Baudrillard dirige al pensamiento deseante? Sí, tal vez haya una mala interpretación: en Baudrillard vuelve una visión del deseo como fuerza, y en cambio el deseo debe ser visto como un campo.
Pero este equívoco no está totalmente injustificado, porque la ambigüedad está inscrita en las obras de Deleuze y Guattari, en las obras de Lyotard, en las de Foucault, y sobre todo se encuentra im plícita en la cultura de masas que en aquellos años se adueñaba del discurso deseante para desarrollar una crítica práctica de las estructuras del poder moderno tardío, industrial tardío.
Pero estamos en los finales de esa forma del poder, estamos en la transición hacia una nueva dimensión. El capitalismo se está volviendo esquizo, la aceleración que el deseo ha impuesto a la expresividad social es fagocitada por la máquina capitalista en el preciso momento en que ésta se hace máquina postmecánica, máquina digital.
El salto de lo mecánico a lo digital, de lo reproductivo a lo simulativo, es el salto de la dimensión finita del poder a su dimensión viral.
El
Antiedipo predica la aceleración como posibilidad de escapar a los tiempos del capital. "Cours camarade, le vieux monde est derrière toi"
[ 6 ] , gritábamos en el 68. Era cierto mientras la velocidad del capital tenía la rapidez mecánica de la cadena de montaje, del ferrocarril, de la prensa. Pero cuando las tecnologías microelectrónicas pusieron a disposición del capital la velocidad absoluta, el tiempo real de la simulación, en ese momento la aceleración pasa a ser el terreno de la hiperexplotación.
No se trata, que quede bien claro, de un discurso puramente metafórico. Basta pensar en las luchas obreras. Mientras el terreno del conflicto es la fábrica mecánica, la aceleración de la comunicación y de la acción obrera pone al patrón a la defensiva, derrota las estructuras de control. La rapidez de circulación de las consignas de los obreros rebeldes a otras fábricas y a los barrios permite la generalización de las luchas.
Las tecnologías microelectrónicas cambian completamente esta situación: el capital adquiere la capacidad de desterritorialización rápida, transfiere las producciones de un lado a otro del planeta, mientras que los tiempos de la organización obrera permanecen territorializados, lentos con relación a los ritmos de la globalización capitalista.